ARTEFACTUS Magazine

David Olguín revisa CIEN años de teatro mexicano

Posted in Caja de Libros, Entrevistas by Eddy D. Souza on 05/28/2012

Escena de teatro. Foto: Jonathan Saldaña.

Silvina Espinosa de los Monteros
El Financiero l 05/27/2012.

A más de una década de haber concluido el siglo XX, David Olguín se ha dado a la tarea de coordinar el volumen Un siglo de teatro en México (Fondo de Cultura Económica), que hace una revisión integral de lo sucedido en la escena durante la centuria pasada pero que, más allá de las dramaturgias, se adentra en examinar aspectos como la dirección, la actoralidad, la escenografía y el público.

Pese a que en el marco de las conmemoraciones del Encuentro de Dos Mundos se publicó en España Escenario de dos mundos: inventario teatral de Iberoamérica, cuyo tomo tercero incluía una sección dedicada al desarrollo del teatro en México durante el siglo XX, de este lado del Atlántico, señala David Olguín, “nadie se había aventurado a ofrecer una visión totalizadora del teatro mexicano”.

-Desde el principio tuve la intención de que el libro no fuera sólo para especialistas -dice-; por lo tanto, tenía que convocar a ciertas plumas con vena narrativa o periodística, que no carecieran de un fundamento sólido. Por ello hablé con gente como Fernando de Ita, Alejandro Obregón, Flavio González Mello, Luis Mario Moncada, José Ramón Enríquez y la maestra Olga Harmony, entre otros. Luego, a fin de distanciarnos del presente y ofrecer un panorama previo, recurrí al investigador Eduardo Contreras Soto para que hablara propiamente del teatro del siglo XIX y ver cómo se dio ese salto a caballo entre un siglo y otro.

-Además de abundar sobre una sucesión de momentos culminantes en la escena teatral del siglo XX, el libro tiene otra virtud: echar por tierra algunos lugares comunes…

-Sí, hay varios ejemplos. De manera general se dice que después de Los Contemporáneos y del teatro de Rodolfo Usigli, de inmediato sigue el teatro universitario, lo que de alguna manera explica la vanguardia mexicana. Esa es una lectura que se hace habitualmente, pero si nos fuéramos a por qué decidí que hubiera toda una reflexión sobre el teatro provincial, nos daríamos cuenta de que determinados actores contribuyeron desde antes a sentar las bases y forjar los cuestionamientos más profundos sobre la moral social mexicana. Ahí está el teatro gay, por ejemplo, y todas las personas reunidas alrededor de la figura de Nancy Cárdenas con Los chicos de la banda, que fue la primera obra de tema gay que se montó en México, la cual causó gran conmoción en los espectadores mexicanos. Otro momento es cuando supuestamente aparece el realismo en el teatro mexicano que, se dice, es a mediados de la década de los cincuenta con Seki Sano y el trabajo que hacen dramaturgos como Carballido o Magaña, y algo muy interesante que encuentra Contreras Soto es que hay manifestaciones de teatro realista desde el siglo XIX.

-Habiendo realizado este ejercicio totalizador, ¿en dónde nos encontramos actualmente? ¿De qué somos herederos?

-El contenido de este libro es algo que debería darnos orgullo. En lo personal, cuando iba recibiendo los textos, me daba un gusto enorme. Para mí fue patente el hecho de que poseemos autores muy significativos no sólo para la dramaturgia mexicana sino de altura mundial; lamentablemente, en muchos casos, poco reconocidos. Estoy pensando en Elena Garro, que sin duda es la autora más importante del siglo XX. También esto me sirvió para redescubrir sin tantos prejuicios a Usigli, a Carballido, a Óscar Liera… En cuanto a directores, también tenemos grandes figuras como Juan José Gurrola, Ludwig Margules o Héctor Mendoza. Todos ellos, espejos en los cuales podemos conocernos o desconocernos…

Si bien es cierto que los trabajos de las más recientes generaciones han proyectado al teatro mexicano en la escena internacional, dice Olguín que “no hay que pasar por alto que con este balance también se pone en evidencia un tipo de arte que fue muy vertical, centralista, que no permitió la producción de compañías independientes y autogestivas, ya que fue controlado por autores o directores, como sucedía en el ámbito político, de manera un tanto dictatorial. Yo creo que el libro nos alerta respecto a esas regresiones que de pronto hay en el ámbito cultural mexicano; el último sexenio es ejemplo de eso: de verticalidad frente a las necesidades de horizontalidad que requiere este gremio. Pese a esto, pienso que sí, que las cosas están cambiando y, entre ellas, habría que contar el aprecio y la revaloración que debemos hacer de nuestra propia tradición escénica. Algo que, considero, es una de las principales aportaciones de este volumen”.

David Olguín (DF, 1963) estudió actuación en el Centro Universitario de Teatro (CUT), literatura hispanoamericana e inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y dirección escénica en la Universidad de Londres. Además de ser director de Ediciones El Milagro, se ha desempeñado como prolífico dramaturgo, director de escena y profesor universitario. En 2010 le fue concedido el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón.

Después de una temporada inicial en el Teatro El Milagro, su obra Los asesinos fue montada en El Galeón y, ahora, después de una breve gira por Cuba, retorna a ese mismo recinto del INBA, detrás del Auditorio Nacional, en el cual estará hasta el próximo 6 de junio.

-Esta obra es un diálogo, casi un pleonasmo con la realidad nacional, ya que habla de las “clicas” estos grupúsculos mafiosos de Chihuahua, en los que se da el fenómeno de la violencia gratuita -dice el dramaturgo-. Para esto, estuve trabajando con un grupo originario de Ciudad Juárez con el que hago la coproducción. Es un intento por entrar en la mentalidad salvaje de estas “clicas”, vistas desde un lado humano, ya que no te explicas que sean meramente las condiciones de miseria y pobreza, aunadas al asunto de la droga y la obtención de dinero, lo que explique el cuadro de brutalidad que hay en el país.

