Leer TEATRO
Aroa Morales.
El Mundo.es l 12/18/2011.
Adentrarse en la lectura del género teatral no es fácil. Ya lo dicen desde la librería Yorick, especializada en artes escénicas: “el libro de teatro no es de fácil acceso, no se refleja en los medios pero, sin embargo, hay gente que estudia, lee o enseña teatro”.
En esta librería de Madrid, en la que se pueden encontrar más de 2.500 títulos de unas 300 editoriales, consideran que “es difícil que un dramaturgo se haga famoso hoy en día”, ya que, “aunque hay muchos, pocos son los que pueden vivir de su escritura”. En lo que se refiere a títulos, afirman que “se venden más obras de autores contemporáneos que clásicos” aunque esto “va por épocas”. Pero, ¿existe el libro de teatro más vendido? “No hay ninguno en especial, sería injusto decir un título y no otro. En el teatro no hay ‘best-seller’”, sentencian.
¿Hay diferencia entre leer teatro y leer otros géneros?
Las diferencias entre leer teatro y otros tipos de géneros parecen evidentes pero ¿qué piensan de esto los profesionales del sector? Por su parte, David Fraile -Gerente de la Sala Cuarta Pared y coordinador de su escuela-, cree que “otro tipo de literatura satisface más directamente el tiempo de ocio, es más intrigante… mientras que el teatro contemporáneo va más a descubrir qué hay detrás de los personajes, indaga más en la conducta”.
Melanie Pindado -directora de la Sala Triángulo- considera que “no hay tanta diferencia entre leer teatro o leer novelas”, aunque, “como aficionada al género, cuando leo teatro me imagino la escena en un espacio escénico, o incluso en el patio de butacas, en vez de en uno físico como me pasa con la novela”.
¿Qué libros recomendarías para leer teatro?
Para David Fraile sería “muy bueno que alguien que se inicia en la lectura de teatro esté guiado, ya que por lo menos tiene que saber que éste no responde a una estructura narrativa”. Al mismo tiempo, considera que “esa persona debe saber que el teatro no tiene porqué ver con la imagen clásica, a lo mejor puede encontrar algo que conecte más con la realidad social”. Para él, tres buenos títulos serían ‘Terror y miseria en el Primer Franquismo’, de José Sanchís Sinisterra; ‘Terror y miseria en el Tercer Reich’ de Bertolt Brecht y ‘Las manos: Trilogía de la juventud’, de J.R Fernández, Javier G. Yagüe y Yolanda Pallín.
Por su parte, Melanie Pindado cree que un clásico sería lo mejor: “tal vez ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, por su sentido filosófico, su carga, el no saber distinguir lo que es realidad de lo que no… aunque ahora que lo pienso no sé, quizá no sería el más apropiado”, ríe.
¿Un título imprescindible?
“Es muy difícil escoger, pero me quedo con Brecht y su ‘Terror y miseria’, es un libro muy importante”, comenta Fraile.
“Es imposible elegir y más desde mi posición, tengo que defender la dramaturgia contemporánea”, afirma Pindado. “Creo que es muy defendible leer el teatro que están haciendo ahora nuevos autores como J.R. Fernández, Mayorga, Angélica Liddell, Sanzol…”
¿Qué autores y obras están cosechando éxito actualmente?
Melanie Pindado lo tiene claro, “creo que los espectáculos que han hecho dramaturgia de vivencia en primera persona están muy en auge. Se demanda bastante porque el público se identifica con ellos. Un buen ejemplo es ‘Protagonizo’, de Ester Bellver, porque es sincera y está escrita desde el yo. Se podría decir que este tipo de obras dan respuesta a preguntas propias, aunque las respondan otros”.
“Afortunadamente hay autores y directores modernos y contemporáneos que están teniendo mucho éxito”, comenta David Fraile. “Alfredo Sanzol, Andrés Lima con su grupo Animalario, J.G. Yagüe, Rodrigo García, Angélica Liddell… hay mucha gente con éxito en cartelera en lo que se refiere al teatro contemporáneo. En lo que se refiere al clásico, nunca faltan Arthur Miller o Tennessee Williams en la programación”.
