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Zulema Cruz, Denise Sánchez, Alexander Otaola y Roxana Montenegro. Foto: Lía.

Baltasar Santiago Martin.
Fundación APOGEO.
Especial para Artefactus l 1/16/2011.

Para poder entender mejor y disfrutar a cabalidad una obra de Virgilio Piñera bajo la etiqueta de teatro del absurdo del que el autor cardenense fue precursor en Cuba –hay quienes argumentan que hasta primero que Ionescu, su precursor “oficial” a nivel mundial con La soprano calva– ayuda mucho que el espectador conozca un poco sobre el autor y su vida, porque el llamado “teatro del absurdo” es un plato bastante difícil de digerir para las personas que solamente están acostumbradas a ver filmes de Hollywood y telenovelas latinoamericanas.

Virgilio, como todos los grandes creadores e innovadores, fue también un hombre “diferente”, que desde niño se percató de que no formaba parte del “rebaño”; “un hombre muy irónico, cuya ironía tenía una agudeza y una maestría incomparable, y que de pronto podía ser tan ingenuo como un niño”, según el testimonio del actor cubano Adolfo Llauradó, ya fallecido.

Recién llegado de la Argentina, donde estuvo viviendo en tres ocasiones antes de 1959 –prueba de que ser homosexual no era un estigma en la cultura cubana precastrista– Virgilio le declaró al periodista Ernesto Padura, del periódico habanero El Mundo: “Hay una sola palabra para situar el tono de la vida cubana de hoy: el disparate. Ello se advierte en lo político, lo social, lo económico, aun en la simple relación entre las personas domina el absurdo (…) Tal parece que todos se hubieran propuesto este esquema enrevesado de razonar: ¿se levanta usted temprano? Respuesta: mi tía se llama Cacha”.

Esta gran inconformidad suya con el absurdo que según él predominaba en la vida nacional cubana antes de 1959 –el remedio resultó ser muchísimo peor que la enfermedad, algo reconocido hasta por el propio Virgilio, ya curado de su “efusividad” revolucionaria después de ser marginado por su homosexualidad–, unida a su lúcida percepción de que “de un escritor, de un pintor, de un poeta, de un músico, se hablaba siempre, en el mejor de los casos, conmiserativamente, cuando no en son de abierta burla (…) como si se tratara de un bicho raro”, lo llevaron a reflejar en sus cuentos y en su teatro ese absurdo que repelía, pero que a la vez, sublimado por su talento, le sirvió para poner en escena ese subyacente drama nacional, ridiculizándolo con su fina y demoledora ironía, cual si el drama de la accidentada fábrica de vinagre de su padre le hubiera impregnado el alma con el agrio producto, todo lo cual le valió en no pocas ocasiones el calificativo de “loco”.

A pesar de lo “difícil” de su teatro y de sus cuentos, sus obras se representaron y publicaron en La Habana antes de 1959, y de febrero de 1946 a diciembre de 1947 fue becario de la Comisión Nacional de Cultura de Buenos Aires; de abril de 1950 a 1954 –en pleno mandato de Perón (1946-1955)– fue “empleado administrativo” del consulado cubano en la capital argentina, y de enero de 1955 a noviembre de 1958, corresponsal de la revista cubana Ciclón, dirigida por José Rodríguez Feo; etapa en que Jorge Luis Borges –otro “loco difícil” como él– incluyó su cuento En el insomnio en la antología Cuentos breves y extraordinarios (1955).

Como dato interesante, Virgilio publicó en 1942 su cuento El conflicto, sobre el poder de la mente que quiere “detener el suceso en su punto de máxima saturación”, y Borges en 1943 El milagro secreto, con temática parecida, prueba ello de la existencia en ambos de la misma necesidad estilística de provocar a la sociedad con sus textos deliberadamente absurdos e ilógicos.

Y esa es precisamente la calificación que le viene primero a la mente al espectador profano y/o analfabeto de Virgilio y de Borges cuando ve Siempre se olvida algo, la obra escogida por el director teatral Yoshvani Medina para la clausura, en la sala de su grupo ArtSpoken, del evento internacional “Teoría y práctica del teatro cubano del exilio”, que por el centenario del autor de Electra Garrigó organizó el Instituto Cultural René Ariza del 12 al 15 de enero del 2012 en la Universidad de Miami.

Esbozados a grandes rasgos el autor y su vida para poder entender mejor la obra, toca ahora hacerle la “biopsia” al director de la puesta, el inteligente y osado dramaturgo cubano-miamense Yoshvani Medina, que ha montado una obra sobre el olvido para paradójicamente marcarnos la memoria, tanto por la trascendencia del autor como por la frescura y la agilidad de su montaje, que de seguro hubiera complacido a Virgilio, hombre metódico a pesar de sus “locuras” argumentales.

Si algo caracteriza el trabajo como director de Yoshvani es lo meticuloso de sus montajes, y Siempre se olvida algo no es la excepción, así como su empeño de atraer a artistas de la televisión para que demuestren su clase sobre las tablas de ArtSpoken, empeño que no se ha quedado sólo en conseguirlo, sino que se ha visto coronado por el gran éxito de los que han aceptado el reto yoshviviano.

Alexander Otaola como “Lina”, Denise Sánchez como “Chacha”, Zulema Cruz como “la señora Camacho”, Roxana Montenegro como “Tota”, y Joel Rod como “el hombre que se refugia semidesnudo en casa de Lina cuando huye del marido de una amante”, se calzaron como guantes sus exigentes personajes, memorizaron sus largos parlamentos, y los actuaron con el tono de farsa perfecto que los mismos requieren en una obra de este tipo, que por absurda resulta inevitablemente risible si cae en las manos, las piernas, el cuerpo, la mente y el corazón de excelentes comediantes como ellos, bajo la feliz batuta de Yoshvani, quien tuvo en George Riverón, una vez más, a un director de arte diligente y preciso.

Un solo detalle a criticar: “Lina” no debe levantarse el vestido varias veces como lo hace, porque absurdo no quiere decir vulgar en el lenguaje virgiliano.

Por lo demás, creo que ArtSpoken se ha anotado otro tanto en su ambiciosa misión de que el teatro siga de parranda en Miami, con un grato recuerdo en la memoria de sus espectadores, para que, aunque “siempre se les olvide algo”, no sea regresar al teatro.

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