-¿En qué medida se exploran los porqués de esta espiral de violencia?

-Lo que hago es hurgar en las historias de los personajes, pero difícilmente ellos toman conciencia; son máquinas del crimen, que por supuesto padecen de falta de oportunidades y educación, sumadas a una ausencia de sentido moral y actuando de manera impune. De ahí que pierdan los parámetros elementales de humanidad. Ya no sólo se trata de un simple resentimiento social, sino de una gran acumulación de facturas por cobrar. Algo verdaderamente terrible.

El cubano Reinaldo Arenas vuelve a RESONAR al publicar en España ‘Necesidad de libertad’

Posted in Caja de Libros, Literatura by Eddy D. Souza on 05/23/2012

 

Reinaldo Arenas en las dunas de Doñana. El autor cubano se suicidó en Nueva York en 1990. (M. Camacho).

20 Minutos.es
EFE l 05/23/2012

El filósofo Todorov dice que, cuando los totalitarismos no tienen enemigo enfrente, van tras la gente que viste o baila de forma diferente. Y eso es lo que destila Necesidad de libertad, el libro que Reinaldo Arenas escribió al llegar a Estados Unidos, y que ahora vuelve a resonar por su publicación en España.

Un libro que es un grito conmovedor lanzado por Arenas una vez alcanzada la libertad tras salir de Cuba, y una denuncia de la dictadura militar y la represión contra los intelectuales.

Necesidad de libertad es un relato emocionante, una pieza de excelente escritura que el autor cubano, al que puso rostro Javier Bardem en la película Antes que anochezca, publicó en Miami en 2001, pero nunca en Europa y concretamente en España, donde llega ahora editado por Point de Lunettes, mientras que en Latinoamérica se podrá conseguir por Internet.

Este sello editorial ya publicó en 2010 Las cartas a Margarita y Jorge Camacho, donde Reinaldo Arenas (Holguín, Cuba-1943) agradecía a esta pareja de amigos que visitó Cuba los esfuerzos por sacar al exterior sus manuscritos, que se convirtieron en el cordón umbilical de Arenas con el mundo.

Miscelánea de géneros

Necesidad de libertad, una miscelánea de géneros, entre ensayo, poesía, cartas o recortes de prensa, ofrece un claro y profundo panorama de Cuba desde 1958, cuando Reinaldo Arenas intentó a los 14 años incorporarse a las guerrillas de Fidel Castro en la provincia de Oriente —”como hijo natural de unos campesinos pobres, nada que perder, excepto la vida”, escribe— a 1983.

En el año (1983) Arenas ya estaba instalado en Nueva York, una etapa de su vida que terminaría con su suicidio en 1990.

Un panorama de la isla que tiene grandes capítulos dedicados a la represión intelectual en Cuba, a todos los escritores que sufrieron la dictadura de Fidel y algunos otros, muy duros, dirigidos a los que se manifestaron a favor del régimen de Castro “libres y fuera de la isla”.

Crítico con Cortázar y Márquez

“Veíamos a escritores verdaderamente libres haciendo también el juego a aquella infamia”, dice Arenas.

“Como ejemplo del cinismo mayor debo mencionar a Julio Cortázar, convertido al castrismo desde los lujosos hoteles cubanos que el Capitalismo había construido y con residencia y status en París; a Ernesto Cardenal, tan mediocre e hipócrita como su supuesta doctrina religiosa, que ni siquiera práctica, a García Márquez, un híbrido entre la demagogia y el folclor…”.

El autor dedica todo un capítulo al autor de Cien años de soledad con el título Gabriel García Márquez, ¿esbirro o es burro?, y en él dice que es totalmente indignante que un escritor como él (Márquez) use la libertad que el mundo libre le brinda “para hacer apología del totalitarismo comunista que convierte a los intelectuales en gendarmes y a los gendarmes en criminales”.

Dos años en la cárcel

Pero también Reinaldo Arenas, que, desengañado de la revolución a la que apoyó al principio, sufrió persecuciones contantes y estuvo dos años encarcelado por ser considerado “un peligro social” por su disidencia política y por su condición homosexual, habla de su apoyo a los escritores Lezama Lima, Padilla o Virgilio Piñera.

Sentencias judiciales, cartas irónicas —una de las características de este autor de poesía, teatro, novelas, cuentos y ensayos, junto con el juego de palabras—, y el relato completo del viaje de huida en bote desde Mariel (municipio de la provincia cubana de Artemisa) a Nueva York completan este libro.

Destaca la carta que Reinaldo Arenas manda a Alexandra Reccio, una diputada del Partido Comunista Italiano, que le había criticado por hablar mal de Cuba y a la que había conocido en un viaje de ésta a la isla.

Aquí Reinaldo Arenas destila toda su vena crítica y ácida, fruto de los padecimientos y experiencias en su vida, como dice Manuel García, portavoz de la editorial Point de Lunettes.

En esta carta acusa a la diputada de no haber querido ver ni las prisiones, ni la represión, ni las colas, “ni por qué a Virgilio Piñera no se le publicaba ni una cuartilla, ni por qué a Lezama Lima se le censuró su obra en los últimos años…estando en Cuba no vio usted a Cuba ni preguntó por ella…”, espeta el escritor.

El libro está dedicado a “Los diez mil ochocientos cubanos que a riesgo de sus vidas se asilaron en la embajada de Perú en La Habana en 1980, haciendo posible el éxodo de Mariel… la existencia de este libro y la mía”, concluye.

*Consigue un ejemplar de Necesidad de libertad en PopularLibros.

