Malinche: PREMIO THE AUDIES 2008 a libro hablado

Julio 14, 2008

Título original: “Malinche” Premio The Audies 2008

Fuente: Sea-Latino on-line

El más prestigioso premio en audio libros The Audies, fue adjudicado en su edición 2008 a la novela Malinche, de la mexicana Laura Esquivel. El premio, de la Asociación de Editores de Audio se entrega al mejor audio libro del año a nivel mundial y se anuncia como equivalente a los premios Oscar en esa industria, donde la premiación tuvo lugar en Los Ángeles. 

Esta edición de Malinche estuvo a cargo de Fonolibro, que radica en Miami y que también posicionó otros cuatro títulos entre los finalistas de The Audies; Inés del alma mía de la chilena Isabel Allende; El Zahir, del brasileño Paulo Coelho; y los clásicos de aventuras La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y 20 mil Leguas de viaje submarino de Julio Verne.


EL LIBRO todavía le lleva ventaja a la cultura cibernética

Marzo 23, 2008

La idea servirá de lema para la próxima Feria, que comenzará el 24 de abril

Libros abiertos 

Por Luis Gregorich

La Nación. com. Opinión. Buenos Aires, marzo 14, 2008.

Disponible en: http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=995394

Según se ha informado, el lema de la próxima Feria Internacional del Libro de Buenos Aires será (de modo casi redundante pero siempre justificado): “El espacio del lector”, marco que convocará, además, a un Encuentro Internacional con reconocidos especialistas. Se sabe, al mismo tiempo, que en las mesas de debate de este importante acontecimiento cultural no faltará la discusión, últimamente reiterada, acerca de las cibertecnologías y su relación con la lectura y la escritura.

La edición número 34 de la Feria se desarrollará del 24 de abril al 12 de mayo, en el predio ferial de la Rural, en Palermo.

Ya van dejando de tener vigencia los vertiginosos pronósticos sobre la progresiva desaparición del libro impreso y editado en papel, y su reemplazo por experiencias intertextuales beneficiadas por una (supuesta) mejor interactividad, una (¿para qué?) mayor velocidad de aprehensión y una festiva correspondencia con la civilización de la imagen.

Con todo, debe reconocerse que la multiplicación de los blogs, la facilidad para cruzar links, las bibliotecas online, la enorme disponibilidad de información y las facilidades para la comunicación interpersonal han contribuido, entre otras cosas, a quitarle sacralidad al viejo libro, depositario de la Razón occidental, y a situarlo en una misma línea competitiva con los nuevos artefactos culturales. Sin embargo, todavía lleva una pequeña ventaja.

Una historia de cinco mil años habla, ante todo, de un pasado. El libro, sin duda, lo tiene, sea que incluyamos en él los rollos egipcios, los pergaminos del Asia Menor, los códices romanos y los devocionarios medievales, sea que nos limitemos –lo que sería injusto– a los libros salidos de la imprenta de tipos móviles, que inventó un caballero de Maguncia que se ocultó bajo el nombre de Juan Gutenberg, y a lo que sucedió después de este invento que, por lo demás, ya había sido inventado, como casi todo, por los chinos.

Seamos justos: una historia formidable, que no atesora quizá ninguna otra creación humana. En el comienzo de más de una religión universal, en la génesis de revoluciones políticas y científicas, está invariablemente un libro: la Biblia, el Corán, El Capital, de Marx; la Memoria sobre la teoría de la relatividad, de Einstein; la Interpretación de los sueños, de Freud. Para los que ejercemos, de una u otra forma, el vicio de la literatura, el libro es un inevitable fetiche: qué sería de nosotros sin los Demonios, de Dostoievski; sin De Profundis, de Wilde; sin las Iluminaciones, de Rimbaud; sin Pierre Ménard, Funes el memorioso o el sobrino de Wittgenstein…

Esta enumeración desordenada instala una perplejidad: ¿de qué hablamos cuando hablamos de libro? ¿Del objeto de papel y tinta, impreso y encuadernado, o de un singular producto cultural, cuyo valor y especificidad son más simbólicos que materiales? ¿Qué es un libro? ¿Un vehículo como tantos otros en el que se depositan, para desplegarse y transmitirse, la inteligencia y la emoción humanas? ¿Una mercancía o una reliquia? No resolvemos la cuestión, si decimos que es todo eso a la vez.

Un objeto que, en todo caso, requiere a un sujeto para su realización plena, sin el cual sería ganga inerte, materia sobrante sin destino. Objeto/sujeto, libros/lectores: densa proliferación de la intersubjetividad que, por ahora, sólo pálidamente pueden imitar las escrituras electrónicas y sus consumidores, aunque nada les prohíbe esmerarse en el futuro.

