ARTEFACTUS Magazine

EDICIONES AREY publica dos obras de teatro para niños

Posted in Caja de Libros by Eddy D. Souza on 09/29/2008

La casa Ediciones Arey, ha puesto en circulación su más reciente título: Teatro para niños. Dos obras : Alas de primavera. Algo cayó del cielo, cuyo autor es el conocido dramaturgo Eddy Díaz Souza.

Ediciones Arey es el resultado de un loable proyecto de la agrupación Puertoteatro (Puerto La Cruz, estado Anzoátegui, Venezuela), que se inició en el 2001. Uno de sus propósitos fundacionales (y fundamentales) ha sido la promoción de autores nacionales, especialmente aquéllos radicados en el oriente venezolano. Desde entonces hasta la fecha, la editorial ha publicado 20 títulos, en los que se ha difundido la obra literaria de 45 autores, aproximadamente.

El equipo coordinador de Ediciones Arey está conformado por Nelly Villegas, Pablo Ramírez, Carlos García y Luis Figueroa.  

Títulos de Ediciones Arey

Díaz Souza, Eddy (2007). Teatro para niños. Dos obras : Alas de primavera. Algo cayó del cielo. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

El universo de los seres humanos encuentra aquí, en el mundo de los insectos, su más viva resonancia. En Alas de primavera, una oruga abandona su casa en busca del amor. Algo cayó del cielo es, por su parte, un canto a la vida, a la esperanza, a la fe y la búsqueda constante, a pesar de las adversidades.    

Figuera, Luis R. (2006). El caso de la mata de refrescos. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

Una curiosa historia para el deleite de niños y adultos donde, por un día, se invierten los roles de niños y adultos, para desencadenar traviesas e inesperadas situaciones.

Giménez, Carlos (2004). Alegría y Mapulín. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

Único texto teatral escrito por este creador argentino-venezolano. Llevado a la escena nacional en seis oportunidades, aproximadamente.

González, Nereida (2003). Sonidos, letras, palabras. Puerto La Cruz: Ediciones Arey. 

Grum, Aníbal; Ramírez, Pablo, Castro, Carmelo et al (2004). Teatro para niños : cinco obras. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

Compilación de cinco obras teatrales para niños, escritas por Aníbal Grum, Pablo Ramírez, Carmelo Castro, Daniel Martínez y Thomás Zabala Jurado. Esta edición recibió el Premio Nacional del Libro 2005, en el renglón de literatura infantil y juvenil, otorgado por el Centro Nacional del Libro.  

 Guerra, Henry (2003). Juan Papagayo. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

Contiene 6 cuentos breves del autor sucrense, entre los cuales se encuentre “La creación”, con el cual obtuvo el Premio del Concurso de Literatura Infantil Tierra de Gracia, convocado por la Universidad de Oriente, núcleo de Cumaná.

Pérez, Juan Ramón y Villegas, Nelly (2003). Dos obras, un taller. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

 Contiene las obras: Reino de corazones, de J.R.Pérez y Pacto de caballeros, de N.Villegas.

Ramírez, Pablo (2001). De todo paraíso, de todo infierno. Puerto La Cruz: Ediciones Arey. 

Cuaderno de poemas.

Rincones, Julio (2007). La tortuga, el niño y el mar. Puerto La Cruz: Ediciones Arey. 

Cuento ecológico que narra los esfuerzos de una tortuga para sobrevivir en un ambiente marino que le es hostil.  

Ruedi, Juan; Meza, Wilfredo; Rodríguez, Marcos y Piñero, Roblan (2002). Teatro para niños : cuatro obras. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

Thompson, Robert y Miraldo, Denis (2006). Teatro para niños. Dos obras : Ay, Juan José. Lobito Feroz. Puerto La Cruz: Ediciones Arey.

II ENCUENTRO Nacional de promotores de lectura. Medellín, Colombia

Posted in A propósito de la lectura by Eddy D. Souza on 09/27/2008

Entre el 25 de septiembre y el 5 de octubre se llevará a cabo en Medellín La Fiesta del libro y la cultura en el Jardín Botánico, y en el marco de ésta se hará el II Encuentro de promotores de lectura a nivel nacional organizado por la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín y la Caja de Compensación Familiar Comfenalco Antioquia.

Un Encuentro Nacional para todos aquellos que deseen ampliar su campo de referencia sobre la promoción y animación a la lectura y un espacio de reflexión muy importante donde los padres de familia y los maestros tienen mucho que decir.

Fecha del Encuentro: Medellín, 2 y 3 de octubre de 2008
Sede del Evento: Auditorio del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, ubicado en la calle 82A No. 52-25, Paseo Urbano Carabobo.

El Centro de Desarrollo Cultural de Moravia , es un espacio espectacular ubicado en el nuevo norte de Medellín, cercano al Jardín Botánico, al Parque Explora y la Estación Universidad del Metro de Medellín.

Para asistir a este Encuentro de Promotores deben diligenciar la ficha de inscripción, la inversión es de $30.000 por persona e incluye certificado, memorias y refrigerios.

Forma de pago
El pago de la inscripción debe efectuarse a nombre de C. C. F. COMFENALCO ANTIOQUIA en la cuenta corriente N° 434-13132-2 del Banco de Bogotá. Si requiere factura antes de hacer el pago de la inscripción, por favor enviar carta dirigida a COMFENALCO Antioquia, indicando la razón social, el Nit, dirección, teléfono y nombre de la persona a quien se debe dirigir el documento. Remitir al Fax (4) 411 59 68.

Para hacer efectiva la inscripción, se requiere que envíe el cupón de pago y la ficha de inscripción a Ciclo Comunicaciones, firma operadora del Encuentro telefax: (4) 411 59 68. (se debe distinguir claramente el sello del Banco). Quienes hayan pagado y no puedan ir al evento, pueden delegar en otra persona con autorización por escrito.

Para más detalles, contactar a:
Fomento de la Lectura. Departamento de Bibliotecas
COMFENALCO Antioquia
Teléfono.: (4) 575 22 50 ext 114
Casa de la lectura infantil
diana.quirama@comfenalcoantioquia.com

PROGRAMACIÓN
Jueves 2 de octubre

7:00 – 8:30 Inscripciones
8:30 – 9:00 Apertura
9:00 – 10:00 Conferencia magistral. Los valores y el valor literario se muerden la cola.
Por: María Teresa Andruetto (Argentina. Escritora)
10:00 – 10:30 Refrigerio
10:30 – 12:30 Conferencia: Evaluación y selección de libros para la promoción y animación a la lectura.
Por: Beatriz Helena Robledo (Colombia. Investigadora y escritora)
12:30 – 2:00 Almuerzo libre
2:00 – 4:30 Salones de encuentro. (Lugar Museo Pedro Nel Gómez)
- Promoción de la lectura desde la biblioteca escolar
Coordina Sandra Nury Roldán Herrera (Invitado: Colegio La Enseñanza)
- La gestión en la promoción de la lectura
Coordina Luis Bernardo Yepes Osorio (invitado: Ezequiel Mosquera. Comfamar Buenaventura)
- Los promotores de lectura ante las nuevas tecnologías
Coordinan Fernando Hoyos Salazar y Daniel Rozo (invitado: Red de escritores de Medellín)
- La promoción de lectura en la zona rural
Coordina Javier Naranjo Moreno (invitado: Fundación Secretos para contar)
- Lineamientos para la creación de unas políticas de lectura y escritura.
Coordina Beatriz Helena Robledo.
4:30 – 4:45 Refrigerio (Lugar: Museo Pedro Nel Gómez)
5:00 – 6:00 Plenaria: Exposición de los resultados de los salones de encuentro.
Moderador: Didier Alvarez (Bibliotecólogo, profesor e investigador)
(Lugar: Centro de Desarrollo Cultural de Moravia)
6:00 Presentación de vídeo
Una experiencia intima en promoción de lectura. Daniel Roso
Lanzamiento del concurso de afiches: Lectura y Biblioteca pública

Viernes 3 de octubre

8:00 – 9:00 Conferencia. El promotor de lectura ¿un ser político?
Por: Albeiro Pulgarín (Colombia. Abogado constitucionalista)
9:00 – 9:30 Preguntas
9:30 – 10:00 Refrigerio
10:00 Presentación de investigaciones
10:00 – 10:30 Cómo evaluar los programas de lectura en los niños
Por: Yamili Ocampo (Fundación Ratón de Biblioteca)
10:30 – 11:00 Efectos de un programa de lectura para bebés en los hábitos lectores de la familia
Blanca Nelly Múnera y Fernando Hoyos Comfenalco Antioquia
11:00 – 11:30 La promoción de la lectura y la transformación de la biblioteca pública en Colombia
Por: Didier Álvarez (Escuela de Bibliotecología U. de A.)
11:30 – 12:00 Impacto de acciones de promoción de lectura en el servicio de préstamo de una biblioteca pública española
Por: Luis Bernardo Yepes. Comfenalco Antioquia
12:00 – 12:30 Preguntas
12:30 – 2:00 Almuerzo libre
2:00 – 4:00 Nuevas voces de la literatura infantil y juvenil colombiana
Claudia Rueda
Francisco Montaña
María Paula Bolaño
Jairo Buitrago
Entrevista: Sandra Roldan
4:00 – 4:30 Refrigerio
4:30 – 6:00 Panel: La promoción de lectura en los medios de comunicación.
Ana María Cano. Una ciudad para leer. Tele Medellín
Paola Cardona. Reseñas Colombianito. El colombiano
Dalia Zuleta. Capicúa. Tele Medellín,
El Hombre de la casa. Tele Antioquia (por confirmar)
Emisora Cultural UPB (Por confirmar)
Entrevistan: Juan Fernando Mosquera (Programa Camino al Barrio)
Lina Pulgarín (Comfenalco Antioquia)
6:00 Lecturas clandestinas de promotores de lectura. Lanzamiento de libros
Clausura y entrega de certificados
(Lugar Museo Pedro Nel Gómez)

Sábado 4 de octubre
8:00 – 12:00 Tour por las bibliotecas de Medellín.

INAUGURAN Kendale Lakes Branch Library

Posted in De Bibliotecas by Eddy D. Souza on 09/21/2008

Este jueves 25 de septiembre, a las 10:00 am. (hora local), se inaugurará la Biblioteca Pública de Kendale Lakes. Esta es la tercera de un total de 10 bibliotecas, que forman parte del plan diseñado por el Condado de Miami-Dade.

