Foto: Ailé Filippi
I.
El domingo 13 de julio (2008), la Biblioteca Nacional de Venezuela arribó a sus 175 años de fundación (13 de julio de 1833) y su actual director general, Fernando Báez, ha planteado -como en otras oportunidades y en casi todas sus recientes intervenciones- su enfrentamiento, distancia o rechazo hacia la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, un tanto personificada en la figura de James H. Billington (actual director). También reitera la injerencia de ésta (¿o de éste? A veces no nos queda claro). Sobre el punto, ofrece detalles a la periodista de El Universal, Ana María Hernández, en Debemos crear la biblioteca digital. Para sostener su tesis, enfatiza:
no queremos (…) más injerencia de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en la Biblioteca Nacional (…) cada vez que ellos tienen catálogos de desecho nos los envían a nosotros. Cajas, cosa que a nosotros no nos hace ningún favor, no ayuda en absolutamente nada.
No veo mayor injerencia ni problema, si el asunto -como señala el doctor Báez- se reduce a recepciones de cajas y catálogos “desechables”. Pero cuando insiste en “alejar la injerencia de cómo debemos llevar nuestros catálogos, cómo debemos tener nuestros criterios de selección” comienzo a preguntarme, ¿y cuáles criterios de selección quiere imponer o sugerir el doctor Báez? O, ¿cómo desea él que se manejen los catálogos de Biblioteca Nacional? A la fecha, no ha rebasado su estrategia de ataques y señalamientos de culpabilidad para pasar a una etapa serena de análisis y propuestas. ¿No será que éstas -entre otras cuestiones- podrían corregirse al mejorar (o descongestionar) las vías de comunicación entre las instituciones, conciliando y negociando en un marco de mutuo respeto? Y para cambiar el rumbo hacia mejores derroteros, ¿no bastan acaso las experiencias de nuestros profesionales, que han desarrollado colecciones y dirigido bibliotecas públicas, universitarias y especializadas? ¿No bastan las experiencias exitosas de Bibliotecas Nacionales que constituyen un verdadero ejemplo a seguir (o estudiar), como Biblioteca Nacional de Francia u otras bibliotecas nacionales de la región? No. Pareciera no haber voluntad. Pareciera, más bien, alimentarse el espíritu de enfrentamiento: largo tiempo de bravuconadas. Mucho ruido y pocas nueces, diría Shakespeare.
De la gestión de Báez apoyo, por supuesto, su interés por modernizar la infraestructura tecnológica, su esfuerzo por dotar a Biblioteca Nacional de un catálogo que facilite la consulta en línea (Ver: Modernizado Servicio de referencia y Catálogo automatizado será migrado al software libre) , la sustitución del software propietario (e inoperante) NOTIS por el Sistema Integrado de Gestión Bibliotecaria Koha (confiando, claro está, en la asesoría y recomendaciones de Biblio Venezuela), la digitalización del patrimonio venezolano y venezonalista que atesora Biblioteca Nacional, y -muy importante- “la recuperación de las bibliotecas públicas que se encuentran en un estado de grandes dificultades“,* según sus propias palabras.
¿Será esta situación responsabilidad del imperialismo cultural o producto de la injerencia de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos?
* El subrayado es nuestro.
II.
De la letra del doctor Fernando Báez aprendí que los libros no sólo desaparecen por obra de polillas, ratas, vientos de Cuaresma o maremotos; también en su destrucción ha intervenido el hombre. Y no ha sido precisamente labor de iletrados. Doce años de estudio fueron suficientes para hacerle concluir que “cuanto más culto es un pueblo o un hombre, más dispuesto está a eliminar libros bajo la presión de mitos apocalípticos”. [p. 24].
Su capítulo sobre Cuba -demasiado tímido para mi gusto-, me trajo a la memoria algunos recuerdos del joven lector que fui en la isla. Pertenezco a la “generación de los topos”, esa generación de jóvenes que fabricamos túneles imaginarios para poder, a escondidas, pasarnos los libros de mano en mano, en una cadena infinita donde nadie podía asegurar quién era el primer eslabón ni quién sería el último. Nos importaba leer; y soñar, claro. Son cosas propias de esa edad.
Había que leer y leer rápido. Algo así como “tirar y tirar bien”, lema harto popular. Había que darse prisa porque esperaba un gentío para indigestarse con El perfume, de Patrick Süskind, o cualquier otro título foráneo y considerado literatura nociva. Por eso había que leer a cualquier hora, en cualquier escenario: en la calle, en el autobús, en la cola… Y para escapar de los ojos curiosos y las posibles interrogaciones (o interrogatorios), había que maquillar el libro de turno. Había que disfrazarlo de periódico Granma o de revista Verde Olivo. De lo que fuera, con tal que perdiera su identidad ante la mirada expectante de los otros.
Y hubo túneles ciegos, libros sin letras y muchas páginas que se incendiaron o que volaron con la brisa de aquellos años. El doctor Fernando Báez lo sabe. O lo intuye. Pero aún así celebra convenios binacionales (Venezuela-Cuba) en materia bibliotecaria (Ver: La Biblioteca Nacional cumple 175 años de fundación, 50 años de lucha por la memoria latinoamericana y Bibliotecarios del ALBA fortalecen independencia cultural de la región). Se irrita ante la injerencia cultural imperialista, pero olvida, poco a poco, en un acto de memoricidio, aquellas líneas (breves) que tituló (y que reproduzco a continuación):
Foto: Handout
Cuba: el doble discurso*
En diciembre de 1999, cientos de libros donados por el Gobierno español fueron destruidos, tras ser colocados en el estacionamiento del edificio del Poder Popular del distrito Cerro de La Habana. La razón del incidente se debió a que funcionarios del Ministerio del Interior encontraron 8.000 textos con la Declaración de los Derechos Humanos aprobados por las Naciones Unidas en 1948.
Este hecho no es nuevo. En Cuba existe un magnífico sistema sanitario y educativo, pero el lastre ideológico ha sido motivo de persecusiones incontables a intelectuales y de sospechosas destrucciones de libros. En algunos casos, el escándalo ha contribuido a impedir un verdadero análisis de los hechos; de todos modos, la revolución cubana ha sido efectiva en las purgas culturales.
Mientras escribía este libro, me llegaron noticias alarmantes que me conmovieron. La colección de libros de José Maceo fue confiscada y no se volvió a saber de las obras. El 24 de febrero de 2000, la colección de la biblioteca de Félix Varela, que ha sido una de las primeras instituciones totalmente libres, fue saqueada en Las Tunas por unos delicuentes interesados, al parecer, en leer novelas de Víctor Hugo y León Tolstoi. En el año 2003, decenas de bibliotecarios fueron arrestados y algunos de sus libros confiscados y destruidos. [p. 261].
* Báez, Fernando. Historia universal de la destrucción de los libros : de las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Caracas: Debate, 2004. 386 p. (Colección Actualidad).