El espacio de los sujetos, es decir, de los lectores (quisiera decir, ante todo, de los lectores de libros), nos instala en otro mundo de problemas y de exigencias.

Una reflexión puramente descriptiva no es suficiente, y se extiende ahora a las políticas públicas y a las decisiones sociales. La educación de los más jóvenes se ha visto gravemente vulnerada por enseñanzas sin libros, y por la preeminencia de la improvisación y la facilidad frente a las complejidades de la lectura. A menudo, se ha ensalzado el brinco hacia las nuevas tecnologías sin haber tenido tiempo ni recursos para ejercitarse en las tradicionales, que están lejos de haberse marchitado.

Una de las más distinguidas expertas en lectura y escritura, la argentina Emilia Ferreiro, ha resumido así el problema: “El real desafío es el de la creciente desigualdad: el abismo que ya separaba a los no alfabetizados se ha ensanchado aún más. Algunos ni siquiera llegaron a los periódicos, los libros y las bibliotecas, mientras otros corren detrás de hipertextos, correos electrónicos y páginas virtuales de libros inexistentes. ¿Seremos capaces de darnos una política del acceso al libro, que incida sobre la superación de esta creciente desigualdad? ¿O nos dejaremos llevar por la vorágine de la competitividad y la rentabilidad, aunque la idea misma de democracia participativa perezca en el intento?”.

Una computadora por alumno. Una pequeña biblioteca (¿quién elige los títulos?) en cada vivienda social que se construya. El paternalismo iluminista es muy loable, siempre y cuando sus promesas se cumplan y formen parte de un auténtico proyecto educativo de inclusión. En caso contrario, esas computadoras podrían rápidamente dejar de funcionar por falta de mantenimiento, y esos libros terminar en la mesa de saldos o abandonados en un cajón, vírgenes de lecturas. Si los libros no se leen, tanto da que estén en una casa humilde o en la mansión de un nuevo rico, como es el caso del protagonista de El gran Gatsby, la clásica novela de Francis Scott Fitzgerald, que se luce con sus estantes llenos de libros “auténticos”, no meras maquetas de cartón, pero a los que, discretamente, jamás ha leído ni ha llegado a separar sus páginas.

La historia de la lectura, transitada durante siglos por minorías privilegiadas, desemboca en la democrática epopeya de la alfabetización masiva, materia que aún se adeuda en muchos lugares del mundo, y cuyos efectos benéficos suelen verse restringidos por la aparición de la figura del analfabeto funcional, que incluso entre nosotros, orgullosa patria del legado sarmientino y la ley 1420, ha crecido en las últimas décadas.

Es obvio que el libro, el viejo libro, tiene aún un papel que desempeñar en esta crisis, y que reclama una política articulada entre el Estado y la industria editorial, que no se limite a la simple compra masiva de libros, tan apreciada por los editores, pero tan alejada de toda estrategia de futuro.

La creación de institutos del libro nacionales y provinciales, el impulso a una legislación de protección y fomento, el apoyo activo al autor nacional, son sólo algunos de los mojones de un largo camino en que deberían colaborar la decisión estatal y el ingenio privado.

Se ha mencionado una palabra algo desprestigiada en los recientes estudios socioculturales: autor.

Estos artesanos de la palabra, llámense poetas, novelistas, ensayistas, historiadores, dramaturgos, historiadores, filósofos, científicos, o, sencillamente, cualquier audaz ciudadano que se consagró a escribir un libro, han atravesado también los siglos con una cambiante mochila de jerarquías, desde el trabajo esclavo del escriba egipcio y la sufriente dedicación de los monjes medievales hasta la celebración de los actuales campeones del best seller.

Ellos también son lectores, situados en una red, que los vincula a través del tiempo, en sus propias lenguas y tradiciones. Algunos lo son de modo natural, otros de manera profundamente autoconsciente, como nuestro Jorge Luis Borges, que se consideró a sí mismo antes un lector que un autor, y cuyos mejores textos demuestran que era ambas cosas en grado superlativo.

Hay muchos textos literarios que se refieren a las consecuencias (pedagógicas y emocionales) de la lectura. Elegimos, para cerrar con un buen ejemplo, uno escrito hace un siglo, por O. Henry, el padre del moderno cuento norteamericano.

El relato se llama “El manual del himeneo” (hay una muy buena versión en nuestro idioma por Virginia Erhart) y trata de dos amigos, Sanderson Pratt e Idaho Green, más bien rústicos e incultos, que quedan cercados por la nieve en una cabaña, “más allá de la frontera de Montana”, durante varios meses. Afortunadamente, tienen provisiones y encuentran en la cabaña dos –nada más que dos– libros. Cada uno elige el suyo y lo lee y relee devotamente, puesto que no hay mucho por hacer.