Elogio de la LECTURA y la ficción
TEXTO DE REFERENCIA: La semana sueca del premio Nobel
- El autor de La ciudad y los perros, durante su discurso.- REUTERS
Por Mario Vargas Llosa
Fuente: El País
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
El intenso presente del LIBRO FUTURO
Les recomiendo la lectura de este artículo El intenso presente del libro futuro, que aborda gratamente el tema del libro electrónico y los actores del momento, como Amazon, Barnes & Noble y Sony, entre otros que se han lanzado igualmente a esta «batalla» por imponer tecnologías y conquistar el mercado de lectores. Me animan, asimismo, los números que registran un alza para el renglón del libro electrónico en Estados Unidos.
EL INTENSO PRESENTE DEL LIBRO FUTURO
Los aspirantes a reinar en el mercado del ‘e-book’ amplían y diversifican iniciativas
Por: Bárbara Celis
Fuente: El País
Publicado: Nueva York – 02/09/2009
El futuro del e-book se escribe día a día con apasionantes giros narrativos y múltiples protagonistas que contribuyen a modelar el cambiante presente de lo que, algún día, acabará siendo el negocio del libro electrónico del siglo XXI y venideros. La carrera hacia la mayor tajada del mercado del libro digital está al rojo vivo… y el favorito sigue siendo una incógnita.
Hace apenas un mes Barnes and Noble, la mayor librería del planeta, irrumpía en el mundo del libro electrónico con un catálogo de 700.000 títulos, frente a los 345.000 que ofrece Amazon, la empresa que de momento lidera el sector. Su oferta, a primera vista, era más que jugosa, aunque muchos de sus libros no sean precisamente nuevos. Pero se pueden leer directamente en el ordenador, un gran paso para todo lector que carezca de un Kindle, el lector portátil al que están conectados los que vende Amazon.
Además, toda la oferta de Barnes and Noble es compatible entre diferentes ingenios tecnológicos enemigos entre sí: iPhone y Blackberry, ordenadores Mac y PC. Eso sí, también se han encargado de tener su propio lector, el Plastic Logic eReader, aparato que lleva una década en la incubadora, que no se venderá hasta el año próximo y con el que esperan revolucionar el mercado.
Y es que una de las batallas decisivas en el mundo del e-book gira precisamente en torno a la compatibilidad entre los diferentes soportes portátiles. Sony, que como empresa discográfica perdió hace una década la batalla de la música digital frente a Apple, no quiere repetir su propio drama. Creadora del e-Reader, el competidor del Kindle, y propietaria de una librería digital cuyos títulos han estado encadenados hasta ahora a su propio lector, anunció la semana pasada su intención de abrazar el formato abierto Epub, el mismo que utiliza Barnes and Noble. Eso significa que su librería digital tendrá muchos más clientes potenciales, incluidos los usuarios de Mac, despreciados hasta ahora en favor de los propietarios de PC. No obstante, Sony seguirá manteniendo el DMR (protección anticopia), por lo que sus libros digitales no se podrán compartir. Lo mismo ocurre con los de Amazon, algo que ha generado gran frustración en la Free Software Foundation, que está embarcada en una campaña contra el software anticopia porque “es una amenaza contra el intercambio gratuito de ideas”.
El problema de la oferta también jugará un papel clave en cuanto a la consolidación de un mercado que ha incrementado su volumen de negocio en un 134% en apenas un año, según la Association of American Publi-shers. En junio, las ventas de libros digitales generaron 14 millones de dólares en Estados Unidos, la cifra más alta de su historia (apenas un 1% respecto al volumen total de ventas de libros pero sin duda significativa). Y otra nota a tener en cuenta: los tres libros más vendidos para el Kindle en julio fueron tres títulos que se ofrecían gratis, avalando así las teorías de Christopher Anderson, autor de Free, un polémico libro que defiende la necesidad de ofrecer productos gratuitos para impulsar el negocio de esos mismos productos.
