ARTEFACTUS Magazine

El sufrido VIAJANTE de Arthur Miller

Posted in Opinión by Eddy D. Souza on 02/24/2012

Raúl de Cárdenas
Especial para Artefactus l 02/24/2012*

En el primer acto de “La muerte de un viajante”, Linda, la esposa de Willy Loman, el personaje central en este famoso drama de Arthur Miller, dice que su marido es un hombre al que se le merece prestar atención como a cualquier otro ser humano, y al que, a la hora de su muerte, no es justo que se le entierre como a un perro sarnoso.

Muchos se han preguntado, y posiblemente continúan preguntándose, si es cierto que debemos interesarnos por ese hombre que es Willy Loman, una figura patética que ha llegado a representar las nefastas consecuencias del capitalismo como sistema económico y social, según esa cansada izquierda de intelectuales y sociólogos que aun se empeña en apoyar a los dos mayores fracasos del comunismo, Cuba y Corea del Norte. Desde su estreno en 1949, aunque las intenciones políticas e ideológicas de Arthur Miller fueron muy diferentes, lo cierto es que el verdadero corazón emocional de este drama debió centrarse en la pregunta si la vida de este hombre reúne los elementos de dignidad, coraje y decencia que la hagan meritoria de que se le preste atención.

“La muerte de un viajante” cuenta la historia de un pobre diablo, Willy Loman, que nunca ha tenido suerte en su trabajo como vendedor. Para poder lidiar con sus constantes fracasos, se refugia en su pasado y comienza a perder contacto con la realidad. Trata de revivir los buenos tiempos, pero siempre se tropieza con todo lo que le salió mal. Su familia intenta ayudarlo, mintiéndole sobre las posibilidades de un futuro mejor, pero cuando pierde el empleo, después de toda una vida de trabajo en la misma empresa, se desespera. Su depresión aumenta en la culpabilidad que siente por haberle sido infiel a su esposa y en el distanciamiento de su hijo Biff. En vez de aceptar, filosóficamente, que su vida no fue como él se la había imaginado, Willy Loman decide suicidarse con la esperanza que su seguro de vida ayude a su familia.

La cuestión en este caso no es si la vida, pasión y muerte de un viajante puede ser trágica o no, porque, en manos de un artesano dramático, si lo puede ser. Ni siquiera es importante que sea un gran hombre, pero síi que sea un buen hombre, que es muy diferente. El problema está en que los defensores de esta pieza pretenden infudirla con el aura de una tragedia moralizante cuando en realidad Willy Loman no fue un hombre con muchas cualidades. Como vendedor no hubiera podido vender tacos en una calle de Tijuana; como marido engañó a su mujer; como padre dejó mucho que desear, virtualmente ignorando al segundo de sus hijos y excusando la conducta del mayor; y para sus amigos y vecinos era un verdadero H.P. si se me permite utilizar esas dos iniciales tan descriptivas para cualquier cubano. Sin embargo, la primera vez que vi esta obra yo tenía 13 o 14 años cuando se estrenó en La Habana la excelente versión cinematográfica, dirigida por Elia Kazan que me conmovió profundamente. Poco sabía yo entonces de política y economía, y me fue imposible permanecer indiferente frente a aquella triste y desconsoladora historia. Solo el transcurso del tiempo me permitió descubrir la magistral manipulación del público por este dramaturgo que pretendía contar la historia de un hombre común. Es por eso que ahora, cuando continúan las alabanzas y las flores, se me hace tan difícil aceptar a un personaje tan falso, tan ridículo, tan pretencioso, como este supuesto héroe – o víctima – de Arthur Miller, y no puedo encontrar esa calidad humana que me hubiera hecho lamentar el último adiós de Willy Loman y que muchos intentan darle.

En una entrevista de John H. Richardson para la Revista Esquire que fue publicada en la edición del mes de julio de 2003, el dramaturgo norteamericano dijo, refiriéndose a sus habilidades y talento para escribir teatro, que en su juventud había conocido a escritores de su edad que no querían aceptar que las obras que ellos habían escrito no eran buenas, y que él había decidido hacer las cosas como había que hacerlas o dejaba de escribir porque no estaba dispuesto a pasarse el resto de su vida siendo un necio. Eso es algo que el dramaturgo nunca le permitió a Willy Loman, que a lo mejor debió haber ido por otro camino en busca de otros horizontes como albañil, carpintero o pintor de brocha gorda.

Sin lugar a dudas, uno de los más serios e importantes dramaturgos norteamericanos del siglo XX, Arthur Miller falleció en su residencia [febrero 10, 2005], en el pintoresco pueblito de Roxbury, en el estado de Connecticut, a la edad de 89 años. Su teatro, que le trajo fama, gloria y fortuna, incluyendo, entre otros galardones, un premio Pulitzer, fue traducido a varios idiomas, adaptado al cine y la televisión, y representado en muchos países, incluyendo la China de Mao Tse Tung y la Cuba de Fidel Castro. Decano de la dramaturgia norteamericana, preocupado por temas políticos y sociales, influenciado por la vertiente socialista norteamericana, Arthur Miller contribuyó, con Tennessee Williams y Eugene O’Neill, a transformar el teatro de Broadway y ayudó a elevar el drama en los Estados Unidos a niveles de gran respetabilidad, especialmente con obras como “Las brujas de Salem”, “Todos son mis hijos”, “Panorama desde el puente” y “Recuerdos de dos lunes”. Al morir, era considerado como uno de los dramaturgos más ricos de los Estados Unidos. De “La muerte de un viajante”, solamente, se han vendido hasta la fecha más de 11 millones de ejemplares, lo que seguramente le hubiera causado una gran envidia a Willy Loman que no podía vender un tornillo.