Dos nuevos LIBROS de Ediciones Alarcos

Posted in Caja de Libros by Eddy D. Souza on 04/04/2012

La Casa Editorial Tablas-Alarcos, del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, presentará el martes 10 de abril, a las 4 de la tarde, en la Librería Fayad Jamis, de la calle Obispo, dos nuevos títulos: Análisis de la dramaturgia cubana actual y Al borde de la Isla, publicados por su sello Ediciones Alarcos.

Análisis de la dramaturgia cubana actual es un volumen dirigido por el catedrático español José Luis García Barrientos, que incluye ensayos de varios teóricos internacionales y cubanos sobre dramaturgos nuestros. Su aparición es un excelente complemento al Seminario “Principios de Dramatología: teoría y método”, que el Dr. García Barrientos impartirá entre el 9 y el 11 de este mes, en la Galería Raúl Oliva, auspiciado por la Facultad de Arte Teatral del ISA, la Casa Editorial Tablas-Alarcos y la Casa de la Memoria Escénica de Matanzas.

Al borde de la Isla reúne –con selección del crítico Omar Valiño–, un conjunto de autores interesados en nuevos paisajes temáticos y en el diálogo con nociones de la dramaturgia contemporánea internacional. Ulises Rodríguez Febles, Nara Mansur, Abel González Melo, Roberto D. M. Yeras, Norge Espinosa y Lilian Susel Zaldívar de los Reyes fueron y son nombres que, al añadirse a una vigorosa lista de dramaturgos cubanos, revitalizaron ese entramado al que se integraron. El título refiere una circunstancia que, aunque presente a lo largo de la literatura dramática nacional, domina en buena parte la de estos últimos años: la emigración.

Casi todos estos autores que, desde principios de 2000, aparecieron en Alarcos, como parte esencial de las acciones que nuestra entonces naciente Casa Editorial estimuló a favor de la dramaturgia cubana, son los estudiados, junto a Amado del Pino, en Análisis de la dramaturgia cubana actual. De tal manera que ambos libros dialogan entre sí de forma natural y sirven para recuperar las coordenadas de una dramaturgia que compone un importante momento reciente que, junto a otros más cercanos, ubican el curso más actual de la escritura dramática insular.

¿Para estos tiempos escribió Rine Leal?

Posted in Caja de Libros by Eddy D. Souza on 03/15/2012

Teatro, Exilio
¿Para estos tiempos escribió Rine Leal?

Tras varias décadas de silencio, una antología reivindica el teatro escrito y representado por autores cubanos que residieron o residen fuera de la Isla

Yaismel Alba Garib.
Cubaecuentro | 03/14/2012.

Hace veinte años, el crítico e investigador teatral Rine Leal publicó en La Gaceta de Cuba un artículo sobre el libro Teatro cubano contemporáneo, antología editada en España y compilada por el también crítico cubano Carlos Espinosa Domínguez, que incluía once obras de autores residentes en la Isla y cinco más de escritores que decidieron emigrar de ella. En el trabajo, Rine resumía la importancia para la cultura nacional de tal hecho, al afirmar

que ha llegado la hora de conocer, estudiar y valorizar esta dramaturgia y sobre todo incluirla en el teatro que se hace en la Isla, pues se trata de una creación netamente cubana que no carece de valores. Ni la tontería politiquera que afirma que la cultura cubana (y por ende el teatro) está en el exilio, ni el chovinismo patriotero que transforma a un creador que abandona definitivamente el país en un mediocre o lo deposita en esa “zona de silencio” que aún rodea buena parte de nuestros estudios [1].

Dos decenios después, otra antología reivindica el silencio de los últimos años en relación con el teatro escrito y representado fuera de Cuba por autores que residieron o residen en el exterior, principalmente en Estados Unidos. Dramaturgia de la Revolución (1959-2008). 30 obras en 50 años. Volumen II, bajo el concepto y la selección de Omar Valiño, director de la Editorial Tablas-Alarcos, propone cuatro obras que por vez primera son publicadas en nuestro país.

Primera obra. Primer indulto

El Súper, de Iván Acosta, desde su dedicatoria establece el punto de mira de la pieza. “A los nueve millones de presos en Cuba”, asevera en 1982 cuando establece la fecha de terminación del texto, para exponer desde el inicio a los lectores que la perspectiva es otra. El asunto se resume en las circunstancias de vida durante pocos días de una familia cubana que vive en New York, después de partir de Cuba tras el triunfo de la Revolución. Roberto es el superintendente de un edificio y vive, junto a su esposa Aurelia y su hija Aurelita de dieciocho años, en el sótano convertido en apartamento. Alrededor del tema de la emigración, de la estancia en una ciudad completamente diferente al calor criollo, de la añoranza por la tierra natal, del encuentro generacional entre padres exiliados e hija producto del nuevo país, la obra es una sucesión de cuadros organizados en dos actos. Personajes como Pancho, quien participó en la invasión de Bahía de Cochinos, y el Inspector, estadounidense que establece un diálogo precario con el protagonista en una de las escenas más hilarantes de la obra, contrastan las situaciones expuestas en el texto, otorgándole características tan cubanas como el choteo en medio de la desgracia, la risa como elección ante las lágrimas y el melodrama junto a la parodia más mordaz. Al final, Roberto y Aurelia deciden partir hacia Miami, “capital del exilio cubano”, a pesar de las negaciones de Aurelita, quien cede después a la familia como institución principal.