Kendale Lakes Branch Library

Kendale Lakes Branch Library

La instalación tiene un área aproximada de 15.000 pies cuadrados. El acervo está compuesto por un total de 37.000 obras de carácter bibliográfico y no bibliográfico. Posee 32 terminales para computadoras portátiles, 20 ordenadores para usuarios y servicio Wi-Fi. Cuenta, además, con salas para exposiciones, salas para reuniones y áreas de esparcimiento para niños y jóvenes.    

Dirección:                                                                                                                                               Kendale Lakes Branch Library 15205 SW 88 Street

Horario:                                                                                                                                                    Lunes, Martes, Viernes y Sábados: de 9:30 am. a 6:00 pm.  Miércoles y Jueves: de 12:30 pm. a 9:00 pm.

EL PATIO DE MI CASA, ES PARTICULAR…

Posted in Literatura by Eddy D. Souza on 09/18/2008

NOTAS SOBRE LA REPRESENTACIÓN DEL ESPACIO EN LA NARRATIVA INFANTIL CUBANA  

Joel Franz Rosell

Joel Franz Rosell

Joel Franz Rosell

De Alto Cedro voy pa’ Marcané,
llego a Cueto y voy pa’ Mayarí.
Ricardo Repilado (Compay Segundo): “Chanchán”

Même si vous ne
le voyez pas d’un bon oeil
le paysage n’est
pas laid
c’est votre oeil
qui
peut-être est mauvais.

Jacques Prévert, Le Grand Bal du printemps.1

Las funciones del espacio en la obra literaria son diversas y complejas, sobrepasan ampliamente la constitución de un simple escenario para la evolución de los personajes y el devenir de la anécdota, y han sido objeto de investigación y reflexión por parte de lingüistas, filósofos y estudiosos literarios.
Ya Enmanuel Kant advertía que el espacio, como el tiempo, es una forma a priori de la sensibilidad y no una propiedad de las cosas en sí; una condición subjetiva de la sensibilidad que hace posible la percepción externa de los fenómenos de la realidad, posibilitando la intuición externa. “No hay espacio sin tiempo, ni tiempo sin espacio”, continúa S. Alexander, puesto que nuestra mente al recordar acontecimientos, objetos y personas los sitúa en un espacio y tiempo determinados. De la misma manera proceden el escritor y el lector, que construye espacios imaginarios a partir de las descripciones incluidas en el texto y mediante la movilización de sus propias experiencias sensoriales, directas o adquiridas en otras manifestaciones artísticas.
El espacio literario se inscribe en una retórica social, un código que opone la ciudad al campo, las provincias a la capital, el centro y los bordes, la naturaleza virgen y la naturaleza dominada por el hombre. Y todo esto dentro del dinamismo que supone la historicidad de los acontecimientos narrados o evocados.
Estébanez Calderón recuerda que el espacio es una condición subjetiva imprescindible para poder efectuar esas sustituciones del mundo real que son los mundos imaginarios. Acción, personajes y objetos solo adquieren consistencia cuando son concebidos y enmarcados en un espacio y tiempo determinados y ese espacio se construye mediante elementos -palabras independientes o integradas en imágenes- que estimulan la imaginación del lector al hacerle vivir o revivir sensaciones visuales, auditivas, táctiles, olfativas, etc., que crean la sensación de espacio, atmósfera y ambiente (físico, psicológico, social).
En el caso particular de la literatura infantil, la cantidad y calidad de referencias y experiencias a movilizar, así como los elementos informativos que constituyen la descripción, han de ser dosificados en función de la edad y madurez del destinatario. Con esto no quiero decir que las posibilidades del autor sean menores, sino que la selección y utilización de los materiales y técnicas demanda mayor atención y esfuerzo por parte del escritor de niños.

La palabra siempre tira al monte…
El primer libro de la literatura infantil “revolucionaria” se imprimió en diciembre de 1959. Desde su título, Navidades para un niño cubano, se explicita el propósito del equipo de autores convocados por la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación de que “los niños cubanos tuvieran, como los niños de otros países, su librito al que acudir, hecho para ellos por escritores de su propio país“.2
Nacía una literatura dominada por los objetivos de fundación social de una revolución por entonces nacionalista, agrarista y democrática, pero que no podía desmarcarse de una tradición cristiana, que era la de la literatura infantil de la época y la del propio pueblo cubano. Los textos de Navidades… se proponían, y no en último lugar, ofrecer al joven lector el paisaje de su país de manera reconocible y valorizada:

La noche era de gloria. Las estrellas, que el Apóstol llamó ‘cariñosas’, brillaban con más fulgor que nunca. Parecían, sobre el palmar, una bandada de palomas luminosas detenidas a beber y a descansar a la orilla del río (…) Una de ellas, sobre todo, había crecido desmesuradamente y se reflejaba en el agua estremecida. Sin duda alguna, auguraba con sus radiantes destellos algún raro acontecimiento…3

La referencia al “Apostol” Martí (designado como padre espiritual de la Revolución) y al palmar (tradicional y literario emblema de la cubanía), sitúan la narración en un marco ideológico y simbólico. En el párrafo siguiente los elementos de paisaje cultural y natural reafirman lo cubano en un plano concreto, sensual y poético:

Lejos, en el pobladito, parecía haber fiesta. Se confundían en la brisa el rasguear de guitarras, las percusiones rítmicas de tambores con voces confusas de cantos, risas y gritos… Una ola de apetitosos olores a lechón asado y mojo se esparcía sobre los bohíos, flotaba en el aire puro de la noche y llegaba hasta el solitario palmar. Ahora se había levantado un vientecillo acariciador y las pencas de las palmas dialogaban entre sí y con un macizo de altas cañas bravas...4

Los temas de este libro inaugural son la Navidad (el nacimiento de Jesús, el Día de Reyes, la generosidad como valor cristiano) y la Revolución (el mundo de injusticia y pobreza que ella abolió y el que inaugura lleno de promesas para los humildes). Es una mezcla heterogénea que, en pocos meses, condenará la obra al olvido (no hay estudio de la literatura infantil en la isla que lo mencione, salvo muy recientemente y de manera marginal).
Los escenarios son predominantemente rurales y descritos en términos que a menudo descubren exaltación, tanto por la naturaleza idealizada como por su confusión con la esencia del país: “En invierno se cubren los campos de Cuba de unas campanillas blancas y menudas que tejen encajes de nieve sobre la campiña siempre verde de nuestra patria…” .5
La radicalización de la Revolución, que se declara socialista en abril de 1961, no reduce inmediatamente el protagonismo del espacio rural y el personaje campesino. Los nuevos valores marxista-leninistas los expresa mejor el obrero, lo que supone la fábrica como espacio simbólico de alta jerarquía; pero en Cuba la principal industria es agrícola, y sus instalaciones y operarios radican en pleno campo o en poblaciones pequeñas, siendo inseparables del cañaveral.
Mientras sobre la literatura infantil cubana prevalecieron las intenciones educativas, la tendencia a idealizar los diversos componentes del relato para hacerlo ejemplarizante condujo a una simbolización del paisaje. Esto contribuyó a retardar la irrupción en nuestra narrativa de la importante experiencia citadina que poseen tanto los escritores como el grueso de sus jóvenes lectores. Un tema dominante en la narrativa infantil cubana de los primeros veinte años de la Revolución es el descubrimiento del campo por el niño de la ciudad. La ficcionalización de la ciudad -y más aún su presentación al niño campesino- es excepcional.
En 1962 se convoca un concurso de cuentos infantiles inevitablemente bautizado La Edad de Oro (no confundir con el que se extiende de 1972 a nuestros días). Del certamen de 1963 salen dos libros circunstancialmente complementarios: Nachito, de Antonio Vázquez Gallo y Becados, de Anisia Miranda, que se publican en los primeros meses de 1965.
Nachito narra, a través de anécdotas bastante sencillas y de tono naturalista, el descubrimiento de su entorno por un niño campesino; un entorno no solo físico sino socio-cultural e incluso político, como lo sugieren los títulos de algunos cuentos: “El río”, “El fantasma”, “La pistola”, “El ciclón”, “Los tomeguines”, “La escuela”…
En la primera página, después de la descripción del protagonista, el narrador presenta el marco de su historia: “Vivían en un bohío de piso de tierra y techo de guano, en San Vicente, al fondo de uno de los hermosos valles de esa región y al pie de un mogote siempre verde y siempre lleno de torcazas y de ruiseñores”.6
Aunque nada lo explicita, puede deducirse que Vázquez Gallo tiene la intención de presentar a sus jóvenes lectores urbanos la difícil vida del campesino humilde en aquellos iniciales años del proceso revolucionario. En los años inmediatamente posteriores, y hasta mediados de los 80, esta vocación realista zozobra bajo la intención de mostrar un campesinado que disfruta -en cooperativas y “comunidades”- las mismas comodidades que sus conciudadanos citadinos.
En Becados, Anisia Miranda se plantea ante todo contar la formación de la personalidad de sus héroes, muchachos campesinos que vienen a estudiar en la Escuela Nacional de Instructores de Arte en La Habana. Tanto el marco principal -la capital- como la vida e imágenes del campo aparecen solo a través de la evocación del protagonista-narrador y en descripciones muy sobrias, difícilmente separables de la narración o de la evocación de sentimientos. Al final del libro, los estudiantes se proponen celebrar el fin del curso con una excursión productiva a las montañas del extremo oriental de la isla. Una experiencia que consolidará, como lo expresa el personaje principal, la formación de ese espacio híbrido a que su destino lo ha llevado: “María y yo nos llevamos bien. Pienso que al igual que nos vemos en las clases cada día, desearía verla así toda la vida. Ella es de La Habana, y me gustará enseñarle mis lomas“.7
En Los cuentos de Miguel y Laura (1978), de Raúl González de Cascorro, y La casa nueva de mis abuelos (1984), de la propia Anisia Miranda, hay una clara intencionalidad al presentar, tanto o más que el espacio rural, su nueva organización social. Los protagonistas son, en ambos casos, niños de la ciudad que viajan a visitar parientes del campo y descubren cómo se superpone, a la imagen tradicional de la campiña, la de las nuevas cooperativas y comunidades agropecuarias. El narrador infantil de Los cuentos de Miguel y Laura dice:

El miércoles estuvimos en el pueblo donde viven Rosita y Pedrito. Las casas son edificios iguales a los que están fabricando las brigadas de la construcción en nuestro reparto. Ellos viven en un tercer piso (…) Desde el balcón todo es distinto, pues en vez de los techos de la ciudad, se ven los techos de los árboles y de las vaquerías y la carretera y mucha hierba y cercas y vacas comiendo yerba.8

Aparte de los textos de carácter realista, proliferan en los años 70 los cuentos de animales antropomorfizados donde, por lo general, se realzan los rasgos más perceptibles del paisaje cubano. Los más logrados e influyentes son Caballito blanco, de Onelio Jorge Cardoso (la publicación del libro en 1974 fue precedida en varios años por la aparición de la mayoría de los cuentos que lo integran en revistas y hasta en otros libros), y Los cuentos del Compay Grillo, de Anisia Miranda. El texto que da título al primero de estos libros muestra como el libre contacto con la naturaleza y el poder de la imaginación son esenciales para la plenitud del niño; pero lo esencial en ambas colecciones es la sinergia entre la fauna y flora típicamente cubanas y los valores de la cultura criolla, condimentados -en dosis variables según la literariedad alcanzada- por los principios de la nueva moral socialista.
La abundancia de escenarios campestres, sin embargo, no significa abundancia de libros que tengan a la lujuriante naturaleza tropical como centro temático-espacial. La novela de Efigenio Ameijeiras Tafie y la caoba gigante (1979) es quizás el mejor ejemplo pues su asunto es la búsqueda de un mítico árbol -comparable a la obsesión de los buscadores de oro de Jack London- y el bosque alcanza unos niveles de humanización que remiten a la naturaleza devoradora de un José Eustacio Rivera. En una línea ecologista menos naturalista, pero con similares implicaciones sociales, se destacan Relatos de Turiguanó (1983), de Ibrahín Doblado, quien ha construido con ese y otros libros toda una saga en torno a la singular costa norte de la provincia de Ciego de Avila, y Negrita (1984), donde Onelio Jorge Cardoso, cuestiona los lugares que corresponden al hombre y al animal en la tradicional oposición humano-fiera.
Aunque ya en 1970 el 63% de la población cubana vivía en área urbana, y esta situación no ha hecho más que afianzarse con el paso de los años, hasta mediados de los 80, lo urbano se nota más en textos de discurso pragmático que en los de discurso estrictamente literario, donde, más por el peso de la tradición que por la experiencia vivencial de los autores, predomina lo rural.9
Es hora, sin embargo, de advertir que la oposición campo-ciudad no es el rasgo más singular del modo de representación espacial de la narrativa infantil cubana. Lo más significativo es, probablemente, la tensión entre las funciones estética y expresiva, por un lado, y las funciones gnoseológica y valorativa, por otro. La madurez que alcanza nuestra literatura infantil a mediados de los 80, va quitando terreno al programa educativo, de manera que ese esencial componente del relato que es el ambiente va ganando significaciones preferentemente estéticas. 

 

Dora Alonso

Dora Alonso

Calabaza, calabaza, cada uno…

 

Dora Alonso presenta, apenas comenzada su primera novela infantil, Aventuras de Guille (1964/66), dos imágenes opuestas del paisaje social cubano. Con un objetivo proselitista bien calculado, lo hace a través de un diálogo en el que corresponde a la vieja tía del protagonista representar el oscuro pasado: 

¿Cómo voy a permitir que vayas a la Península de Hicacos, cuando por aquellos lugares no hay siquiera caminos y todo está lleno de cangrejos, de mosquitos y jejenes, sin mentar los bichos raros…? Te expondrías a gravísimos peligros.10

Toca al chico, cuya sensatez ha sido previamente elogiada, responder con la imagen actual del lugar, transformado por el entusiasmo modernizador del flamante régimen:

¿No te has enterado de que el Gobierno Revolucionario construyó una autopista a lo largo de toda la península? Allí ahora puedes encontrar lo mismo que en cualquier otro poblado: cooperativas, tiendas del pueblo, escuelas, luz eléctrica, cabañas de veraneo… ¡hasta aviones para combatir la plaga!

Si las simpatías políticas de la autora y los requisitos de una obra inicialmente concebida para el suplemento infantil del periódico Revolución, justifican la explícita ideologización del paisaje social, los escenarios naturales en que transcurre lo esencial de la aventura están presentados con realismo y riqueza de detalles geográficos y biológicos. No olvidemos que Dora Alonso fue una convencida ecologista y que su novela se basa en una experiencia personal.
En sus posteriores libros, El cochero azul (1974) y El Valle de la Pájara Pinta (publicado en 1984, fue premio Casa de las Américas cuatro años antes), la escritora no desmiente su fidelidad al modelo castrista y mucho menos su amor por la naturaleza. Pero en lugar de vehicular nuevos contenidos ideológicos a través del paisaje, lo que añade a los elementos naturales son préstamos de la literatura infantil universal, y de la historia y cultura popular cubanas. Las noveletas citadas narran viajes que arrancan de lugares bien reales, considerados como los más bellos de Cuba: la playa de Varadero y el Valle de Viñales. Pero el realismo mágico asumido como estilo por la narradora conduce las tramas a sitios tan fabulosos como éste “Pueblo dormido”:

Las casas tenían fichas de dominó curiosamente colocadas en lugar de tejas, y persianas de plumas; algunas persianas eran blancas como garzas, otras negras como mayitos, las de acá verdes de caracatey, las de allá de un suave gris de tórtola. Y las había jabadas como ala de pájaro carpintero, y también color canario o del tono de los sinsontes. Pero lo más curioso era que, al soplar, el viento movía las plumas y entonces se escuchaban trinos y aleteos (…) La única dificultad de esas persianas cantoras estaba en que, al llegar la primavera, cuando menos se esperaba, levantaban el vuelo.12

En su último libro, Juan Ligero y el Gallo Encantado (2000), Dora Alonso va todavía más lejos. Ahí no hay punto de partida real: el pueblo San Ciprián de los Remolinos es tan ficticio como las comarcas que recorrerán los personajes a lo largo de la noveleta. Pero el método es esencialmente el mismo que en los dos títulos anteriores, puesto que la flora, la fauna, el relieve, el clima y la arquitectura son típicamente cubanos, y los divertidos nombres de los lugares solo exageran un poco la pintoresca toponimia criolla:

Esta vez la correría se hizo demasiado larga, sin hallar nada de interés, y ya había dejado atrás los poblados de Pan del Gato, Jorobitas, Calzones del Rey, Agua Seca, Cocotazo y Pulgar del Zurdo. Sin desanimarse, el andarín siguió mirando y dejando hasta descubrir tierras de nadie, con muchos árboles, un río de aguas claras y hermosos peces transparentes con sabor a vainilla.13

La evolución del tratamiento del paisaje en figura tan emblemática como Dora Alonso es representativa de toda una tendencia pero, siendo ella también una innovadora, no debemos generalizar sus logros. Todavía en la segunda mitad de los 80 siguen apareciendo libros que utilizan el paisaje con fines ideológicos. En obras que tienen tanto de autobiográfico como El monte de las yagrumas, de Daysi Valls (1986) o Escrito para Osmani (1987), de Alberto Serret, el escenario vehicula mensajes éticos o de formación histórico-ideológica que se apartan de la misión de marco narrativo o de creación de atmósferas que le son inherentes. La instrumentación del paisaje la declara explícitamente Serret en el capítulo “Las raíces” del libro citado: “Por eso es tan importante amar ese pedazo de tierra en que uno nace, asirse a sus accidentes geográficos, a sus verdes y a su fauna que viene siendo un reflejo de nuestras necesidades esenciales“.14
Un caso muy interesante en el tratamiento del paisaje es el de Luis Cabrera Delgado. Centrarse en su experiencia directa no lo conduce a una obra autobiográfica o autorreferencial sino a construir un micromundo literario que es, al mismo tiempo, textual y virtual. Su primer libro, tardía y solo parcialmente publicado, Cuentos de Jarahueca, presenta en sus escasas páginas rasgos climatológicos, urbanísticos, sociales e históricos de la población en que transcurrió su infancia, construyendo la trama a partir de anécdotas vividas. Su segundo libro, Pedrín, también de publicación tardía, transcurre en una ciudad que bien podría ser Santa Clara; pero lo singular de este libro es un espacio psicológico materializado: la planta alta de la casa del protagonista, donde se alojan sus miedos, angustias y complejos.
La innovación constante que caracteriza a Luis Cabrera se evidencia en Antonio el pequeño mambí, que inaugura su bibliografía oficial en 1985. Esta imaginada infancia de Maceo se ubica por fuerza en la primera mitad del siglo XIX, en el entonces departamento de Oriente. Coherentemente con el carácter axiológico y la brevedad de los cuentos, el escenario lo integran elementos de fuerte significación tomados de la naturaleza, de la cultura material y de las inquietudes político-sociales de la época: esclavitud, racismo, autodeterminación.
A partir de este libro, la extensa narrativa de Cabrera regresa al paisaje de su natal Jarahueca y alrededores, pero en Tía Julita los sitios reales -Morón, Meneses, Itabo- cohabitan con espacios imaginarios como El Botellón, paródicos como “la ciudad”, mágicos como la “Playa de los Imposibles” o simbólicos como la “Cueva de las Mil Estalactitas”. En novelas posteriores como Raúl, su abuela y los espíritus y El aparecido de la mata de mango los escenarios son tratados con bastante fidelidad al modelo vivencial, pero enriquecidos con tradiciones culturales (presentes en la zona), lo que les da un sabor especial.
Antonio Orlando Rodríguez, nacido a mediados de los 50, comienza a publicar muy joven, varios años antes que sus compañeros de promoción (en 1975 obtiene el premio “26 de Julio” y al año siguiente, el de la Unión de Escritores). Quizás por lo antes dicho es que en sus primeros libros suelen mezclarse rasgos tradicionales e innovadores. En materia de paisajes, ofrece de todo: campo, ciudad e incluso cosmos, todo declinado en diversas dimensiones del tiempo: pasado reciente y remoto, presente, y futuro distante.
Su primer libro, Abuelita Milagro, se caracteriza por un realismo mágico ingenuo que involucra también el escenario:

