Por Eddy D. Souza
Por fin pude ver la tan comentada Ana en el trópico, drama original de Nilo Cruz, quien obtuvo por esta pieza el Premio Pulitzer (2003). Con semejante referencia, y algunos comentarios favorables, me acerqué con muchas espectativas al Teatro 8, donde el Hispanic Theater Guild ofrecía las presentaciones finales de la obra para esta temporada.
La sala del Teatro 8 es pequeña, con un aforo para 110 personas. La primera fila de butacas está tan próxima al escenario que la administración decidió colocar, muy visiblemente, una serie de carteles que invitan a la audiencia a no poner sus pies sobre la tarima. De hecho, se promociona en la web como una sala teatral íntima y acogedora. En mi opinión, esta proximidad e intimidad de la sala propone una comunicación más franca con la platea. Sin embargo, la propuesta escénica de Marcos Casanova para Ana en el trópico, corrió en sentido contrario a esta hipótesis.
La escenografía, compuesta por simples paneles forrados en yute, se complementó con unos pocos elementos de utilería, buscando así recrear las diferentes estancias por las que se movían estos personajes de principios del siglo XX, que van desde las largas naves de la tabaquería hasta las íntimas habitaciones donde se difuminan los encuentros eróticos. Pero, en este caso, la sobriedad no aportó teatralidad; la escenografía se limitó a delimitar espacios, el diseño de vestuario recreó una época (sin mucho entusiasmo) y la utilería, únicamente para ser “útil” a las acciones físicas de los personajes. En síntesis: poca creatividad e imaginación; selección desafortunada de elementos poco expresivos y polisémicos.
En el trabajo actoral no ahondaré. A falta de programa de mano (no se entregaron en esa función) y de familiaridad con los intérpretes, no pude registrar nombres y detalles acerca de sus trabajos. Sin embargo, debo resaltar que el tono “dramático” empleado suscitaba el divorcio entre el marco de representación y el auditorio. A pesar de este divorcio, el texto de Nilo Cruz logró cautivarme. En algún momento perdí el interés por los cuadros estáticos, el ritmo denso y monocorde de la puesta, la escasa imaginación para resolver los cambios de escena y la pobre artesanía de movimientos, y logré concentrarme (fundirme) en el texto de Cruz: líneas poéticas, con cierto color lorquiano, difíciles, a veces, para decir orgánicamente en escena. Y sí, algunos actores lograron salir airosos. Pero la metáfora de Nilo Cruz no tuvo luz en escena.
Otra opinión muy diferente puede ser consultada en El Nuevo Herald, artículo escrito por Antonio Orlando Rodríguez.

El Instituto Cultural René Ariza (ICRA), siguiendo su programa de lecturas dramatizadas, dio paso este jueves 20 de marzo a la lectura de Lina, obra escrita y dirigida por Marcos Miranda.
En el programa de mano puede leerse que “Lina es el reflejo del esplendor de una estrella de la radio, el cine y la televisión en la Cuba del 59, y de la decadencia de su extraordinaria carrera por la manipulación psicológica de su marido, que unida a las garras de la maquinaria política del régimen comunista, destruye no sólo su profesión, sino su alma. Conozca desde lo más profundo del interior de Lina; el final de muchas excelentes actrices cubanas“.
El propósito de la pieza, en cuanto a evidenciar algunas historias de frustradas actrices cubanas, resulta loable y un muy atinado e inteligente enfoque, desde el cual apreciar las resultantes de una política de Estado totalitario; sin embargo, el autor no consigue esta meta. Más bien se aparta de su objetivo para entregarnos finalmente un lamentable libreto de telenovela, un argumento banal y estereotipado que, en efecto, registra apropiadamente esos esquemas de la radionovela de 1940. En un intento por barnizar esta estructura y concepción, el autor recurre a la hipertextualidad, incluyendo en su discurso fragmentos de obras clásicas como Yerma o referencias a obras cumbres de la dramaturgia norteamericana (recuerdo especialmente la analogía con La gata sobre el tejado de zinc caliente, de Tenesse Williams, quien obtuvo con esta obra su segundo Premio Pulitzer en 1955). A pesar de estos aires externos, no logra el autor despegar del melodrama. Una y otra vez su texto se enmaraña en lo anecdótico, en el verbalismo y en temas que resuelve a nivel epidérmico, como la frustración amorosa, la homoxesualidad como prolongación sombría de la mujer y la imposición de lo masculino sobre lo femenino.
La obra puede ser resumida, anecdóticamente, en estas líneas: a espaldas de su marido, Lina logra entrevistarse con un funcionario de los Estudios Fílmicos Churubusco y llegan a un acuerdo: ella será contratada como figura para la pantalla grande mexicana. Este hecho, provoca la ruptura de la pareja. El director decide abandonar la casa y se marcha a vivir con su amante, que no es otro que el secretario personal de Lina. Al triunfar la revolución cubana, la actriz encuentra oposición a sus planes. Se cancela su viaje y proyectos en México. El director la contrata para el personaje de Yerma. Durante los ensayos, Lina se enamora de un joven actor. Luego, se van a vivir juntos. Lina pierde su programa en la radio. Deja de hacer televisión. El director le manifiesta su amor al amante de Lina. Éste lo rechaza. El director se suicida. Ella declama fragmentos de Yerma.
He pasado por alto algún que otro suceso, pero no demasiados como para perder el hilo de la trama. Ese es, en síntesis, el argumento. Quién busque en él algún vestigio de teatro psicológico, pierde su tiempo.
Los actores, por su parte, trataron todo el tiempo de resaltar como figuras. El sentido de promover la dramaturgia de autores cubanos en el exilio a partir de la lectura, se desdibuja por instantes ante el empeño del actor por lucirse en escena. Fue así como los actores llegaron a perder líneas, textos, y en más de una ocasión se vio improvisar. Pero, ¿y dónde queda el compromiso de leer justo lo que el autor escribió? Esto ocurrió en varias ocasiones. Y es lamentable. Como lamentable fue también el tono exagerado, a veces declamado, de los lectores (salvo el intérprete del joven actor, algo más natural en su forma de decir); lamentables también los elementos escenográficos, la pérdida de la memoria de la actriz finalizando la obra (o la ausencia del libreto en su mano) y la planta de movimientos diseñada por el autor del melodrama. Lamentable.
Cosas positivas: el público que colmó la sala, la gente de Teatro en Miami Studio que brindó su espacio y la voluntad y los esfuerzos del Instituto Cultural René Ariza que coadyuvan a la difusión del teatro cubano en el exilio.
Poca luz, pero menos sombras.
Publicado por infoser