Pero no sólo se trata de vender. En un mercado en el que todo es nuevo, hay quien está buscando alianzas y alternativas que puedan abarcar diferentes modelos de negocio. Sony acaba de asociarse con la firma de software Overdrive, encargada de digitalizar el contenido de la mayoría de las bibliotecas estadounidenses. El objetivo: que los usuarios de esos centros puedan tomar prestados los libros digitales de forma virtual y leerlos en su eReader.

Amazon ha firmado alianzas con seis universidades, entre ellas Princeton, para que la versión XL de su Kindle se utilice en pruebas entre sus alumnos desde el próximo otoño. La idea es, por un lado, poner a disposición de los alumnos todos los libros de texto que se utilizan en esos centros; y por otro, ahorrar papel y abrir el camino hacia una universidad más ecológica.
Además hay quien está experimentando con las posibilidades multimedia del libro digital. ¿Por qué limitarse a leerlo si también es posible escucharlo con una banda sonora a medida o leído por su autor? Así será The death of Bunny Munro, la nueva novela de Nick Cave, a la venta este mes en edición para iPhone, con la posibilidad de alternar entre la lectura o el audiolibro (la voz de Nick Cave es un aliciente) y con una banda sonora compuesta por el músico australiano. El mercado del libro electrónico en EE UU ha crecido un 134% en un año.
BUENOS AIRES: capital mundial del libro 2011
Fuente: UNESCO
París. Al término de la reunión celebrada el 12 de junio en la sede de la UNESCO por un comité de selección compuesto por representantes de las tres principales asociaciones profesionales internacionales del mundo del libro y de la UNESCO, Buenos Aires fue seleccionada para el 2011 como capital mundial del libro.
Fue elegida por la calidad y la variedad del programa propuesto y también por la estrategia general que éste implica. El jurado se congratuló también de la presencia de dos ciudades del África subsahariana (Lagos, en Nigeria, y Porto Novo, en Benin) entre las siete candidatas y expresó su deseo de que la literatura y la política editorial se refuercen en esta región.
Buenos Aires es la undécima ciudad designada Capital Mundial del Libro, después de Madrid (2001), Alejandría (2002), Nueva Delhi (2003), Amberes (2004), Montreal (2005), Turín (2006), Bogotá (2007), Amsterdam (2008), Beirut (2009) y Liubliana (2010).
Todos los años, la UNESCO y las tres principales organizaciones profesionales internacionales del sector del libro y la edición –la Unión Internacional de Editores (UIE), la Federación Internacional de Libreros (FIL) y la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA)– designan conjuntamente una ciudad para que desempeñe la función de Capital Mundial del Libro a partir siempre del 23 de abril de cada año.
Esta iniciativa muestra la colaboración entre los principales organismos relacionados con el libro y al mismo tiempo, el compromiso de las ciudades en la promoción del libro y la lectura. Este año el comité de selección estuvo integrado por Jens Bammel, representante de la Unión Internacional de Editores (UIE), Françoise Dubruille, representante de la Federación Internacional de Libreros (FIL) y Jennefer Nicholson, representante de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA).
“Esta selección significa que durante un año el mundo literario y vinculado con el libro va a mirar a Buenos Aires. Las ciudades en que esto ya sucedió se posicionan internacionalmente. Es un salto cualitativo para la industria editorial”, afirmó el ministro de Cultura de la ciudad, Hernán Lombardi, quien motorizó la iniciativa.
Para la UNESCO, el año en que la Capital del libro corresponderá a Buenos Aires se extenderá del 23 de abril de 2011 al 22 de abril de 2012, el Día Mundial del Libro y el del Derecho de Autor, respectivamente.
I JORNADA de Debate de Políticas acerca del Libro y la Lectura
Biblioteca Nacional de Argentina – 7 de julio
Actividad gratuita (con inscripción previa)
Organiza Revista Cultura LIJ
Destinatarios: docentes de todos los niveles, bibliotecarios, especialistas, editores, funcionarios, sociólogos, estudiantes.