Su casa estaba detrás de una loma verde, entre un montecito de atejes donde siempre era fiesta para las gallinitas. Un bohío con techo y paredes de palma real. En el patio había un roble sabanero, una enredadera de boniatos y tres palmas… cada una de diferente tamaño, pero todas viejísimas. Las palmas eran muy serias, nunca querían retozar con el romerillo, y siempre estaban tiesas, mirándole la cara al compay Sol.15

La capacidad imaginativa perceptible en el fragmento citado también se aprecia en su libro siguiente, Siffig y el vramontono 45-A, un cuento de ciencia-ficción humorística. Concebido inicialmente como guión radial, este cuento se caracteriza por la preeminencia de la acción y los diálogos, el uso de recursos coloquiales y la casi total ausencia de descripciones. Cuando éstas aparecen combinan palabrería futurista y sencillas imágenes poéticas: “Siffig se despidió, y en menos de lo que tarda un cerebro electrónico en responder cuánto es 789,987 por 1456,6541, ya se alejaba en su auto-transportador anaranjado, a toda velocidad, por la pista de polvo de estrellas“.16
Su relato de redacción presumiblemente anterior, Ciclones y cocuyos, ejemplifica bien el procedimiento de ideologización del paisaje, tan utilizado en las primeras dos décadas del libro infantil revolucionario: “Era el año de los cocuyos, que con la luz de sus faroles llenaban de letras los lugares donde reinaba la ignorancia. Era también el año de los ciclones, empeñados en detener la marcha de la Revolución“.17 Este primer párrafo del libro, que explica su título, toma dos elementos bien representativos de la naturaleza cubana para simbolizar las fuerzas en lucha: los voluntarios que marcharon a los campos a alfabetizar, y los grupos armados que se oponían a ése y a los demás objetivos del nuevo poder.
A medida que madura, la narrativa de Rodríguez se aparta de todo instrumentalismo y sus escenarios y temáticas se urbanizan. Si a fines de los setenta, en Cuentos de cuando La Habana era chiquita, utiliza costumbrismo e historia para configurar el paisaje de la capital cubana “allá por el año mil ochocientos sesenta y pico…“, sus cuentos posteriores (publicados tardíamente, ya en los 90) son explícitamente actuales. En Concierto para escalera y orquesta, por ejemplo, la brevedad y el realismo mágico de los textos no deja al paisaje otra expresión que plásticas imágenes. Mientras, en Disfruta tu libertad y otras corazonadas (1999), que aborda con criticismo y brillantez la vida escolar y familiar en una ciudad que no es de su Cuba natal, sino de Colombia -donde Rodríguez residía entonces-, se aprecia una asimilación de los elementos de paisaje urbano, social y lingüístico, lo que da a sus cuentos un sabor simultáneamente local y universal.
Mirando retrospectivamente mi propia obra narrativa, descubro actitudes muy diversas respecto al espacio. Después de El secreto del colmillo colgante (1983), una primera novela que adolece de esa idealización del espacio -social e incluso del físico- tan frecuente entonces (máxime en temáticas como la detectivesca, tan próxima a la lucha ideológica), el espacio cubano estuvo prácticamente ausente de mis cuentos y novelas. Pero en Las aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes (1996) volqué, inconscientemente, el reencuentro con el país tras cuatro años de ausencia que nos habían cambiado a ambos. Esta novela narra el periplo de sus protagonistas por países imaginarios hasta “regresar” a lo que resulta “otra oportunidad” histórica de su reino natal. Todo se parece, pero nada es igual; ni siquiera los propios Rosa y Juan Perico, que chocan con unos dobles suyos ligeramente reajustados.
Tras este reencuentro metafórico, parece que me sentí listo para recrear literariamente el paisaje cubano. Así lo hice en dos novelas publicadas casi simultáneamente. Mi tesoro te espera en Cuba narra el viaje de una niña española que busca las huellas dejada por su tío bisabuelo antes de escapar del apenas instalado poder revolucionario. El tratamiento de escenarios concretos como Varadero o semi-ficticios como la ciudad del tío bisabuelo (inspirada en Colón, provincia de Matanzas) es consecuentemente realista. En cambio, en La tremenda bruja de La Habana Vieja, al contar la historia de una estrambótica bruja habanera, la caricatura acentúa los rasgos grotescos de la realidad cubana actual.

El espacio crítico de la promoción de los 90
A mediados de los 90, una nueva promoción de autores asume el protagonismo de la narrativa infantil que se produce en Cuba. Algunos integrantes del grupo han intentado teorizar su praxis, proponiendo como rasgo dominante la representación más realista e incluso crítica del niño cubano y su entorno (familiar, escolar, social). Aunque la narrativa infantil cubana de los últimos años sigue teniendo gran diversidad estilística y temática, las novelas y cuentos más característicos de Enrique Pérez Díaz (Inventarse un amigo y El niño que conversaba con la mar), de Iliana Prieto (Querido diario), Felipe Oliva (El león vegetaliano), Teresa Cárdenas (Cartas al cielo) o Ariel Ribeaux (En busca del tiempo perdido y El oro de la edad) tienen un escenario casi unánimemente urbano y contemporáneo, mientras que Omar Felipe Mauri (Alguien borra las estrellas), Pablo René Estévez (Linda en la ciudad del sol) y Julio Llanes (Sueños y cuentos de la niña mala), también incorporan espacios suburbanos o directamente campesinos. Problematizando la supuesta preeminencia del realismo crítico en la última narrativa infantil escrita en Cuba, algunos de estos y otros autores presentan espacios mágicos (El país de los mil paraguas, de Carlo Calcines, La princesa del retrato y el dragón rey, de Iliana Prieto o ¿Dónde está la princesa?, de Luis Cabrera Delgado), de otros países (Ikebana, de Emma Artiles y Por si las moscas, de Julia Calzadilla), históricos (Paquelé, de Julio Llanes o Guaminiquinaje, de Pedro Péglez), e incluso espacios híbridos o de difícil definición (Fangoso, de Enid Vian).
Muy creativa es la propuesta de Ariel Ribeaux en El oro de la edad, al presentar un mismo espacio geográfico (playas del este de La Habana) en sus dos extremos socioeconómicos: la modesta casa de un plan vacacional para trabajadores cubanos y el hotel en dólares donde se hospedan un italiano y su mujer (una especie de “jinetera” refinada) con la hija de ésta e incluso el padre de la niña (un cubano oportunista y de poca vergüenza). Las dos protagonistas (Leonor, negra y humilde, y la consentida y al mismo tiempo abandonada Nené) sabrán superar sus diferencias y construir un espacio de afecto y respeto mutuo que rehabilita la playa dividida por la desigualdad económica (como en “Los zapaticos de Rosa”, en coherencia con las productivas intertextualidades que caracterizan este magistral “pastiche” construido por Ribeaux a partir de La Edad de Oro, de Martí).

Y si esta historia no les parece larga…
La eficacia en la construcción del escenario narrativo no implica la exclusión de toda significación ajena a la construcción de las coordenadas físicas y psicológicas de la acción y los personajes. Cierta dosis de información sobre los modos de vida que rigen la trama es imprescindible para que ésta adquiera consistencia, verosimilitud e inteligibilidad en la mente del lector; mientras, la presencia de ideas de carácter general o personal contribuye a que la obra trascienda la mera anécdota y pueda transformarse en una experiencia creativa para el lector.
La calidad de todo ambiente literario dependerá de la capacidad del escritor para lograr un equilibro entre las distintas funciones del paisaje y su habilidad para posicionarse acertadamente con respecto a su creación. El autor no es realmente amo y señor de su universo ficcional, pues debe someterse a las leyes que lo rigen y no desarrollar un discurso que contraríe los caminos de su historia y convierta al espacio -su aliado imprescindible- en enemigo de su propuesta estética y de la fluidez narrativa. Y esto vale tanto para el regodeo en la descripción estetizante como para su aparente contrario: la sistemática atribución de significados ideológicos a toda descripción.
Un estudio completo de la representación espacial en la narrativa infantil cubana requeriría una reflexión sobre la representación de sitios geográficos explícitamente identificados, o sobre ambientes recurrentes como son la escuela, la casa de los abuelos, los lugares de juego, el mar o los espacios oníricos. La valoración de las ilustraciones que acompañan habitualmente los textos para chicos sería también conveniente. Si el concepto de ilustración dominante en la Isla es la subordinación casi servil al texto, hay casos en que se produjeron esas pertinentes disonancias que pueden ser la mejor marca de valor estético en la ilustración. Pero tanto no cabría en estas páginas… a menos que lo sometiera a una condensación que acabaría falseando la impresión del conjunto y condenándome a la representación estereotipada que en algún momento he denunciado.
Al renunciar a todo comentario sobre la representación del espacio en la ilustración cubana para chicos, consideré conveniente no mencionar siquiera los nombres de los ilustradores de los libros que incluyo en mi bibliografía. Así queda claro que evito un abordaje superficial de este aspecto… y queda abierta la posibilidad de volver a hablar del tema pincel en mano.

BIBLIOGRAFÍA

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_______________________ (1999) ¿Dónde está la princesa? La Habana: Gente Nueva.

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_________ (1998) La princesa del retrato y el dragón rey. Bogotá: Norma.

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_________________ (1978) Siffig y el vramontono 45-A. La Habana: Gente Nueva.
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_________________ (1984) Cuentos de cuando La Habana era chiquita. La Habana: Ediciones Unión.
_________________ (1995) Concierto para escalera y orquesta. Medellín: Edilux.
_________________ (1999) Disfruta tu libertad y otras corazonadas. Quito: Libresa.

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___________ (1996) Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes. Barcelona: El Arca / Buenos Aires: Alfaguara, 2004
___________ (2002) Mi tesoro te espera en Cuba. Buenos Aires: Sudamericana, 2002; Madrid. Edelvives, 2008 (la primera edición fue en francés: París. Hachette, 2000).
___________ (2001) La tremenda bruja de La Habana Vieja. Barcelona: Edebé; edición cubana abreviada: La bruja de La Habana Vieja. Santa Clara: Ediciones Capiro, 1999.

