El Instituto Cultural René Ariza (ICRA) ha culminado, este jueves 19 de junio, el ciclo de lecturas pautadas para este año, que incluyó las siguientes obras: Flores no me pongan, original de Rita Martin (realizada el 17 de enero), El vestido rojo, de José Corrales (leída el 21 de febrero), Lina, de Marcos Miranda (lectura del 20 de marzo), Siempre tuvimos miedo, de Leopoldo Hernández (del 24 de abril) y El Mayor General hablará de teogonía, escrita por José Triana (lectura del 19 de junio).
Esta pieza, de estructura circular -a la manera Chejoviana- fue escrita en 1957 por José Triana (Camagüey, 1931) y estrenada en La Habana, el 17 de octubre de 1960 (en el tercer lunes de teatro cubano, en la sala Arlequín) por David Camps, con las actuaciones de Asenneh Rodríguez como Petronila, Laura Zarrabeitia en el rol de Elsiria, Armando Lafont en el papel de Higinio y José Herrera como el Mayor General.
En esta oportunidad, la lectura en escena de esta obra se realiza en la sala Teatro en Miami Studio, bajo la dirección de Yvonne López Arenal. Desde el programa de mano, se nos hace saber:
El Mayor General hablará de teogonía está ambientada en 1929. Dos hermanas, Elisiria y Petronila, junto a Higinio, el marido de una de ellas, aguardan la llegada del Mayor General. Mientras aguardan, el pasado va abriéndose paso y revelando los misterios de la relación familiar.
El elenco de esta propuesta fue conformado por Mirian Bermúdez (Petronila), Yvonne López Arenal (Elisiria), Oswaldo Córdova (Higinio) y Carlos Pittella (el Mayor General). Las actrices, tuvieron buen desempeño. Carlos Pittella, resolvió en las tablas esa rectitud y despotismo del Mayor General, sirviéndose de su potente voz y precisa dicción. Su actuación fuera de escena, en cambio, no consiguió proyectar esa imagen y ese peso dictatorio que pende, como una espada, un filo, sobre sus inquilinos. Tal vez la dirección debió enfocarse más en el trabajo de voces, justo en aquellos momentos en que se superponía el canto del Mayor General sobre la conversación de las hermanas, con lo cual se hubiera logrado un marcado juego de tonos, un preciso contraste de sonidos humanos, una puesta de susurros temblorosos y graves autoritarios. No obstante, Carlos Pitella recibió de la sala una merecida ovasión.
Osvaldo Córdova, empero, es un actor en cierne que necesitó trabajar más su personaje y que debe ahondar en las técnicas de actuación. Su lenguaje gestual, en reiteradas oportunidades, se convirtió en un medio para graficar el texto, sin aportar nada nuevo.
La puesta en escena -siempre tan llena de detalles-, resultó sencilla y bien resuelta, con un sobrio vestuario -enmarcado en la época de la trama- y una eficaz planta de movimientos. La dirección pudo haber logrado una propuesta más contundente, tomando en cuenta para ello el ritmo de las escenas, las pausas entre texto y texto, y evitando algunos desafortunados elementos de utilería y el barroquismo de una mesa (al centro y fondo de la escena), colmada de fuentes y delicatessen, que aportaban un naturalismo poco compatible con el resto de los elementos y con la trama misma.
Con la luz supo jugar la directora y el iluminador, Ernesto García, creando espacios múltiples, ambientes (a veces abiertos, a veces íntimos), y atmósferas ricas en imágenes, sensasiones y poesía.
Con todas las fallas que podamos encontrarle a esta propuesta de Yvonne López Arenal, es sin duda un buen ejercicio de lectura teatral en escena; perfeccionable, como cualquier otra formulación artística, pero con resultados muy positivos para el Instituto Cultural René Ariza, para los dramaturgos (leídos y por leer) y para el público en general que disfrutó de estas lecturas.
Esperemos se mantenga el mismo compromiso del ICRA, mayores riesgos y más propuestas para el año entrante.