Segunda obra. Con pavo y despedida

Sanguivin en Union City, de Manuel Martín Jr. El spanglish corriente de las comunidades latinas de Estados Unidos en esta ocasión es el epíteto de una antigua tradición norteamericana (Thanksgiving o Día de Acción de Gracias) que los personajes celebran a la cubana, a pesar de que el pavo de la familia compuesta por la abuela Aleida, su hija Catalina, sus nietos Nenita, Nidia, Aurelito y Tony, discapacitado mental, esté listo en las manos de Sara, amiga de Nidia, y de Peter, marido de Nenita. Los preparativos de la cena son los motivos para el encuentro de una de las cuatro abuelas cubanas que quedan en la ciudad, con su familia, desintegración locuaz de miembros que recuerdan la frutabomba, las cebollas, la vida en Guanajay, a pesar de que deseen pasarla por alto con Thanksgiving. Mientras Aurelito esconde la frustración de su relación con el padre, y Nidia sostiene una relación lésbica con Sara a escondidas del hogar, la fiesta parece detenerse y servir como propósito para el desenlace final, cuando Tony decide, después de permanecer en silencio casi todo el tiempo del drama, irse de la casa. La acción final demuestra las insatisfacciones de un estado de vida en el que ni la telenovela Margarita en la distancia, ni los destellos de felicidad pueden con una familia desintegrada por la emigración, por el nuevo país, por la eterna circunstancia de vivir en una orilla que no es la propia.

Tercera obra. Para aliviar el mar

Supe de Alguna cosita que alivie el sufrir, de René R. Alomá, durante el 13 Festival de Teatro de La Habana, cuando buscaba alguna referencia sobre obras que trataran el tema del reencuentro entre cubanos de las dos orillas. Subrepticiamente, en aquel entonces se conocía, pero jamás se pensó que tuviera la difusión que ahora tiene, con la publicación de la presente antología. Si mal no recuerdo, fue el propio Rine Leal, en una de sus reseñas, quien informó del texto, de su condición fundadora del tema del reencuentro. Sin embargo, nunca llegué a leerla. Hasta hoy.

Carlos Rabel (Pay) visita a su familia cubana después de vivir diecisiete años en Estados Unidos. A donde regresa es a una casa colonial que resguarda la satisfacción de haber dado a la Patria hijos que lucharon por la justicia durante la dictadura de Batista. Uno de ellos, el padre de Pay, partió después de sospechar las deficientes construcciones sociales y políticas que implantaba el Gobierno Revolucionario. La salida de Pay junto a su padre lo separó de su hermano Tatín, quien decidió quedarse con sus tías en Santiago de Cuba. Esta es la circunstancia a la que llega el “visitante del exilio”, como anota el dramaturgo. El hogar que abandonó ahora lo recibe en los albores del carnaval. El reencuentro trae consigo heridas por las que sufrió Pay mientras se apartaba de su hermano, de su hogar, de su calor. Heridas por las que necesita permanecer para revertirlas en bienestares. Por ello, al final de la obra, cuando el dramaturgo paraleliza dos espacios diferentes, uno en Cuba mientras pasa el carnaval y otro en Estados Unidos, Pay afirma desde el exilio: “Muy pronto el invierno estará de regreso. Los árboles de toda la ciudad son un verdadero carnaval de colores, pero en mi mente nada se puede comparar con aquel carnaval que me perdí en Santiago. No puedo dejar de extrañarlo. El carnaval y todo lo demás que dejé atrás. No importa dónde esté, siempre habrá algo de mí allá. Mi patria.”. Después de exponer la necesidad de quedarse en Cuba, Pay conoce el deseo de su hermano de irse con su familia del país en el que se quedó cuando sus padres y su hermano marcharon. El conflicto parece detenido en la calma antes del carnaval, esperando un mañana indefinido. El carnaval quizás es el alivio del sufrir, de la resistencia, pero no el goce total.

Cuarta obra. Si exiliarse es volver

La acción del primer acto de Exilio, texto de Matías Montes Huidobro, se desarrolla en un apartamento de New York a fines de 1958. El segundo acto, en el escenario del Teatro Nacional, aproximadamente en 1963. Y el tercero, veinte años después en un pent-house neoyorquino. Tres espacios y tres épocas diferentes organizan el drama de cinco amigos exiliados primero en Estados Unidos, esperando la Revolución. Con el Triunfo, regresan a una Patria que se torna diferente a como la imaginaron, que logra separarlos porque Román y Victoria no comparten la ideología establecida, porque Rubén es homosexual a pesar de ser comunista, porque hipócritas como Miguel Ángel aprovechan las circunstancias y porque Beba, La Goda, defiende a ciegas las decisiones del Estado, tal vez por chovinista, tal vez por oportunista. Estas personas, artistas que preparan primero la Cantata de la Sierra para cuando regresen, y discuten sobre los planes del futuro, encaran en Cuba un escenario a medio organizar, repleto de escenografías viejas y con guillotina, sobre el que deben montar La vida breve, obra escrita por Román acerca de sus propias vidas, que es censurada por la nueva directora del Teatro Nacional, La Gorda. Rubén, herido física y espiritualmente por la Revolución a la que defendió siempre, decide vengarse al ser expulsado del país. Lo hace en una reunión veinte años después con sus amigos en New York, de la cual sale satisfecho por haber expresado su dolor frente a una Beba desenmascarada y a un Miguel Ángel confesor de sus miedos. Alrededor de este asunto, el texto de Huidobro resume el sentir de la mayoría de los artistas que partieron desilusionados hacia Estados Unidos cuando el proceso revolucionario interfirió en sus elecciones individuales.

Los temas que propone la obra no pueden catalogarse de infructuosos, ni de contrarrevolucionarios. Solo es una expresión otra del arte teatral durante la Revolución, de los que soñaron y se desencantaron, de los que dolorosamente fueron marcados, de aquellos a quienes ahora, en esta antología, se les pide perdón.

Otra selección antológica

Si consideramos que las anteriores obras hablan de Cuba, de sus familias y conflictos alrededor del tema de la emigración, sobre todo, no quiere decir que igualen en identidad con las de Virgilio Piñera, de Héctor Quintero, de Abelardo Estorino, de José R. Brene, de Carlos Felipe o de Antón Arrufat, por solo aludir algunas, sino que abarcan dimensiones similares a textos de autores reconocidos de nuestro teatro. Sin embargo, solo en la medida en que utilicen nuestras herramientas y elementos de creación podrán ser considerados parte de la dramaturgia cubana.