SERRET, A. (1987) Escrito para Osmani. Santiago de Cuba: Editorial Oriente.

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VAZQUEZ GALLO, A. (1965) Nachito. La Habana: Editora Juvenil.

VIAN, E. (2000) Fangoso. La Habana: Ediciones Unión.

VARIOS (1959) Navidades para un niño cubano. Cuentos, teatro, estampas. La Habana: Dirección General de Cultura. Ministerio de Educación.

1. Incluso si usted no/ lo ve con buenos ojos/ el paisaje no es/ feo/ es su ojo/ el que/ quizás no es bueno.

2. Navidades para un niño cubano, p. 5 (Vicentina Antuna: Introducción).

3. Op. Cit., p. 9 (Anita Arroyo: “Jesusito”).

4. Ibid.

5. Op. Cit., p. 59 (Anita Arroyo: “El aguinaldo”).

6. Nachito, p. 9.

7. Becados, p. 51.

8. Los cuentos de Miguel y Laura, p. 50.

9. La primera encuesta sobre los mejores libros infantiles cubanos recoge, entre las diez obras narrativas más significativas publicadas entre 1959 y 1985, solo dos títulos enteramente centrados en la ciudad (La Habana) y uno en un pueblo grande. Entre los doce libros que siguen en la lista de los más votados, la relación es todavía más desfavorable a los escenarios urbanos. Cfr. Revista En julio como enero no 6/1988, pp. 2-11.

10. Aventuras de Guille, p. 22.

11. Ibid.

12. El cochero azul; p. 23.

13. Juan Ligero y el Gallo Encantado; p. 8.

14. Escrito para Osmani; p. 21.

15. Abuelita Milagro; p. 5.

16. “Siffig y el vramontono 45-A” In Premio UNEAC 1976 Ismaelillo. Poesía y prosa; pp. 5-6.

17. Ciclones y cocuyos; p. 3. 

Joel Franz Rosell

Joel Franz Rosell

Joel Franz Rosell (Cienfuegos, Cuba, 1954). Escritor, ilustrador y crítico literario.
Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Central de las Villas (1979) ha trabajado como asesor literario, profesor y periodista. Tras dejar Cuba en 1989, ha residido en Río de Janeiro, Copenhague, Buenos Aires y París. Ha publicado el libro de ensayos La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas, y diecisiete libros para niños en España, Argentina, Cuba y México; varios de los cuales han sido traducidos en Francia, Portugal o Corea. Entre sus libros se destacan sus best seller Vuela, Ertico, vuela (16 ediciones y más de 90 000 ejemplares), La leyenda de taita Osongo (editado en Francia, México y Brasil), La tremenda bruja de La Habana Vieja (editado en España, Cuba y Francia), El pájaro libro (Premio Nacional de Ilustración de España), Mi tesoro te espera en Cuba, premio Ville de Cherbourg en Francia, así como el álbum Pájaros en la cabeza y la novela Aventuras de Rosa de los Vientos y Perico de los Palotes, ambos incluidos por la Biblioteca Internacional de la Juventud en su selección “The Wite Ravens” de los mejores libros infantiles publicados en el mundo.

EL LIBRO, la lectura, la biblioteca y el bibliotecario

Posted in Frases e ideas by Eddy D. Souza on 09/13/2008

EL LIBRO

 

“…el libro es la célula más importante del cerebro de la Humanidad, donde ésta va acumulando, de generación en generación, lo más valioso de su experiencia”.

José Antonio Ramos y Aguirre. “Epítome de Biblioteconomía”. En: Revista Bimestre Cubana. La Habana, 1940.  

 

 

 

LA LECTURA

 

“El que sabe leer sabe ya la más difícil de las artes”.

Duclós.

 

 

“No sólo somos lo que leemos”.

Maryanne Wolf (psicóloga del desarrollo en la Universidad de Tufts. Autora de Proust y el calamar: Historia y ciencia del cerebro lector).

  

Biblioteca pública Virgilio Barco. Bogotá, Colombia

Biblioteca pública Virgilio Barco. Bogotá, Colombia

 LA BIBLIOTECA

“Es pasado el tiempo en que la biblioteca se parecía a un museo, en que el bibliotecario era una suerte de ratón entre húmedos libros y en que los visitantes miraban con ojos curiosos los antiguos tomos y los manuscritos. Es presente el tiempo en que la biblioteca es una escuela, en que el bibliotecario es en el más alto sentido un maestro y en que el visitante tiene la misma relación con los libros que el trabajador manual tiene con sus herramientas.”

Melvil Dewey (1851-1931).

 

EL BIBLIOTECARIO

Definición de la palabra “bibliotecario” en la primera edición del Diccionario de la lengua castellana, editado por la Real Academia Española en 1726:

Bibliothecario. f. m. El que está destinado para tener cuidado de las Bibliothécas, manejarlas y franquear los libros à los curiosos que quieren, y se les permite divertirse en ellas. Es empleo de mucha estimación y confianza, y que requiére mucha erudicción y doctrina para obtenerle. 

TEATRO EN MIAMI Studio estrena Los acosados, de Matías Montes Huidobro

Posted in De Teatro by Eddy D. Souza on 09/12/2008

 

De Matías Montes Huidobro, autor cubano exiliado, y uno de los más importantes dramaturgos y estudiosos del teatro cubano, es la obra teatral en un acto Los acosados, escrita en 1959. En ella se cuenta la historia de un matrimonio y la vida moderna; las compras a créditos y las angustias familiares.
 
“Es una drama de la cotidianidad” comenta Ernesto García, director, escenográfo y músico de la puesta―. “Los acosados es un cuestionamiento reflexivo sobre las posesiones. ¿Somos poseedores de bienes materiales o son ellos quienes nos poseen, nos moldean y finalmente nos abandonan cuando morimos?”.
 
Este es un proyecto que viene del 2004, cuando Ernesto García escribió y dirigió el documental Raíces Aéreas: Dramaturgos, y pretendía acompañar la presentación del documental con dos obras teatrales en vivo: Los acosados de Matías Montes Huidobro y Sombras, de Leopoldo Hernández. Por problemas de tiempo y presupuesto solamente se pudo llevar a escena la segunda, acompañando el documental.

“Creo que es importante montar obras de los autores cubanos exiliados” señala Sandra García, actriz y presidenta de Teatro en Miami―. “En nuestro teatro se han presentado desde el mismo comienzo lecturas dramatizadas, homenajes y otras actividades encausadas al reconocimiento de la literatura dramática cubana”.
 
Proyectada para ser estrenada el 3 de octubre, Los acosados cuenta con las actuaciones de Christian Ocón e Ivette Kellems, actores de Teatro en Miami Studio, conocidos por sus trabajos anteriores bajo la dirección del propio García.

He aquí, un avance:

LA LITERATURA INFANTIL Cubana finisecular

Posted in Literatura by Eddy D. Souza on 09/08/2008

Luis Cabrera Delgado

 

En la década del 80, la literatura infantil cubana dejó atrás su condición de instrumento, oportunista y servicial, en función de un presunto lector, y se convirtió en la manifestación personal de la necesidad del autor de expresarse libremente según, y cito palabras de Joel Franz Rosell[1] “las convicciones y manías, de las utopías y caprichos, de las anécdota íntimas y alucinaciones persistentes de ese adulto inevitable y lleno de cicatrices que es el escrito”. Vamos, entonces y necesariamente, a encontrar en el periodo que se analiza una variedad temática, estilística y formal diferente a las exhibidas por la literatura precedente.

 Temáticamente, Omar Felipe Mauri (p.78)[2] habla de una “edad campesina y bucólica” durante la década del 70, un “periodo de abuelas y abuelos” en los años ochenta, y la aparición a finales de estos de lo que denomina “coto de hadas y brujas”. ¿Cuál pudiera ser entonces el nominativo genérico para los últimos años del siglo XX? Antes de aventurarme a catalogar el elemento temático que lo caracteriza, es necesario puntualizar que, independientemente de la pujanza creativa con que llegamos al año 90, vamos a encontrar libros que no son más que remanentes de todas las expresiones anteriores. Por otra parte, el desarrollo de la estética creativa no necesariamente marcha al unísono de las exigencias estéticas editoriales, y por ello vamos a tener la disparidad de libros como Los niños también pueden (Editorial Oriente, 1989) de Plintio E. Matos, en el que se recogen, según palabras del propio autor en su prólogo, “facetas de la actividad infantil en el plano revolucionario”, y que tiene, por sobre la función estética, una marcada intención de adoctrinamiento político; y textos como el premiado en el Concurso La Edad de Oro de ese mismo año: El País de los Mil Paraguas (Editorial Gente Nueva, 1993), de Carlo Calcines, en el que con otros recursos literarios, tales como el animismo, el antropomorfismo y la fantasía, nos conduce al desarrollo de valores relacionadas con la amistad, la solidaridad, la constancia y la valentía; virtudes éstas puestas en función de que el bien, una vez más, venza el mal en una amena e imaginativa aventura llena de peripecias. O las atrevidas búsquedas formales y metafóricas de José Manuel Espino en Barco de sueños (Ediciones Unión, 1995), libro distinguido con el Premio David de Poesía de 1989, en contraposición con las estrofas, rimas y métrica con las que trabaja Manuel Crespo Vázquez en Tejer un lazo (Gente Nueva, 1989), las que se corresponden con las características encontradas por Ramón Luis Herrera (p.12-13)[3] en el estudio que realizó de la poesía infantil cubana de los años 70 y 80. 

Como característica del sistema editorial cubano, durante el periodo que analizamos van a aparecer libros que fueron seleccionados en certámenes literarios de años anteriores; mientras que textos premiados entre 1989 y 1999, como fue Fangoso, de Enid Vian, galardonado por el Ismaelillo de 1989, no van a aparecer publicado hasta pasado el año 2000.

Como el ejemplo más significativo de la aparición de literatura escrita con anterioridad, cito Libreta de trabajo, de Renée Potts, que aunque editado en 1988, no fue impreso hasta un año después, y corresponde analizarlo en esta época. Desde la salida en 1936 de Romancero de la maestrilla (editado por la Sociedad Lyceum) su autora no había vuelto a publicar otro libro, y fue por la gestión editorial de Excilia Saldaña que se muestran de nuevo aquellos versos, junto a otros nuevos romances, canciones, letrillas y adivinanzas escritos por Renée Potts durante cincuenta años.