Brian Dennehy y Elizabeth Franz en ‘La muerte de un viajante’, producción en Broadway. Eric Y Exit / AP Photo.

Pero Arthur Miller, a pesar de su cuantiosa fortuna, de sus jugosos contratos en Hollywood, de su matrimonio con una de las más glamorosas estrellas del cine, Marilyn Monroe, para la que escribió el film “The Misfits”, insistió en convertir y manipular a Willy Loman en una víctima del capitalismo. Hizo que su personaje se tragara el anzuelo del “American Dream” y permitió que lo destruyera, después de toda una vida de vagar por el sistema. Lo hizo desechable, como un paquete de “Pampers”, cuando ya no era productivo. El problema con todo esto es que Willy Loman, que en realidad era el necio que Arthur Miller nunca fue, jamás supo comprender la promesa del sueño norteamericano. Willy no fue un buen vendedor. Si lo hubiese sido entonces la tragedia de Arthur Miller hubiese sido real. El se figuraba que la receta del éxito era impresionar y ser simpático, aunque era más pesado que una bola de plomo. Lo único que sabía hacer era dar palmaditas en la espalda, hacerse el chistoso y pretender lo que no era. Quizás uno no pueda esperar de un intelectual bohemio, de esos que andan por las calles con el pelo largo, un saco raído, una bolsita de marihuana en el bolsillo y una maleta llena de ensayos y poemas, tener un verdadero conocimiento de la economía, pero Miller sabía más que eso, supo vender y promocionar sus obras y ganar mucho dinero, aunque en el caso de “La muerte de un viajante” lo único que hizo, convenientemente, fue reducir al capitalismo como si fuera una enfermedad venérea que todo lo destruye si no se trata a tiempo con la penicilina del socialismo. Algo así como haz lo que yo digo pero no lo que yo hago.

El genio del capitalismo, con todos sus defectos, errores e imperfecciones, es que si uno está capacitado, las probabilidades de triunfo son mucho mejores que en cualquier otro sistema, si no, que le pregunten a los miles y miles de inmigrantes que han triunfado en este país, que han llegado sin un centavo, sin hablar el idioma, y que han logrado convertirtse en ejecutivos de empresas tan poderosas como “Coca Cola” y la de los cereales “Kellogg’s”. El drama de Willy Loman no es el abuso del hombre por el hombre, como diría Fidel Castro, sino las consecuencias de su estupidez. Por más de cuatro décadas ha permanecido en el nivel más bajo de la escalera corporativa por una sola razón: se le ha juzgado y evaluado como incompetente mucho antes de que su edad lo hiciera darse de narices contra la pared. Este es un hombre que quizás debió haber sido maestro de educación física o instructor de deportes, pero nunca un negociante. Durante todo este tiempo se ha enganado a sí mismo ignorando sus limitaciones.

Quizás sería más instructivo comparar a Willy Loman con Tony Kirby, el personaje central de la simpatiquísima comedia de George S. Kaufman y Moss Hart, “You Can’t Take It With You”, escrita once años antes del estreno de “La muerte de un viajante”, y que fuese adaptada para el cine, dirigida por Frank Capra e interpretada por el popular actor James Stewart. En esta pieza, Tony, el hijo de un magnate de Wall Street se enamora de Alice, la secretaria de su padre, miembro de una familia de excéntricos y bohemios que no cree en el dinero, ni en la bolsa de valores, los intereses bancarios o los impuestos. La comedia es como un circo donde los payasos son los genios y los domadores de leones, los mentecatos; un tributo a todos aquellos idealistas inconformes de vivir en un mundo donde se le presta tanta atención al poder y al dinero. La moraleja de la historia, sin embargo, es muy seria: debemos tener la valentía de hacer lo que queramos hacer con nuestras vidas, porque al fin, como dice el simpático y sencillo abuelo, uno puede tener todo el dinero del mundo, pero nadie se lo puede llevar cuando le llega la hora de entrar en el hoyo. La obra no critica al sistema económico de los Estados Unidos, sino la falta de sensatez para poder disfrutar de la vida, con o sin dinero. En ningún momento la obra implica que el mundo de Wall Street es la monstruosidad que devora a Willy Loman, sino que debemos aprender a hacer nuestras vidas más placenteras, trabajando para vivir y no viviendo para trabajar.

“La muerte de un viajante”, con perdón de todos sus admiradores, es en realidad una reliquia de ese corto e infeliz periodo en la vida de los Estados Unidos, en las décadas del 30 y el 40, cuando los intelectuales norteamericanos eran seducidos por el marxismo, el socialismo y el comunismo como solución a todos los problemas imperantes. Es una pieza extremadamente doctrinaria en sus conceptos sobre la democracia y el capitalismo para que pueda aun decir algo que resuene hoy con cierta validez después del aparatoso fracaso de la Unión Soviética y las miserables condiciones de vida en Cuba y Corea del Norte. Lo irónico de todo esto es que para algunos hoy en día esta obra todavía es la biblia de todo lo que es cruel e inhumano en la sociedad capitalista mientras que, como Arthur Miller, continúan gozando de todos los beneficios del mismo sistema económico.

* N.E.: Este texto fue escrito por Raúl de Cárdenas en el 2005, a raíz de la muerte del dramaturgo Arthur Miller.

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