A Sanderson le toca el Manual de Herkimer, una especie de guía sobre datos curiosos y primeros auxilios: desde cuántos dientes tiene un camello hasta la manera de revivir a un ahogado o un insolado. A Idaho le toca nada menos que las Rubaiyat, de Omar Khayyam, cumbre de la poesía persa. La opinión que los dos se forman acerca de sus respectivos tesoros, y el debate sobre cuál es mejor, alimentan sus jornadas solitarias.

Ya fuera de la cabaña, recalan en un pueblito, y allí intentan enamorar a la misma mujer, una viuda atractiva, cada uno con el bagaje adquirido en sus respectivas lecturas. La simpática viuda se espanta ante “las francachelas de la Rubia Yat”, y se conmueve oyendo las estadísticas de las minas de carbón, y las maneras de aplicar el torniquete en una herida. Gana el Manual de Herkimer y pierde la poesía persa. ¿Qué libro es más válido? ¿Y qué lectura es mejor?

La respuesta podría ser que un libro es pura magia, aunque sea un manual de primeros auxilios, y que la lectura es un espacio de libertad, siempre dispuesto a recibirnos y a rescatarnos, si hiciera falta, de otras tristezas cotidianas.


SUSAN KAPUSCINSKI GAYLORD y el libro como objeto de arte

Marzo 9, 2008

En la presurosa autopista de la Internet siempre hay tiempo para leer. Y se puede leer de todo: una pavorosa imagen, una práctica definición, un verso, un video, un asesinato, un mapa, el tiempo, alguna canción de moda…

Susan K. Gaylord. The spirit book 

 Algunas excursiones resultan provechosas, otras no tanto. Pero el paseo de hoy ha sido muy reconfortante y quiero compartir con ustedes mi hallazgo, o mi encuentro. Se trata de Susan Kapuscinski Gaylord, una apasionada de los libros que ha sabido convertir el objeto tradicionalmente comercial en obra de arte. Susan, además, comparte su tiempo y sus conocimientos con los niños y con otros educadores. Ella dice:

He dedicado una gran parte de los últimos quince años a hacer libros con los niños, en el hogar y en las escuelas. Lo que empezó como un proyecto de diversión para compartir con mis niños pequeños, se convirtió en un programa en las escuelas para fomentar la alfabetización, mejorar la autoestima y hacer planes de estudio con el material más interesante. Como he trabajado con toda el aula, plena de niños, aprendí a dar orientaciones claras y precisas, sin dejar de mantener vivo el espíritu creativo. Ahora, tengo la alegría de compartir el mundo de hacer libros con usted.

S.K. Gaylord. The spirit book

Pues nada, que le invito a entrar en contacto con Susan K. Gaylord y su obra, que se presenta además como elemento escultural; obra rica en metáforas, en símbolos y en calor humano. La muestra lleva por título: The spirit book series, y las fotografías corresponden a: Dean Powell.  


LOS LIBROS en llamas

Marzo 9, 2008
Reseña por Rafael Toriz     
Autor: Fernándo Báez

 Los hombres que queman libros saben lo que hacen.
George Steiner

Historia universal de la destrucción de los libros

De entre todas las posibles metáforas que se abaten sobre la vida es el amor —ese dulcísimo cáncer— la más dura y descarnada realidad de realidades. Todo acto amoroso, si lo es de veras, testimonia ineluctable una fractura. Escribir un libro, abjurarlo y en última instancia destruirlo, no son sino las distintas fases de un acto entrañable. Escribir es quemar el mundo: sólo se destruye hasta la raíz lo que se ama con ceguera.

Esta destrucción ha acompañado a la escritura desde sus inicios: el hombre que crea es el mismo que destruye, la bibliofagia nace en el momento mismo de la inscripción. De esta situación da cuenta el excelente libro del venezolano Fernando Báez, crónica de viaje a través de la destrucción de libros escrita en fornida prosa. Historia universal de la destrucción de los libros relata la inefable masacre cometida con las bibliotecas desde sus comienzos en la región mesopotámica de Súmer (hace 5.300 años aproximadamente), pasando por el emperador chino Qin Shih Huang Ti (213 a.C.), la quema de manuscritos en Constantinopla, la de la España medieval, la destrucción de códices prehispánicos, los expurgos inquisitoriales, la hoguera del oprobio hecha por los nazis (1933), hasta los memoricidios efectuados por los serbios (1993) y, aun ahora, el bibliocausto en Irak. Su trabajo no puede sino mover a la indignación, puesto que demuestra, en sus palabras, que “el instinto destructor es cultivado socialmente, desarrollado en la madurez individual, y su grado de daño responde a las expectativas sociales de quien lo ejerce. Ningún individuo o sociedad destruye o mata sino aquello con lo que no quiere dialogar. Es el monólogo más radical de la acción vital. Destruir un libro es negarse al diálogo que supone la razón plural de éste”.