Aparecen también este año libros significativos del quehacer literario cubano anterior al periodo, como son: Los pequeños poemas de Abuelo Cantarín, de Julia Calzadilla, Palomar, de Dora Alonso y El telescopio de David, de Ivette Vian, todos publicados por Gente Nueva; y, fundamentalmente, un libro que marca cima en la literatura hecha hasta la fecha: La noche (Gente Nueva), de Excilia Saldaña. La profesora Gladys García Jiménez la describe como “obra de madurez y ruptura, revaloración estética y culminación: mayoría de edad de una generación actuante, regalo-sorpresa de la literatura cubana.” (p.251)[4]. La Sección de Literatura Infantil de la UNEAC le otorgó a este libro el Premio La Rosa Blanca a la mejor obra publicada en el quinquenio 90-95, lo que demuestra la valía del mismo.

Junto a este importante galardón, es de señalar que durante el periodo de 1989 a 1999, se entregaron siete Premios de la Crítica a libros de la serie infanto juvenil, y un autor cubano mereció el Premio Casa de literatura infantil.

Con fines exclusivos de promoción, fue creada en 1989 en el Ministerio de Cultura la colección Para un príncipe enano. Fueron pequeños folletos de carátula de cartulina y hojas sueltas, pero que constituyeron un hito importante por alguno de los títulos y/o los autores que allí aparecieron: La extraña familia de Luis Tosco…, de Eric González Conde, que daría lugar a una saga, publicada posteriormente por otras editoriales; Porque tenemos el corazón feliz, que recogió por primera vez la letra de un grupo de las populares canciones de Teresita Fernández; y otros textos de Omar Felipe Mauri, Aramís Quintero, Julia Calzadilla y Waldo González López, entre otros autores de reconocido prestigio. Pero quiero detenerme particularmente en tres de estos títulos: Sorcita, de Nersys Felipe, autora que una vez más recurre a sus recuerdos más preciados y esta vez nos presenta por primera vez en la literatura infantil cubana de la Revolución el personaje de una monja, quien por demás muestra su amor a la patria, la libertad y la naturaleza. Yo, Mónica y el Monstruo, de Antonio Orlando Rodríguez, texto crítico de una realidad y un personaje hasta el momento presentados siempre como idílicos: la escuela y la maestra. Este cuento, adaptado a la televisión y publicado nuevamente por la editorial Colina, de Medellín en 1994, junto con Claro de luna, de Luis Carlos Suárez, el que aborda con crudeza, y a la vez fantasía, el desmembramiento que se produce en la familia por el divorcio y alejamiento del padre, marcaron el inicio de la literatura de crítica social que tanto prosperó posteriormente en nuestra literatura infanto juvenil, en una renovación encaminada a reflejar una realidad cambiante y no necesariamente idílica del ambiente familiar y social en el que se desenvolvía el niño del momento, y, por otra parte, ponerse a la par con la amplia y tampoco necesariamente halagüeña información que el pequeño finisecular recibía por los diferentes medios de difusión masiva.

Valdría mencionar aquí libros como Un hada y una maga en el piso de abajo, de Magalys Sánchez Ochoa, (Editorial Unión. 1999), en el que se aborda las consecuencias negativas por el divorcio de los padres y el reajuste de la familia por el matrimonio de la madre; también Mi amigo Juan, de Alberto Domingo González (Colección Pinos Nuevos. Editorial Gente Nueva, 1994) que nos conduce a la relación que se establece, en un hogar de padres divorciados, entre el hijo y el novio de la madre.  En El oro de La Edad (Editorial Unión, 1998), de Ariel Ribeaux Diago, Premio Ismaelillo de1997, el autor establece una relectura de los personajes de La Edad de Oro, para con el juego de códigos post modernista mostrar, con una visión contemporánea, facetas complejas de aspectos de algunas realidades sociales de la Cuba del momento. Iliana Prieto en Querido diario (Pinos Nuevos. Editorial Unión, 1994),  recurre a la fantasía para hacer cuestionamientos familiares. E Inventarse un amigo (Gente Nueva, 1998), de Enrique Pérez Días, Premio La Edad de Oro de 1993, que nos conduce a la intimidad de un niño triste y taciturno, inmerso en una familia disfuncional, que lo lleva a cuestionarse el “por qué había nacido”.  En este libro es donde por primera vez en la literatura infantil cubana, se hace referencia, al tema de los balseros.

Las familias atípicas se manifiestan de diferentes formas, una de ellas es trabajada por Olga Marta Pérez en su libro Papatino y Mamagorda (Editora Abril, 1990), en el que un par de ancianos que han quedado solos, intentan crearse una familia con los niños del vecindario, y dan lugar a una serie de aventuras en las que el elemento que queda como sustrato de su lectura, es el amor y la bondad entre los seres humanos

Otros temas, no abordados con anterioridad, aparecen en este periodo, tal es el caso de Bajo el aire y el sol de Buenavista, de René Valdés Torres (Editorial Hermanos Loynaz, 1998) que nos presenta el encuentro de un niño con la familia y la cultura de sus padres emigrantes, quienes vuelven de visita a su lugar de origen.

Premio El Caimán Barbudo de 1990 María Virginia y yo en la luna de Valencia (Editora Abril y Editorial Letra Cubanas, 1997), de Gumersindo Pacheco es la primera parte de una trilogía, a la que pertenecen María virginia está de vacaciones fue merecedor del premio Casa de las Américas de 1994 y publicado por Casa ese propio año, y María Virginia, mi amor (Editorial Norma, 1998); textos donde su autor aborda, “con un discurso humorístico paródico y con tendencia a subvenir valores totalizantes de nuestra costumbres” (p.134)[5] los conflictos generacionales de la adolescencia en el proceso de descubrimiento del amor.

Por su parte, Teresa Cárdenas aborda el tema de la discriminación racial y la marginalidad, en un libro con un estilo crudo que no duda en apelar a mecanismos melodramáticos, como lo son la muerte, la orfandad y el rechazo familiar: Cartas al cielo (Editorial Unión, 1998), libro que había sido Premio David en 1997, y a su publicación ganó uno de los Premios de la Crítica de ese año.

También aparecen en este periodo personajes ―por decirlo de alguna manera― “diferentes”. Pedrín (Editorial Capiro, 1991), Mención del Premio Ismaelillo de 1980, el que por incomprensiones editoriales con respecto a la discapacidad física que presenta el protagonista, no vio la luz hasta 1991. Ito (Editora Abril, 1966), al igual que el anterior, de la autoría de Luis Cabrera Delgado, Premio Abril 1994, presenta un protagonista que, según definición de Antonio Orlando Rodríguez, se trata de un niño que“ por su sensibilidad, sus gustos y comportamiento peculiar es  (…) potencialmente homosexual”. (p.106).[6]

Pero otros textos de estos años andan por caminos más ortodoxos, aunque no por ello menos valiosos. La aventura de la Cruz Pinera, de Ricardo Ortega (Gente Nueva,1989) transita por los rumbos trazados por otros autores y libros anteriores en los que un grupo de jovencitos se ven inmersos en una trama policiaca llena de episodios de acción. Ibraim Doblado vuelve a sus acostumbrados espacios de la cayería norte del centro de la isla y nos presenta las aventuras de un valiente caballo que se escapa para ser libre (Caballo salvaje, Gente Nueva, 1995). Linda (Gente Nueva, 1996), de Pablo René Estévez, texto en el que su autor retoma el ambiente campesino prerrevolucionario para, con estrategias discursivas propias y el tratamiento de asuntos que tienen que ver con la edad juvenil, ahondar en la relación del hombre con los animales, el trabajo y el descubrimiento del amor. Por su parte, en Una estrella distinta (Editorial Capiro, 1993) de Alfredo Delgado nos conduce a través de una serie de relatos, desde la visión del niño, a la contemporaneidad de un ambiente pueblerino. Y la fantasía más desbordante, en personajes y situaciones humorísticas de Este libro horroroso y sin remedio (Pinos Nuevos. Editorial Gente Nueva, 1996), de Alberto Jorge Yañez, volumen que ganó uno de los Premios Nacionales de la Crítica de ese año.

La historia ha sido un tema priorizado en la literatura infantil cubana de todos los tiempos, y esta tradición está presente en el periodo que se analiza. Autores acostumbrados a trabajar esta temática, como lo es Julio M. Llanes, publicó Mi amigo Serafín (Ediciones Luminaria 1991), una especie de biografía novelada del Mayor General Serafín Sánchez. Participante del hecho mismo, es el caso de Enrique Acevedo, de quien la Editora Política  publicó Descamisado, narración testimonial de su incorporación y participación en el guerrilla durante la guerra revolucionaria; este libro mereció uno de los Premios de la Crítica de 1993. De igual manera, Frolián Escobar da a conocer en Martí a flor de labios (Editora Política, 1991) una serie de anécdotas del paso de nuestro Apóstol desde Playitas a Dos Ríos; libro que su prologuista, Cintio Vitier, cataloga como “suceso extraordinario”. A pesar de que este texto no estuvo pensado especialmente como literatura infanto juvenil, no dudo en ubicarlo dentro de este panorama, ya que por varias razones, principalmente por tratarse de testimonios de niños que conocieron a Martí, los jóvenes lectores ―como ha sucedido en otras muchas ocasiones―  se han apropiado del mismo. Este libro fue distinguido con el Premio de la Crítica en 1991, y su autor volvió a merecer este galardón dos años después por su libro La vieja que vuela (Gente Nueva, 1993), un texto fantástico, con elementos del realismo mágico y un lenguaje muy peculiar, que también nos lleva al escenario de la Sierra Maestra durante la época la lucha guerrillera.