Este encuentro busca abrir el diálogo sobre las políticas que definen el área del Libro y la Lectura en la Argentina y el Latinoamérica. Una ocasión en la que se presentarán ideas y acciones, donde se dará un diálogo para repensar el camino andado y generar nuevas acciones.
El objetivo principal de este encuentro es propiciar la la toma de conciencia de las áreas que necesitan atención primordial, así como buscar un mejor diagnóstico que permita articular políticas más efectivas.
9.30. – Acreditaciones
9.50. – Bienvenida
10 a 12hs – Políticas para la democratización del acceso al libro
- Esteban Gutierrez (CONABIP)
- Mariana Schmukliar (Escuelas Lectoras)
- Daniela Allerbon (Secretaría de Cultura)
12.30 a 14.30 hs – Políticas de promoción de la lectura
- Sandra Comino (especialista en LIJ)
- Melina Curia (CONABIP)
- Graciela Bialet y Alicia Dieguez (Plan de Lectura)
15.15 a 17 hs – Políticas y producción editorial
-Sebastián Noejovich (Opción Libros, Industrias Culturales)
-Daniel Divinsky (Editorial De la Flor)
-Especialista a confirmar
Participarán a la distancia: Maili Ow (Chile) y Emilia Gallego (IBBY de Cuba).
Para inscribirse enviar un email a culturalij@editoriallabohemia.com
Auspicia: Editorial La Bohemia.
Visite también el blog de esta Editorial.
100 LIBROS esenciales de la “revolución”
Por Yolanda Valery
BBC Mundo, Venezuela
Fuente: BBC Mundo
Por las calles del centro de Caracas, frente al edificio de la antigua Biblioteca Nacional, un vendedor ambulante pregona con su cántico cansado: “Lleeeeve Las venas abiertas… mire la nuuuuueva Ley del Trabajo“.
Un poco más abajo, un anciano que parece que echó raíces bajo la loza de mármol de las llamadas Torres de El Silencio duerme apoyado sobre una torre, pero de libros desgastados que presuntamente trata de vender. Tiene de todo, desde La cocina mediterránea hasta el Álgebra de Baldor.
Media cuadra más adelante, un joven que atiende un improvisado puesto de llamadas por teléfono celular parece que hizo negocio con el “buhonero” de la Biblioteca.
Está embebido en la lectura de Las venas abiertas de América Latina, el trabajo del uruguayo Eduardo Galeano que se convirtió recientemente en un bestseller, después de que el presidente Hugo Chávez se lo regalara a su par estadounidense, Barack Obama.
Ni la Cocina, el Álgebra, ni tampoco Las venas…” forman parte de los 100 libros esenciales que el gobierno del presidente Hugo Chávez aspira poner en manos del buhonero, el anciano, el centralista telefónico y millones de otros venezolanos, a través del llamado Plan Revolucionario de Lectura (PRL), lanzado en abril de este año.
Che, comandante del alba, El terrorismo de Estado en Colombia, Dictadura mediática en Venezuela, Cuarenta y cinco poemas de Rubén Darío, Doña Bárbara y Manual práctico para las víctimas de la violencia intrafamiliar contra la mujer, son algunos de los cien títulos que conforman la primera etapa de este plan.
Pero el proyecto es polémico. Escritores y otras figuras de renombre en la cultura nacional, como la ex directora de la Biblioteca Nacional, Virginia Urdaneta, o el ex presidente del Consejo de la Cultura, Oscar Zambrano, lo han criticado por considerar que intenta ponerle “gríngolas” (anteojeras) al pensamiento, a través de libros que se identifican con una sola ideología.
BBC Mundo tuvo acceso a la “Primera guía teórico-práctica” para promotores del plan de lectura, que contiene las líneas del plan y que aquí exponemos en breve para que usted se forme su propia opinión.
Por la calle de en medio
Lo primero que se hace de notar es que no hay, en el gobierno, la pretensión de negar el carácter ideológico del PRL.