¿Por qué el hombre destruye libros, por qué abate la memoria? Mucho se ha dicho pero las certezas son discretas. Se sabe que dicha actividad recibe el apelativo griego biblioclastia (o biblioclasmo) y se define, según el Piccolo Dizionario di Bibliofilia como un “odio, feroce avversione verso i libri, accompagnata da volontà distruttiva. Simile alla Bibliofobia”. Por su parte Umberto Eco, en su texto Desear, poseer y enloquecer distingue tres tipos de biblioclastia:

Existen tres formas de “biblioclastia”, es decir, de destrucción de los libros: la biblioclastia fundamentalista, la biblioclastia por incuria, y aquella por interés. El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos excepcionales de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis. La biblioclastia por incuria es la de tantas bibliotecas italianas, tan pobres y tan poco cuidadas, que a menudo se transforman en espacios de destrucción del libro, porque una manera de destruir los libros consiste en dejarlos morir y hacerlos desaparecer en lugares recónditos e inaccesibles. El biblioclasta por interés destruye los libros para venderlos por partes, pues así obtiene mayor provecho.

El mismo Fernando Báez trae a cuento el libro del psicoanalista Gérard Haddad, Los biblioclastas, (Ariel) en donde su autor fija una determinada tipología psicoanalítica de los destructores de libros. Aduce Haddad:

Si se come un libro, es para recibir la aptitud que éste contiene como elemento de generación, para poder engendrar. Si se quema, por el contrario, es para negar su paternidad, rechazar la función de ser padre: El auto de fe actúa en forma velada y extrema el odio y el rechazo al Padre. El odio al libro, señala Haddad con enorme inteligencia, desemboca, no pocas veces, en el racismo, pues el racismo más que el color de la piel, niega el libro de otra cultura, entendida como acto de generación de otro pueblo.

Vemos entonces que la destrucción de libros es, en este sentido, una profunda negación, lo que recuerda desde luego a Borges en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne (Otras inquisiciones), en donde menciona una obra del estadounidense, Earth’s Holocaust, en la queconfabulados todos los hombres deciden exterminar el pasado en una hoguera a la que inflaman, entre otras cosas, con todos los libros. Esta destrucción obliga a pensar en obras similares como la noveleta ilustrada de Cortázar Fantomas contra los vampiros multinacionales, narración que principia con extraños robos en las principales bibliotecas del mundo. En este caso se pretende abolir la insurrección poniendo la inteligencia en llamas. Esta destrucción es una metáfora de la ideología voraz de la economía y la política contemporánea.

Otro libro parecido, aunque con un sostén más bien filosófico, es el de Ray Bradbury, que tiene uno de los epígrafes más contundentes y seductores de la literatura: Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel de los libros inflama y arde.

La utopía negativa de Bradbury es un territorio en el que no cabe la tristeza ni la diversidad; las personas son unidimensionales, se ha abolido la contingencia y la humana capacidad de hacerse daño: la lectura no tiene lugar. Montag, bombero encargado de exterminar los libros puesto que propulsan la reflexión y roban la tranquilidad, es el ejemplo de una destrucción que no crea, su fuego es definitivo. Los habitantes de su novela viven alienados, son fantasías huecas y monocordes. Sin embargo su narración no niega la memoria, los marginales de su comarca son prueba del recuerdo, evocan las palabras porque conocen de memoria los libros.

El proverbial libro de Báez, un verdadero hito literario, conmueve tanto por su temática como por su vigor intelectual, por su función política sustentada en un discurso autónomo, crítico y responsable. El autor, ex asesor de la Unesco sobre daños al patrimonio cultural iraquí, da cuenta de la extinción de obras irrecuperables (manuscritos de las primeras traducciones al árabe de Aristóteles y tratados de Omar Khayyam, entre otras tantas maravillas).

Afortunadamente Báez y su obra no son una rara avis. El profesor estadounidense Nicholas A. Basbanes, autor de la trilogía A Gentle Madness, Patience and Fortitude y A splendor of Letter lo corroboran. Basbanes es un defensor de la palabra escrita, del libro como objeto. Sus tres textos dan cuenta de las grandes bibliotecas, inmensas guaridas que han tenido los libros en el decurso de la historia. Relatan también anécdotas de ínclitos libro habientes. Sus libros, su interés de conservación —de conversación—, son meta-libros: actos, como la destrucción misma, profundamente humanos.

El libro de Báez, a esta alturas una referencia obligada en la literatura latinoamericana e incluso en otros puertos, es un testimonio amoroso de un mundo en ruinas, de un fuego eterno. Su historia es conmovedora por irreversible, por esplendente y fulminante: destruimos libros, colijo entonces, por la imperiosa necesidad de devorar al otro en nosotros mismos.