En el periodo que analizo fueron prolíferas, en comparación con etapas anteriores, la realización de antologías. En 1989 fueron presentadas En un camino encontré… (Editora Abril), y Antología de la narrativa infantil cubana (Gente Nueva), ambas preparadas por Antonio Orlando Rodríguez; pero los cuentos que en ellas parecen responden a la creación etapas anteriores. Diez años después, Ediciones Unión sacó a librerías ¡Mucho cuento! Narrativa infantil cubana de los años noventa, esta realizada por Enrique Pérez Díaz, en la que aparecen un serie de textos, fundamentalmente inéditos ―y ahí su valor representativo del quehacer creativo de la época― de autores conocidos, junto a otros de una nueva generación literaria. De Enrique Pérez Díaz es también otra antología: Cazador de sueños. El cuento brevísimo infantil cubano (Ediciones Luminaria, 1998) concebida con los pies forzados de que fueran cuentos cortos y en los que apareciera un niño cubano como protagonista de la historia.

En el campo de la lírica destaco libros como Cantos de Camino (Ediciones Holguín, 1993), con el que su autor Luis Caissés Sánchez obtuvo el Premio de la Ciudad de 1993, por tratarse de un conjunto de poemas en los que, según la profesora Ana María Osorio Salermo[7]bajo la simple imagen de un instante se entreteje la profundidad conceptual de los grandes temas de la poesía de todos los tiempos: el amor, la muerte, la vida, el sueño y el tiempo que llevan al hombre en el canto de los caminos de su historia.”  El alma en una nube, (Pinos Nuevos, Gente Nueva, 1994) de Emma Artiles Pérez, por tratarse de un conjunto de haykús precedidos de una “introducción” en la que se nos presentan como obras de una bailarina de un mundo de flores personificadas: Margarita del Trasval, personaje que la autora utiliza posteriormente como la protagonista de Ikebana (Gente Nueva, 1998), novela galardonada con el Premio La Edad de Oro de 1995 y ganadora de uno de los Premios Nacionales de la Crítica de ese año.

En otras cuerdas líricas encontramos En Jarahueca (Casa Maya de la Poesía, Campeche, 1999), de Olga Lidia Pérez, con versos de sentido disparatado, llenos de humor, donde la magia y el surrealismo nos conforman el paisaje afectivo vivencial de la autora, y nos acerca a la familia y al pequeño pueblo de cualquier lector cubano.

Ramón Luis Herrera posee una voz poética basada en la aparente sencillez del objeto lírico, los que nos muestra con gracia, pero no exento de un pensamiento profundo y reflexivo. En Lindo es el sapo (Editado por la Dirección de Literatura CPL de Sancti Spíritus, 1991) demuestra como los animales, a pesar de lo socorrido de su utilización, no dejan de ser un buen motivo poético para la comunicación estética con el niño lector. Con Corazón asustado (Pinos Nuevos. Ediciones Unión. 1994) este autor obtuvo el Premio David de 1987, texto que con los más mínimos recursos, logra alcanzar la belleza de la sencillez en sus imágenes y metáforas.

En el buzón del jardín (Sed de Belleza Editores, 1997), Yamil Díaz Gómez evidencia la validez de la décima para la comunicación con el público infantil y en un recorrido por la casa va encontrando en sus rincones las motivaciones necesarias para legitimar para estos lectores el verso de alto vuelo y fina estructura.

Ronel Gonzáles con Un país increíble (Ediciones Holguín, 1992), Premio de la Ciudad 1992¸ reconoce la validez de la prosa poética y, junto a formas métricas, nos lleva al goce lúdico del absurdo.

No puedo dejar de mencionar , libro para jóvenes publicado por Gente Nueva en 1991, por tratarse de un conjunto de poesía de fina factura, como lo son los dibujos de las letras capitulares en las que se inspira el autor para adentrarnos, con el juego de la imaginación, al mundo lírico. También para las edades juveniles, el Amor de los pupitres (Gente Nueva, 1992), de Félix Guerra, texto con un formato rústico propio de la época, y una segunda y cuidada edición en 1998, nos ofrece un retrato fresco del amor adolescente en hermosas viñetas en prosa poética y versos. Este título obtuvo uno de los Premios de la Crítica otorgados en 1991.

Ediciones Unión publicó en 1998 Un elefante en la cuerda floja, una antología de poesía cubana para niños preparada por Enid Vian que, aunque recoge autores y obras de diferentes épocas, trae una muestra de la poesía del periodo que analizo.

En el campo de la ensayística, si bien fue cierto que por la limitaciones en los espacios habituales de la prensa plana y la desaparición de la revista especializada En Julio como en enero, producto de la crisis económica del país, hay que destacar la importancia que revistió la realización anual de los Encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil, iniciados precisamente en el año 1989, auspiciados por el Comité Provincial de la UNEAC de Sancti Spíritus, y gracias al empeño personal que puso en ellos, su organizador Julio Llanes; de estos encuentros y con selección del propio Llanes se publicaron durante el periodo dos libros que recogieron algunos de los trabajos expuestos en dichos eventos: al primero (1993), prácticamente sin un título específico, le siguió La literatura infantil cubana ante el espejo (1998), publicados ambos por Ediciones Luminaria, en los que aparecen firmas de importantes escritores, editores, profesores e investigadores, como son, entre otros: Dra. Aymée González Bolaños, Mayra Hernández Menéndez. Jorge Luis Rivas, Emma Artiles Pérez, Dra. Elena Palmero González, Juan Eduardo Bernal Echemendía, Dr. Guillermo Díaz Rodríguez, Jorge Luis Rivas Corrales, Omar Felipe Mauri y Dr. Ramón Luis Herrera.

En 1998 fue publicado Ese niño de La Edad de Oro (Gente Nueva), de José Antonio Gutiérrez, libro que había resultado Premio Especial de Ensayo Centenario de La Edad de Oro del Concurso La Edad de Oro de 1989.

En relación con el género dramático, Freddy Artiles publicó La maravillosa historia del teatro universal (Editorial Gente Nueva, 1989), texto que aborda con énfasis el teatro de muñecos e infantil, y Armando Morales De Vidushaka a Pelusín (Ediciones Vigía, 1998), un muy valioso ensayo sobre teatro de títeres.

La obras de teatro que aparecieron en esta época, también presentan un desnivel entre la fecha de creación y su publicación; así por ejemplo Lluvia de Oro (Gente Nueva), de José R. Marcos, fue Premio Teatro La Edad de Oro 1984 y publicada en 1989; ese mismo año salió Provinciana (Gente Nueva) de Gerardo Fullera León, obra que había sido Premio Teatro La Edad de Oro en 1985, y Para subir al cielo se necesita…, de Esther Suárez Durán, (Editorial Unión, 1997), había sido Premio Ismaelillo de Teatro en 1985. Cito estos tres ejemplos, sin dejar de mencionar Teatro para niños (Gente Nueva, 1992), de Dora Alonso, con un conjunto de obras escritas desde la década del 40 en las que aparece su personaje Pelusín, libro por el que se le otorgó a la autora uno de los Premios de la Crítica de 1992.

Otra obra significativa, de las pocas publicadas del género dramático en el periodo, fue Romance del papalote que quería llegar a la luna (1996), de René Fernández, en una breve colección de Ediciones Papalote.

Una de las características típicas del periodo es el número de libros de autores cubanos publicados fuera de Cuba los que, desafortunadamente, son pocos o nada conocidos por los lectores cubanos. Diferentes causas intervinieron en esta salida de nuestra literatura hacia otras latitudes: una mayor apertura de nuestro país al mundo, la participación de autores cubanos en concursos internacionales, y la residencia de otros en el extranjero.

Antonio Orlando Rodríguez, prolífero autor desde la década del 70, publica entre otros libros: Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, Premio Ismaelillo en 1987, en Costa Rica (Obando Impresor, 1993) y en Venezuela (Rondalera, 1997); también en este país, Pues señor, este era un circo (Rondalera, 1993), galardonado con el Premio La Edad de Oro de 1986); y en Guatemala, El sueño (Artemis-Edinter, 1994), Premio Ismaelillo en 1984.

Sergio Andricaín publicó una antología de poesía cubana para niños: Sobre una nube, un lucero (Sub-secretaría de Educación, Cultura y Deporte del Ecuador, 1994).   Alberto Serret dio a conocer en Colombia La leyenda de la cierva plateada y otras leyendas (Magisterio, 1998), y en Ecuador, La leyenda de la X (La posada de Borges, 1999).   David Chericián publicó en México Uri, uri, urá (Libros del Rincón, 1994) y en Colombia, en 1997, Trabalenguas y Juguetes de palabras, ambos en Panamericana. Por su parte, en Venezuela salió País de dragones (Rondalera, 1993), de Daína Chaviano, Premio La Edad de Oro 1989.

Por su parte, Joel Franz Rosell, quien es el autor cubano residente en el extranjero más vinculado con la vida literaria del país, publicó en Brasil Era uma vez um jovem mago. (Editora Moderna, 1991), el que con algunos nuevos cuentos y esta vez con el título de  Los cuentos del mago y el mago del cuento, se editó posteriormente en España (Ediciones de la Torre, 1995), libro que en esa oportunidad mereciera en Cuba el Premio La Rosa Blanca. Se trata de relatos escritos desde un sentido poético del lenguaje y en los que, sobretodo en el cuento La casa que se hunde, hay una visión más cosmopolita, menos vinculada a la realidad cubana inmediata. A otro libro suyo publicado en España se le entregó la distinción La Rosa Blanca, se trata de Vuela, Ertico, vuela. (Ediciones SM. 1997).

De su autoría son también Para que se enteren de lo traviesa que es Porfiria Xenobia Marieka, la bruja de La Habana Vieja y Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes, ambos publicados en Cuba por Ediciones Capiro en 1999 y 1996, respectivamente; este último título fue publicado también en España (El Arca. Grupo Grijalbo Mondadori, 1996) y en Francia con el título de Les aventuriers du cerf-volant (Hachette, 1998) e integrada a la Selección The White Ravens de la Biblioteca Internacional de la Juventud.

Residente en el extranjero, donde ha seguido publicando, en España y Estados Unidos, Yanitzia Canetti se dio a conocer en Cuba con el libro de cuentos Secretos de palacio (Gente Nueva, 1994) libro que mereció premio La Rosa Blanca de ese año.

Como resultado de haber obtenidos premios en certámenes en el extranjero, tenemos El cerdito que amaba el ballet (Monte Ávila, 1997), de Chely Lima, Premio de Cuento Infantil Juan Rulfo del Concurso Iberoamericano de Radio Francia Internacional de 1997. Esta autora publicó también, en Colombia, El barrio de los elefantes (Colina, 1996), Premio 13 de Marzo de 1987; y en Ecuador La tarde que encontramos un hada (Libresa, 1996).