La “guía teórico-práctica” explica que leer “es puntal en la construcción de los valores y los principios socialistas que permitirán a nuestro pueblo seguir en su lucha emancipadora”.
Sobre esta base, el PRL se propone estimular “la lectura cuyo contenido enriquezca el entendimiento de la condición humana, el conocimiento de la historia y la realidad social”.
Según se manifiesta en el manual, para el “proyecto revolucionario” es un “reto inaplazable” hacer de Venezuela un país de “lectores y lectoras”. ¿Cómo y de qué? Ahí está el detalle.
La unidad operativa del plan, a través de la cual se harán llegar los contenidos a las masas, es la “escuadra”. Se trata de grupos conformados por un mínimo de diez personas, reunidas en torno a intereses literarios comunes. El gobierno le dará apoyo y les proveerá los libros.
Inicialmente, un grupo de “formadores estadales” saldrá a identificar promotores de lectura, para liderar las escuadras. La búsqueda comenzará en los Consejos Comunales, órganos de participación popular impulsados por el actual gobierno.
Pero también el PRL planea crear escuadras en “empresas de producción socialista, escuelas y liceos bolivarianos, bibliotecas públicas y otros espacios colectivos”.
De la roja a la negra
El proyecto cuenta con que los grupos tendrán un efecto multiplicador, en tanto que de ellos surjan líderes que, a su vez, den origen a nuevos grupos.
Una vez que superan la etapa inicial de atracción y acercamiento, el Plan de Lectura prevé que las escuadras pasen por un proceso de evolución en cuatro etapas:
Escuadra roja o de autobiografía: que busca “motivar-enamorar a los participantes para que asuman una práctica lectora que favorezca la construcción de sujetos protagonistas de su propia existencia”.
Escuadra verde o de resimbolización: que se propone “aportar al desmontaje del imaginario capitalista a través de la lectura y discusión de textos sobre nuestros verdaderos símbolos”.
Escuadra naranja o de “pertenencia-pertinencia”: cuyo objetivo es “consolidar al lector como sujeto individual y colectivo del proyecto de construcción socialista y bolivariano”.
Escuadra negra o de “resistencia militante”: que intenta “compartir herramientas textuales para la resistencia cultural frente a la arremetida ideológica cultural del imperio”.
Para cada una de las etapas hay una lista de lecturas recomendadas, así como una serie de estrategias que incluyen lecturas dramatizadas, sugerencia de finales alternativos, análisis de proverbios y dichos, estudio de las leyes promulgadas en tiempos de Hugo Chávez y promoción de los valores de protección familiar y diversidad étnica y sexual.
Las escuadras también tendrán por tarea efectuar una lectura crítica de los periódicos, “descubridora de las estrategias y operaciones psicológicas que la gran prensa burguesa usa contra nuestro proceso revolucionario y nuestro comandante”.
El material saldrá de las editoriales del Estado. En la primera fase, las imprentas producirán 2.500.000 ejemplares, a razón de 25.000 copias de cada uno de los cien títulos que componen la “Colección Biblioteca Popular de los Consejos Comunales”.
Según han declarado portavoces del Consejo de la Cultura, las escuadras de lectura son prioritarias para el ministerio del ramo, así que se espera un impulso definitivo de este plan en los próximos meses.
LECTURAS SELECCIONADAS
27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias, de Reinaldo Iturriza
Comprender Venezuela, pensar democracia, de Carlos Fernández y Luis Alege
Discursos de Hugo Chávez, selección de Leonardo Ruiz
El imperio contractual, de Luis Britto
Francisco Wyutack, la revolución de la conciencia, de Luis Angulo
La cultura del petróleo, de Rodolfo Quintero
Manifiesto comunista, de Carlos Marx y Federico Engels
Teoría de la ideología, de Ludovico Silva
Bolívar y la guerra social, de Juan Bosh
Páginas escogidas, de Simón Bolívar
Con los pobres de la tierra, de José Martí
Historias del Paraíso I, develación y saqueo del Nuevo Mundo, de Gustavo Pereira
Lo geográfico, de Ramón Tovar
Visión de América, de Alejo Carpentier
Medios violentos, de Pascual Serrano y Santiago Alba
Antología poética de Andrés Bello
Ariel y Proteo selecto, de José Enrique Rodó
Días de espantos, cuentos fantásiticos venezolano del s. XIX, compilado por Carlos Sandoval
Las artes y los oficios, de Aníbal Nazoa
Osarios, desiertos y otros ángeles, de Alfredo Armas
Asambleas y reuniones, de Lorenzo V., Ana R. y Miguel Martínez.