Desde fuera la mirada hacia Cuba logra generalizar y distanciarse, como deleitándose con la sapiencia del objeto observado y apoyándose en el conocimiento que de él obtiene, tal vez empíricamente, tal vez racionalmente, para trasnocharlo de manera continua, para hacerlo insomne. El otro tiene una historia personal relacionada con la Isla, ya sea por haber nacido entre nuestras palmas y cañaverales, o solo por encontrar en el palmiche y el azúcar sus revuelos de mariposas. Los sentimientos del otro se desbordan en el mar que sirve de excusa, de puerto, de motivo, de ataque, de resguardo. Pero incluso, después de superarlo, el otro continúa mirando, absorto, lo que deja atrás o lo que a la vera está, lo que no pudo contener, aquello que ama y lo daña, aquello a donde irremediablemente pertenece.

Acosta, Martín Jr., Alomá y Montes Huidobro apoyan la insularidad al mirarla desde otra perspectiva. Conforman junto a muchos que se consideran exiliados lo que tal vez definimos como otredad, la sustantivación del otro, la consideración de su mirada en relación con la nuestra, la atención hacia el otro. Observan, opinan, proponen, se inmiscuyen, se consideran. Por eso generalizan, fundamentalmente, en el tema de la emigración, por el cual miran desde “allá”. Prefieren esclarecer y defender sus puntos de vista en vez de obviarlos, porque su relación con lo que les hizo emigrar la sostienen aún. Cuando lo hacen, complementan las miradas de “aquí”. Por lo que una y otra no deben pasarse por alto si se quiere abordar verdaderamente el fenómeno de la insularidad, considerando la otredad como esencia de lo cubano.

Si hablamos de cubanidad, ¿qué otro elemento constitutivo es más certero que resistencia? Pues nosotros mismos, de una a otra orilla, después de una vuelta y media, alrededor del mundo, de las gentes, somos los que la significamos como defensa ante las circunstancias adversas. Supervivencia, diríamos además. La resistencia a partir de la que se estructuran situaciones cuyos diálogos ni siquiera permiten dudar ante sus veracidades, porque casi todo queda explícito, en un torrente de contenido vuelto en letras, en alegatos. ¡Resistimos tantas cosas! Roberto, en El Súper, resiste vivir en otro país, en otro clima, impugna el avance de una hija que se aleja de sus raíces. En Sanguivin en Union City, los personajes ni siquiera consideran la resistencia; permanecen aparentemente inertes, expresión de un resistir que se ha tornado recuerdo. Las relaciones de esta familia, por comunes para nosotros, se vuelven cubanas. Pay, en Alguna cosita que alivie el sufrir, ha dejado de resistirse, quizás no al orden imperante en su país de nacimiento, y ha vuelto para quedarse, para asumir la supervivencia junto a su hermano, su abuela y sus tías. Para los cinco amigos de Exilio todo es resistencia. Desde el desarraigo primero, en el que esperaban y apoyaban la causa revolucionaria, pasando por el enfrentamiento a condiciones inesperadas con el Triunfo; y hasta el final de vuelta a donde comenzaron, resistiendo igual, pero tratando de superar otras verdades. En todas las obras, el supervivir enlaza sus temáticas y sus conflictos con la resistencia de “esta orilla”, siempre vigente, siempre profanable.

Por si no bastara, negar el melodrama es negarnos momentos de expresión. Lo patético al final de El Súper, cuando la anotación cierra la obra con: “Todos se sorprenden. Roberto corre emocionadamente hacia Aurelita y Aurelia también. Apagón”, se equipara con la despedida de Tony en Sanguivin en Union City, cuando entra cargando una maleta pequeña para expresar que lo lleven al hospital. Mientras, el amor siempre vigente de Pay por su hermano Tatín, a pesar de la distancia, en Alguna cosita que alivie el sufrir oscurece el carnaval, la válvula de presión de la sociedad, justo en el final, en una carta que se muestra esperanzadora. Otra vez el desborde de sentimiento, la demostración persistente de emociones que encuentran manifestación en los últimos momentos de la porción de vida propuesta. Ocurre de forma diferente en Exilio, donde el melodrama atraviesa, como el patriotismo, el sentir de los personajes, quienes se muestran, al final, desasidos, arrebatados de sus ideales o, como Rubén, separados de sus monstruos. El patetismo como expresión melancólica de lo cubano habla de nacionalidad más allá de fronteras.

Por otro lado, el término definido por Jorge Mañach en el ensayo Indagación del choteo, al que aludiera Rine Leal en su momento para caracterizar la dramaturgia cubana, contrasta con lo patético o, quizás, lo sustenta. El choteo como actitud negadora del orden que no es respetable, “deseo de independencia que se exterioriza en una burla de toda forma no imperativa de autoridad”, de la que nos sentimos libres para mofarnos de ella, desprestigiarla, irle en contra con humor, ingenio, gracia y ligereza. Si pensáramos en las cuatro obras reseñadas, la autoridad se ve bifurcada en otros contextos, en otras circunstancias de vida, que Mañach catalogó como significantes a la hora de concebir el choteo como actitud ante el medio. Así, todos los conflictos propuestos en los textos resultan del choteo al orden de la Revolución, del que los personajes prefirieron apartarse físicamente por medio de la emigración, y espiritualmente a través de situaciones, diálogos y líneas de acciones similares en contenido y en forma a las expresiones cubanas definidas por Mañach, que todos reconocemos, cómo no, en nuestras realidades.