Ivette Vian obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuentos para Niños Cocorí convocado en Costa Rica en 1992 y producto de ello su cuento aparece, y motivó el título del libro que se editó con las obras finalistas: La luna en Las Quimbambas y otros cuentos para niños  (Dirección General de Cultura. Costa Rica, 1993), donde también se encuentran cuentos de Froilán Escobar y Chely Lima.

Finalistas del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma-Fundalectura en su primera edición en 1996 fueron Iliana Prieto y Luis Cabrera Delgado, por lo que al año siguiente salieron en Colombia sus libros publicados por Norma: La princesa del retrato y el dragón-rey y Catalina la maga, respectivamente.

También del Premio Internacional de Literatura Infantil Julio C. Coba de 1999 resultó finalista Pedro Péglez González con su libro Guaminiquinaje, que fue publicado ese año en Ecuador por Libresa. La historia de este texto se ubica en una época prácticamente inexistente en nuestra literatura, la prehispánica, y desarrolla una trama de ficción que nos acerca ―y nos informa― a nuestras culturas aborígenes.

Eddy Díaz Souza ganó el Premio Fundarte de Literatura Infantil de 1993 con su libro Bernardino Soñador y la cafetera mágica (Fundarte, 1993).

Otros libros publicados en el extranjero fueron: Casuarino y el Libro encantado de los Chacaneques de Julia Calzadilla (Editorial Saeta, Colombia, 1999) y De cómo nacen los chiviríes, de Luis Caissés Sánchez, libro que había recibido el Premio La Edad de Oro de 1997 (Eguzki Argitaldaria, España, 1999).

La vertiginosa y profunda crisis económica que afectó a Cuba desde inicio de la década del 90, hizo que la producción de libros se viera tremendamente mermada; no obstante, la creación literaria para niños y jóvenes no se paralizó ni cesó su proceso de desarrollo estilístico y temático. Si por una parte las editoras nacionales y tradicionales que publicaban literatura infantil: Gente Nueva, Abril, Unión y Oriente redujeron al mínimo sus producciones, se crearon editoriales provinciales en varios sitios del país que vinieron a unirse  Ediciones Extramuros, de Ciudad de La Habana, fundada en 1976 (La cuerda del carrusel, 1991, de Menchi Nuñez Uncal, libro Premio Luis Rogelio Noguera de 1989), y comenzaron a publicar literatura de la serie infanto juvenil en plaquette de los más diferentes materiales y formatos, plegables y folletos rústicos de reducida circulación.

Si bien esta medida paliativa ayudó a mantener, de alguna manera, la vida editorial del país, tuvo un efecto nocivo, y fue la posibilidad que le dio a un grupo de creadores hasta ese momento desconocidos de editar obras inmaduras, imperfectas o equivocadas. Abundan los ejemplos, por todo el país, de publicaciones, no sólo bastas y feas, sino también de mala calidad literaria.

Entre las editoriales provinciales, sobresalieron desde primer momento Capiro, de Villa Clara, y Ediciones Holguín, ya existente desde 1986. La primera, además de los libros ya mencionados, publicó en el periodo los libros de poesía Ocurrencias (1991), de Emma Artiles, Paisajes y leyendas (1991), de Jorge A. Hernández y Dice la calabaza (1998), de Rogelio Cárdenas, además de otros títulos de narrativa de Luis Cabrera Delgado: Mis dos abuelos (1992) y Los calamitosos (1993).

El Premio de la Ciudad en literatura infantil fue el principal gestor de la serie para la publicación de Ediciones Holguín, aunque este se convocó por última vez en 1993. En 1990 publicó el premio correspondiente al año anterior: Acuarelas, un poemario de Alberto Lauro Pino; en 1991, el premio de ese año: Cuentos nuevos que parecen antiguos, de Luis Caissés Sánchez, libro que el jurado seleccionó “por su riqueza fabulativa, la sostenida calidad de estilo y su logrado manejo de las alegorías” y que son un conjunto de narraciones que, inspirándose en el hálito de las viejas historias populares, recrea certeramente personajes y situaciones, a las que el autor les insufla una renovadora vitalidad; ese año también se otorgó un premio de poesía y le correspondió a Arsenio Valdés Bruceta por su libro Una historia para contar, que fue publicado el propio 1991, año prolijo pues también salió por este sello editorial la antología Rodas de la bahía, libro que tiene la característica de reunir cuentos, poemas y un texto dramático de cinco autores giabareños. Y por último, de los libros no mencionados anteriormente. Ediciones Holguín publicó en 1992 el Premio de Poesía de ese año: Cofre de estrellas, de Quintín Ochoa. En 1994 entró en lo que la investigadora Ana María Ossorio[7] llama “etapa del silencio”, pues durante el resto del periodo, no volvió a publicar libros de la serie.

Otras editoriales provinciales fueron creadas en esa época fueron: Luminaria, de Santi Spíritus (Las fuerzas telúricas, 1991, de Julio M. Llanes); Sanlope, de Las Tunas (Abracadabra y el abuelo, 1991, de Lesbia de Fe Dotres);; Ediciones Matanzas y Vigía (Los sueños, 1994), cuentos de Aramís Quintero, y Lobito y su conciencia, 1996, teatro de Rolando Arencibia Hernández, respectivamente), ambas de Matanzas; Ediciones Bayamo, de Bayamo (Mariposa, 1991, de Xiomara Silva Duque); Ediciones Hermanos Loynaz, de Pinar del Río (Silbar el alba, 1992, de Alberto Peraza Ceballo); Casa del Escritor Habanero, de Provincia La Habana (Gente buena y verde, 1993, de Ricardo Ortega, texto Premio Literario de La Habana en 1991 y que aborda el tema de la ecología); Ediciones Mecenas, de Cienfuegos (Cuatro compinches de Paran Pampón, 1993, selección de poesía de cuatro autores: Lourdes Díaz Canto, Adelina Toledo, Rogelio Leal y Juan A. Alfonso Roque); y más tardíamente Ediciones Ácana, de Camagüey (Cuentos patatos, 1994, de Nuirki Pérez).

Otros proyectos municipales o de instituciones surgieron, pero casi todos de vida efímera; por los títulos publicados vale mencionar a Ediciones Meñique de la Biblioteca Martí de Santa Clara (El coche de nube, 1991, un poemario de Rogelia Cárdenas, en una edición pintada a mano), al Taller Experimental de Gráfica de La Habana (El hada, la lechuza y la gata del niño triste, 1991, cuento de Enrique Pérez Díaz, en un plegable ilustrado por Enrique Martínez), Papeles de la Rosa Blanca, editorial de la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC (Princesa, 1991, de Iliana Prieto) y a Cuadernos de la loma, de Manicaragua, (Esperancita, 1999, un cuento de Alfredo Delgado).

Capítulo aparte merece la editorial San Luis con sus colecciones Operación juguete y Síguenos, la que durante varios de los años del periodo estuvo publicando plegables y minilibros con cuentos de corte dedectivesco o no, pero en los que los héroes o protagonista fueran miembros del Ministerio del Interior (oficiales, policías o bomberos); en este proyecto publicaron muchos de los más importantes escritores de la época, y entre los títulos y autores podemos mencionar a: Perfume de violetas, (1990), de Olga Marta Pérez; La noche del jíbaro, (1993) de Omar Felipe Mauri; La perla azul, (1991), de Enrique Pérez Díaz; El misterioso caso de los maravillosos cascos de doña Cuca Bergantes (1992), de Excilia Saldaña; El caso de la voz ronquísima (1992), de Emilia Gallego; y El anillo de la condesa.

Si, al final, y a manera de conclusión, tuviera que definir en pocas palabras lo que ha sido la literatura infanto juvenil cubana del periodo finisecular del XX diría que es la época de la tenaz persistencia creativa y variedad temática y formal.

El alba del nuevo siglo trajo otras condiciones económicas para el país, y otra será la historia de la literatura para niños y jóvenes en Cuba.



[1] La doble vida de la literatura infantil (sin página), Alacena Primavera Verano 1966. SM. Madrid

[2] La isla de los niños. Ensayos de literatura infantil cubana. Editorial Oriente. Santiago de Cuba. 2002

[3] Una aproximación a la métrica de la poesía infantil cubana en los años 70 y 80, en Encuentro de Crítica e Investigación de la literatura infantil. Selección de textos. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 1993

[4] Misteriosa lealtad: la obra de Excilia Saldaña, en Las claves de la ternura. Selección de textos (III). Encuentros de Crítica e Investigación de la Literatura Infantil Sancti Spíritus. Selección, prólogo y notas bibliográficas de Julio M. Llanes. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 2003.

[5] Dra. Elena Palmero González. María Viriginia está de vacaciones o el elogio de la escritura. La literatura infantil cubana ante el espejo. Ediciones Luminaria. Sancti Spíritus. 1998.

[6] Ito; el “raro” en la literatura infantil cubana. Revista Encuentro de la cultura cubana 41/42, verano/otoño de 2006. Madrid

[7] Panorama de la literatura infantil cubana escrita y publicada en Holguín en el período 1989-1999. Inédito.

 

 

MADERAMEN estrena La repetición

Posted in De Teatro by Eddy D. Souza on 09/06/2008

GOOGLE Chrome

Posted in Tecnología by Eddy D. Souza on 09/03/2008

Ante la inminente salida de Chrome, el navegador web que se estrena hoy (09/03/2008) en versión beta, ya se abren debates en los blogs dedicados al tema de las Tecnologías de Información y Comunicación, acerca del posicionamiento de Google en el mercado, las ventajas y desventajas de un nuevo navegador, y la competencia que se establecerá entre los ya existentes Internet Explorer, Mozilla Firefox, Opera, entre otros.

El navegador de Google, de código abierto, añade versiones para los sistemas operativos Linux y Mac. Se plantea, además, que una de sus ventajas consiste en la posibilidad de visualizar en diferentes pestañas, con carácter independiente, lo cual permitiría que si una de ellas colpasa, no se afecten las restantes.

Este es sólo el principio. En el siguiente vídeo, encontrarán algunas características del funcionamiento del Google Chrome. Amanecerá y veremos.

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