ENCUESTA sobre el Plan Revolucionario de Lectura (PRL)
Si conocemos que el objetivo del Plan Revolucionario de Lectura (PRL), según el Ministerio de Cultura, consiste en “democratizar el libro y la lectura, bajo una nueva concepción de esta última como acto colectivo que permite construir otra visión de la cultura bajo los valores y principios fundamentales del socialismo bolivariano”; y entendiendo que las motivaciones del Plan, hasta hoy difundidas, son:
1- Fortalecer la identidad latinoamericana y antiimperialista.
2- Desarrollar una nueva ética hacia una educación y cultura socialista, que promuevan valores humanísticos enmarcados en la concepción de la mujer y el hombre nuevo.
3- Contribuir a un nuevo enfoque esclarecedor y descubridor de la historia de nuestros pueblos.
4- Reivindicar la lectura en colectivo a través de la formación de la Escuadra Revolucionaria de Lectura.
5- Despertar en el individuo la curiosidad, la imaginación y la sensibilidad creadora, que le permitan interpretar y expresar su entorno desde una nueva mirada.
6- Proveer de herramientas que permitan discernir entre la realidad y la tergiversación impuesta desde los laboratorios de alienación cultural.
7- Incluir a toda la población venezolana desde niños, niñas y adolescentes hasta el adulto mayor.
8- Poseer un amplio marco teórico que incluye temas que abarcan buena parte de lo pluricultural y multiétnico plasmado en nuestra Constitución.
9- Ofrecer al pueblo un panorama universal de la literatura, haciendo especial énfasis en nuestros autores y autoras venezolanos y latinoamericanos.
10- Permitir colocar a los venezolanos en la ofensiva de la “Batalla de las ideas” tomando como eje fundamental los pensamientos de Bolívar, Simón Rodríguez, Martí, Mariátegui, Ernesto Che Guevara…
“DIME QUÉ LEES y te diré si eres libre” es el lema del Plan Lectura
Por Ana María Hernández G.
Fuente: El Universal
Banderas, aplausos, vítores y promesas por la liberación del pensamiento y fortalecimiento de la revolución bolivariana fueron los ingredientes de la inauguración del Plan Revolucionario de Lectura (PRL), realizado ayer en la sede del Ministerio del Poder Popular para la Educación.
Con la ausencia del titular del despacho, Héctor Navarro, pero la presencia de la presidenta del Instituto Nacional de la Juventud (INJ), María Rosa Jiménez y del coordinador de Formación y Promoción de la Oficina del PRL, Carlos Duque; se dio inicio a la actividad denominada “Dime qué lees y te diré si eres libre”.
La actividad contó, igualmente, con la presencia de las primeras quince escuadras de lectura, conformadas cada una por diez integrantes. En total se trata de 150 personas, todas empleadas del INJ.
Jiménez llamó a todos los “servidores públicos a la lucha revolucionaria”, y calificó de importante esta actividad que marca la “construcción de la identidad, patriotismo y liberación del pensamiento”. Igualmente justificó la escogencia del lema “Dime qué lees…” porque es una expresión “del argot popular, que recoge la expresión de nuestro comandante Chávez. Nosotros asumimos este plan como una tarea más”, recalcó.
Además, la presidenta del INJ advirtió que habrá evaluaciones de las escuadras, y que la escuadra que trabaje mejor -prometió- “participará en el primer encuentro de escuadras revolucionarias de lectura con el presidente Chávez, para la evaluación trimestral”.