También el tema de la familia es común para los cuatro textos, y para la mayor parte de las obras de los dramaturgos anteriormente citados como nacionales, aunque ya la denominación a estas alturas abarca otras piezas, no tan lejanas en el tiempo, que ni siquiera se consideraban. Queda sobreentendido el hecho de que todas compartan la escena de la familia cubana como fundamento para explayar conflictos en relación con ella. Familia como unidad y diversidad fraternal al mismo tiempo, como juego de poder y de roles dentro de la sociedad en la que se instaura, como elemento a desentrañar, reorganizar, proteger, y a veces, destruir para establecer un nuevo orden.

En otro contexto, Rine Leal expresó que

a través de estas constantes —insularidad, resistencia, identidad, choteo, otredad, parodia, familia amenazada, realidad y apariencia— surge una dramaturgia común que se unifica y define en términos de conciencia histórica y diversidad expresiva, como un rostro múltiple que se contempla en su espejo (…). Es una dramaturgia vital, que entronca ambas orillas y que aspira a su unicidad orgánica. Lo que importa en definitiva es asumir ese “otro” teatro y juzgarlo en función de su calidad estética más allá de coyunturas temporales que vencerán a la ausencia y el olvido[2].

El riesgo de publicar en una antología de teatro de la Revolución tales textos, al parecer asumidos, significa, para aquellos que marcharon y aun marchan del país, la voluntad de las direcciones culturales de iniciar un diálogo con los artistas cubanos de “aquella orilla”. Que sea una estrategia, una manipulación, una política cultural, no creo que valga la pena pensarlo. En este caso es preferible ser superficial y dejarse llevar por las apariencias. Por primera vez, cuatro autores que decidieron no compartir la ideología de la Revolución, son reconocidos por quienes dirigen la cultura en el país, y son publicados junto a Albio Paz (La vitrina), a Abraham Rodríguez (Andoba o Mientras llegan los camiones), a Eugenio Hernández Espinosa (Calixta Comité), a Abilio Estévez (La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea), a Freddy Artiles (El esquema), y a Rafael González (Molinos de viento).

Para estos tiempos escribió Rine. Claro, tiempo utópico que interpretamos como nos permiten las circunstancias. Pero se hizo, se leyeron aquí obras de dramaturgos que viven allá. Y todos sabemos que “allá” es Estados Unidos. Ahora, a continuar, a representar, a morir y a renacer siempre en el teatro, porque es nuestra verdad, nuestra arena común, nuestro bote salvavidas.

[1] Rine Leal: “Asumir la totalidad del teatro cubano”, La Gaceta de Cuba, septiembre-octubre 1992, p. 7.
[2] Rine Leal: “Ausencia no quiere decir olvido”, en Teatro: 5 autores cubanos, Ollantay Press, Jackson Heights, New York, 1995, pp. xviii-xix.

NOVELAR en femenino

Posted in Caja de Libros, Literatura by Eddy D. Souza on 03/08/2012

Carlos Espinosa Domínguez.
Cubaencuentro l 03/02/2012.

UNO

En la breve nota de la contraportada, se dice que Isla después del diluvio (Ediciones Malecón, Barcelona-Miami, 2010, 72 páginas) es “una novela corta esencialmente para divertirse, el mejor relato para entretener es el que leemos rápido y que nos deja un sabor del que quisiéramos probar más”. En efecto, la más reciente obra narrativa de Chely Lima (La Habana, 1957) no posee la ambición ni el grosor de otros títulos suyos, lo cual, me apresuro a aclararlo, no lleva implícito un juicio peyorativo. Sencillamente su autora ha preferido escribir una obra breve, en la cual opta por la anécdota en su sentido tradicional y privilegia el valor comunicativo de la literatura.

Sus personajes principales son dos hermanas gemelas idénticas. Cambiaban de nombre cada cierto tiempo y al comenzar la novela, han elegido los de Ágata y Celeste. La historia se inicia cuando ambas arribaron al aeropuerto de Rancho Boyeros, una mañana de diciembre. Viajaban con un equipaje tan abundante, “que varios meses después de que hubieran abandonado un lugar continuaban pasando por el sitio oleadas de enormes cajas de madera, bultos y baúles”. Su vestuario contaba con más de dos mil piezas, “muchas de las cuales copiaban hasta en el menor detalle ropas de las que aparecen en los cuadros, los frescos y los tapices de épocas pretéritas”. Acompañaba a las hermanas su Preceptor, un personaje desconcertante en cuya espalda, “cuando no estaba expuesto a una luz potente, eran perceptibles un par de alas de plumaje abundante, entre el blanco, el rojizo y el castaño claro, que por lo común permanecían plegadas. La fuerza de la ilusión era tal que algunos no podían aguantarse y, disimuladamente, alargaban la mano para palpar lo que no era al tacto sino aire y claroscuro”.

De la lectura de las líneas anteriores, resulta fácil deducir que la fantasía constituye un aspecto cardinal en la novela de Chely Lima. También poseen un peso importante el ingrediente erótico y el misticismo, que al igual que el despliegue imaginativo, estaban presentes en sus libros anteriores. Es desde esa perspectiva que la autora recrea las aventuras que viven en La Habana las dos hermanas, aunque a partir de cierto momento Celeste pasa a ocupar un mayor protagonismo. Sin embargo, lo que comienza como uno más de los viajes que las habían llevado a recorrer el globo, resulta ser un regreso al punto de partida. Allí averiguarán quiénes son, de dónde vinieron, a dónde van.

La Habana que encuentran Celeste y Ágata es una ciudad que continuaba viva, a pesar de estar debilitada por la miseria y el tiempo. En sus calles y barrios abundan las cuarterías con cuerdas cargadas de ropa y bidones para almacenar agua, los famélicos cazadores de turistas, los funcionarios que se derriten a la vista de los dólares. Asimismo cualquier gestión oficial consume años, y las personas que limpian la casa que ellas han alquilado estaban empleadas por el Ministerio del Interior: diariamente informaban, con pelos y señales, de los movimientos de aquellos extranjeros desconcertantes, que “en vez de elegir el ancho mundo, preferían soterrarse en una islita de mierda”.