Por su parte, Duque volvió a recalcar lo dicho en la reciente entrevista con El Universal: “¿por qué este plan es revolucionario? porque fortalece la identidad latinoamericana y antiimperialista”, y refuerza “los valores socialistas”.
Finalmente, cada escuadra recibió su respectiva bandera ostentando sus apelativos: Amazonas, Los Aponwao, José Félix Ribas, Oso frontino, José Martí, Estrella roja, Churún Merú, Waraira Repano, Los Criollitos, Los vergatarios, Cacique Tiuna, Simón Rodríguez, Araguaney, Macizo guayanés y Andrés Bello.
CHÁVEZ lanza su revolución cultural
Venezuela emprende un plan de lectura para fomentar el “socialismo del siglo XXI” – El Gobierno elige un centenar de títulos, entre ellos los discursos del presidente
Por Maye Primera
Fuente: El País
El Gobierno venezolano ha hecho correr mucha tinta en los últimos cinco años para llenar de nuevos libros la “sección ideológica” de las bibliotecas públicas del país. Ahora, con las estanterías completas y habiendo concluido el programa de alfabetización, el presidente Hugo Chávez pone en marcha el Plan Revolucionario de Lectura (PRL) para “reafirmar los valores conducentes a la consolidación del hombre nuevo y la mujer nueva, como base para la construcción de la patria socialista”, “desmontar el imaginario del capitalismo” y “recontextualizar la historia”, según el Ministerio de Cultura.
“Leer, leer y leer, consigna de todos los días. Lectura para la conciencia”, dijo Chávez al anunciar el lanzamiento del proyecto desde la nueva sede de la Galería de Arte Nacional y ante un auditorio de niños vestidos con delantales rojos con letras blancas que decían: “Cultura, corazón adentro / misión socialista”. “Tenemos que inyectarle a la contrarrevolución todos los días una dosis de liberación a través de la lectura”, añadió. El PRL ha sido diseñado, según el mandatario, para generar “un acto colectivo orientado a fomentar el socialismo”.
Las bibliotecas han sido rápidamente equipadas con ejemplares de El socialismo venezolano y el partido que lo impulsará, un libro escrito por el ministro de Finanzas, Alí Rodríguez, y el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Alberto Müller Rojas. También con títulos como ¿Por qué soy chavista?, del ex ministro del Poder Popular para la Cultura Farruco Sesto, e Ideas cristianas y otros aportes al debate socialista, que reúne extractos de los discursos de Hugo Chávez en torno al tema de la condición socialista de Jesucristo.
Che Guevara
En la selección tampoco faltarán tomos sobre el pensamiento del Che Guevara y el Manifiesto comunista. ¿Es un proyecto ideológico? “Sí que lo es”, dice sin rubor Edgar Páez, representante de la Oficina Nacional del Plan Revolucionario de Lectura, con la convicción de que hasta las recetas de cocina guardan entre sus líneas un mensaje ideológico. “Ha habido una declaración explícita del comandante-presidente en el propio acto de lanzamiento, cuando advirtió que se trata de un plan de formación, y todo plan de lectura es un proyecto de formación ideológica”, sostiene Páez en una entrevista publicada por el semanario Todos Adentro, que edita el Ministerio de Cultura. Una de las preocupaciones, dice Páez, es que “los niños están siendo formados con libros que aún llaman descubrimiento a la invasión del Imperio español u otros eufemismos que buscan endulzar el genocidio de los pueblos originarios. Nosotros queremos, como parte de este plan, comenzar a llamar a las cosas por su nombre”.
El PRL, al menos en su primera etapa, está dirigido a los adultos agrupados en las organizaciones vecinales, obreras y estudiantiles creadas por el Gobierno como base social de su proyecto político: a los Consejos Comunales, a las Empresas de Producción Social, a las Aldeas Universitarias. Luego vendrá el turno de los “colectivos neoalfabetizados” de las escuelas y los hospitales. Hace casi cuatro años, en octubre de 2005, el Gobierno declaró al país como “territorio libre de analfabetismo”, al anunciar los resultados de la Misión Robinson, el programa de alfabetización puesto en marcha en 2003 con la cooperación del Gobierno cubano y antecesor del PRL. Hasta 2001, la media nacional de analfabetismo era del 9% entre los venezolanos mayores de 15 años. Entre 2003 y 2005, esa tasa se redujo al 6%, según los datos oficiales.
La aplicación del PRL tiene un cronograma muy concreto. Luisa, que es presidenta de un consejo comunal de una barriada popular del Estado de Carabobo, ya recibió instrucciones de cómo organizar a su primer grupo de lectura y qué títulos, de los que le han dado como referencia obligada, les corresponde leer en cada etapa. “Primero viene el momento de la selección y organización de los grupos, en el que debemos atraer a la gente hacia la lectura con libros como las Cartas de amor de Manuela Sáenz a Simón Bolívar, para que le agarren el gusto al asunto y no se aburran. Después es que viene el trabajo ideológico como tal y la división en escuadras”.
Las Escuadras Revolucionarias de Lectura serán, según las instrucciones repartidas por el Ministerio de Cultura entre los consejos comunales, “la unidad básica de organización comunitaria y funcionarán como grupos de lectura en los que la selección del material bibliográfico estará definida ideológicamente, dado el contexto político y los objetivos del plan”. A ellas, ordena el Ministerio, les corresponde desarrollar la etapa “de consolidación de la lectura para el pensamiento crítico y revolucionario”.
Aparte de los libros antes mencionados para reforzar el “socialismo del siglo XXI” bolivariano, el Gobierno promoverá la lectura de un centenar de obras de autores venezolanos y extranjeros editadas en el país y repartidas en forma gratuita. Hasta el momento, el Gobierno sólo ha ofrecido los nombres de una decena de libros. Entre ellos aparecen Inventamos o erramos, escrita en el siglo XIX por Simón Rodríguez, maestro de Simón Bolívar, y algunos textos que fueron objeto de culto entre la izquierda venezolana de los sesenta y setenta, como Venezuela violenta, de Orlando Araujo, y Teoría de la ideología, de Ludovico Silva. También se incluyen otros libros menos célebres y más recientes, como Dictadura mediática, de Luis Britto García; Discursos de Chávez, de Leonardo Ruiz; Che, comandante del Alba, de Modaira Rubio, y El código Chávez, de Eva Golinger.
Restricciones a la entrada de libros
Las editoriales privadas que operan en Venezuela no se explican cómo el Gobierno podrá desarrollar un verdadero plan para incentivar la lectura cuando ha impuesto restricciones cada vez más férreas para la importación de libros a través del control de cambio de moneda que rige desde 2003.
Para lograr la concesión de dólares preferenciales para pagar las importaciones -a un cambio de 2,5 bolívares por dólar-, las editoriales deben primero tramitar un certificado de no producción y enviar una lista de los títulos que desean importar al Ministerio de Industria y Comercio. El organismo aprobará la petición sólo en el caso de que se demuestre que esos títulos no se editan en el país o que otros autores locales no han trabajado la misma temática.
“Es el único país del mundo en el que hay este tipo de restricciones para importar libros”, cuenta Víctor García, director comercial de la editorial Random House Mondadori. “En el último año, Venezuela se ha privado de miles de novedades de la industria editorial del mundo. Incluso, muchos libros de izquierda que al Gobierno le interesaría tener aquí para el desarrollo de su mismo plan no llegan. Y no se van a poder editar acá, porque también hay restricciones para la importación de papel, tintas y repuestos de maquinarias”, añade.
Saltarse las normas para conseguir los dólares no es una opción. Las editoriales que lo intenten en el mercado paralelo de divisas -donde el tipo de cambio triplica al oficial- corren el riesgo de ser sancionadas con multas o con penas de prisión de tres a siete años para los autores de la operación.







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