Pero sobre todo, lo que más sorprende a Celeste son las mil y una escenas de sexo presenciadas por ella. ¡Cómo se templaba en aquella ciudad! Piensa que era lógico que lo hicieran con tal ahínco, pues la mayoría de las personas que transitaban por las calles poseían algún tipo de encanto. Comprende además que se trataba de un ritual terriblemente subversivo. “Los curas y los tiranos, se dijo, tenían toda la razón: Un hombre al que le están haciendo ver el cielo cuando le chupan el extremo de la virilidad, o al que lo están dejando cavar frenéticamente con la punta mejor concebida de su anatomía, o al que lo están rellenando de dicha por su abertura trasera; un hombre en esas circunstancias es capaz de renunciar a cualquier poder, es capaz de traicionar a sus amos y no ceder nunca al deseo de matar. Y no hablemos ya de las mujeres, que están hechas de un arcilla incendiaria, aunque bien que hay muchas que lo saben esconder”.

Ese es el marco donde se desarrolla la trama, en la cual abundan los elementos fantásticos. Por ejemplo, hay un personaje llamado el Seductor, que parece escapado de una novela gótica. Es una especie de vampiro que convierte a Ágata en su esclava sexual. Luego la emplea como señuelo para traer a la casa hombres a los que sorbe el cerebro por un agujerito hecho con la punta de su acerada lengua, mientras fornicaban con la gemela. Por su parte, Celeste vive varias aventuras en las que aparecen, entre otros personajes, Hermes Trimegisto, Olokun, Oshún, un joven que no sabe quién es y una santera que durante toda su vida había aguardado a que la gemela y el Preceptor llegaran. Está presente así nuestro sincretismo religioso, al cual la autora adiciona otro aspecto, al sugerir que bajo la Isla pueden hallarse los restos de la desaparecida Atlántida, que como herencia dejó a los cubanos su difícil karma.

Tras varios años sin publicar narrativa, Chely Lima lo hace con un relato ágil, delicioso y envolvente, que más allá de la sencilla apariencia de su estructura permite otros accesos al lector. La escritura se sustenta en un sólido y esmerado trabajo de elaboración literaria, así como en un vocabulario refinado de cuño neobarroco. Es de señalar asimismo el eficaz empleo del humor, a través de pinceladas suaves, pero certeras. En uno de los breves capítulos, Celeste está muy apesadumbrada y se pone a cantar las endechas con que la dormía el Preceptor, a quien cree moribundo. Este abre entonces los ojos, parpadea y le dice: “Por tu madre, criatura, sí que eres desafinada”.

Foto: LaPitu.

Foto: LaPitu.

“Cuando Valentina Morera nació el paraíso no estaba en el cielo, sino en otra parte muy concreta y distante: en Rusia. El infierno estaba ubicable en dirección al norte, a solo noventa millas. Con infierno y paraíso ubicados en el mapa murieron también las cortes de ángeles y de demonios. Todo estaba en su sitio. Todo tenía una explicación, un aquí y un ahora”.

El párrafo anterior pertenece al inicio del Libro de la derrota (Azud Ediciones, Argentina, 2010, 240 páginas). Su autora es María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967) y constituye su estreno en la prosa de ficción. Hasta su publicación, era conocida como poeta, género en el cual tiene editado tres títulos: Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace bailar sobre un pingüino ebrio (1989, Premio David), Elogio de la sal (1996) y Electroshock-Palabras (2001). A partir de 1994 vivió durante varios años en Chile y en la actualidad reside en Argentina.

En los primeros capítulos del Libro de la derrota nos enteramos de que Valentina Morera tiene treinta años y pese a la rigurosa educación marxista con la que su padre la atormentó desde la cuna, lisa y llanamente no es comunista. Se dedica a criar en la azotea doce pichones de palomas, a pesar de que lo considera una labor difícil, inútil, sucia y rara. En ella eso respondía a una causa pensada largamente y calculada paso por paso. “Era la historia de una venganza. La historia de un odio. De un odio, si esto fuera posible, visceral. Odiaba desde que tenía conciencia”.

En las páginas siguientes son presentados los demás personajes que van a intervenir en el entramado novelesco. Mosca Blanca es un señor jubilado que ahora dedica su tiempo a espiar a los vecinos y a ir a informar sobre ellos en la estación de policía. Durante su vida laboral recibió numerosas medallas, a las que considera sus compañeras, sus cómplices. Es albino y tiene terror a la luz, razón por la cual usa gafas oscuras. Desde hace años no tiene una erección y mucho menos una eyaculación. Sus pequeñas satisfacciones son de carácter ideológico. Un negro le vendió unos binoculares, que él usa para vigilar a los demás residentes (“Ahora sí los llevaría a todos a juicio, a la cárcel y los expulsaría del edificio. Con buena suerte los expulsaría incluso del país”.). Es justamente mientras realiza esa labor como él descubre su sexualidad.

Al igual que Mosca Blanca, Carmita es una revolucionaria de la vieja guardia. Pese a su edad, está enamorada. El objeto de su deseo es el sargento Retamar, quien piensa que ella y su amiga se escaparon de un famoso cuadro de Antonia Eiriz, que fue la causa de que él abandonara los estudios de pintura e ingresara en la escuela de policía. Otro personaje de la novela es Daniel Urrutia, un joven a quien la cleptomanía lleva a robar madera. Hasta altas horas de la noche se le escucha clavar y clavar. Sin embargo, ninguno de los vecinos sabe qué construye, pues nadie ha logrado entrar a su casa. Completa ese peculiar retablo Celia, una paloma camuflada de rojo que secretamente es entrenada por Valentina Morera para cumplir una arriesgada misión: hacerle un atentado al Comandante.

Aunque posee un núcleo profundamente trágico, la novela de Hernández Caballero está narrada con mucho humor. O dicho de otro modo, es una tragedia contada con estilo humorístico. Asimismo no es tanto que las situaciones sean cómicas, sino que se acercan al absurdo. Se trata además de un humor transgresor, vitriólico, que tiene como fin caricaturizar una realidad que en sí misma es un enorme disparate.

Ese fondo trágico se hace evidente sobre todo en las páginas que siguen al fallido atentado al Comandante. El hecho desencadena una ola represiva a consecuencia de la cual van a dar a la cárcel algunos personajes, incluido el colombófilo que vendió las palomas a Valentina Morera. Por orden expresa del Comandante se inició además una batida para matar a todas las palomas, fueran del color que fuesen. Las calles se llenaron así de cadáveres y por las noches pasaban los camiones de basura para limpiarlas. Los basureros recogían con palas las aves muertas y luego las tiraban en los ríos para que la corriente se las llevase, antes de que llegaran las auras tiñosas.

Por otro lado, hay felicitaciones y reconocimientos para aquellos que supieron cumplir con su deber como revolucionarios y cederistas. Carmita, que informó a la policía sobre los peligrosos y extraños movimientos de Valentina Morera y Celia, la paloma asesina, es condecorada con la medalla Heroína de la Patria, que le entrega el propio Comandante. “Cualquier enemigo diría que esta compañera estaba loca, delirante, dijo. Pero a ella no le había importado, había hecho lo que todos debían hacer”. Pero tanto Carmita como Mosca Blanca no dejan de ser también víctimas de ese mismo régimen al que sirven fielmente. Son personajes desamparados, tristes, que sobreviven como pueden, aunque se equivocan al elegir el modo para lograrlo.

Lo primero a resaltar en Libro de la derrota es que, pese a ser la primera incursión de su autora en la narrativa, el balance literario es, en términos generales, satisfactorio. En su salto al otro género no se notan indicios que delaten sus orígenes poéticos. Hernández Caballero ha optado por un deliberado despojo de ornamentos y complejidades en el lenguaje, y emplea una prosa más directa, sencilla y funcional. Prueba ser el vehículo apropiado para lograr la fluidez de una novela que da prioridad al relato de los hechos que conforman el núcleo argumental.

¿Por qué la autora dio a su obra ese título? En las primeras páginas se reproduce una cita de Cioran que arroja alguna luz. En ella el filósofo rumano se refiere a los atractivos de la debilidad y apunta: “Cuando los débiles son legión, os encantan, os aplastan: Cómo luchar contra un continente de abúlicos?”. Y concluye así esas líneas: “No se abdica de un día para otro: es preciso una atmósfera de retroceso cuidadosamente fomentada, una leyenda de derrota”.

Mucho más clara es al respecto María Elena Hernández Caballero, quien en una entrevista expresó: “Hace tiempo que sabemos que las utopías agonizan. Sin embargo muchos, especialmente en América Latina, se empeñan en ponerle sueros, inyecciones y todo tipo de energizantes a la revolución cubana. Están negados a aceptar que tienen delante un cadáver. Pero nosotros que nacimos y crecimos dentro del proceso revolucionario, que le entregamos lo mejor, nosotros la hemos visto deteriorarse, traicionarnos, corromperse. Este proceso nos amargó, nos dividió, nos expulsó y todavía nos lacera. Para nosotros no puede ser otra cosa que una desilusión, una derrota”.

TRES

“Si perdiera el sentido de la visión, con tan solo una dádiva de la memoria recorrería sin perderme por el trayecto que hicimos juntos millones de veces. Cómo no. Pero algunos de esos recuerdos pueden llegar a ser casi insoportables”. (Leer fragmento del libro.)

Las líneas anteriores corresponden a Gertrudis, uno de los personajes de la novela Sangra por la herida (Ediciones Unión-Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010, 220 páginas). Y en efecto, los recuerdos a los cuales alude resultan dolorosamente insoportables para un grupo de personas que en la década de los 60 eran muy jóvenes. Entonces estaban llenos de planes e ilusiones y muchos de ellos estudiaban en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Como Gertrudis comenta, eran los años de estudiar hasta el amanecer, los helados en Coppelia, las fiestas del sábado por la noche, las guardias, la asistencia a las proyecciones en la Cinemateca de Cuba y el Cine Club Varona, las reuniones de la FEU, los círculos políticos, las funciones de teatro en la sala Tespis, las escapadas al hotel Flamingo para escuchar a Meme Solís, las lecturas de poesía en el Parque de los Cabezones, las peñas y tertulias. Pero aquella no fue solo una etapa de efervescencia cultural, optimismo y sueños luminosos. Fue también la de las depuraciones en la universidad, las prohibiciones más absurdas, la intolerancia, la rigidez ideológica, las delaciones y muchas otras cosas que, como la propia Gertrudis señala, obligaban al disimulo, la doblez y la astucia para sobrevivir.

En Sangra por la herida, Mirta Yáñez (La Habana, 1947) ha realizado una valiente y dolorosa indagación en la memoria de una generación que hoy peina canas. Incorpora así una visión desmitificadora del pasado inmediato que hasta ahora la narrativa cubana había esquivado. Para muchos de los caracteres de la novela, se trata además de un pasado que dejó marcas, una herida sin cicatrizar que aún sangra. Por otro lado, esa etapa aparece vista desde el presente, concretamente los años finales del siglo pasado. Eso da pie para que los personajes repasen los empeños, quimeras e ilusiones de entonces para hacer balance de qué pasó con ellos.

Con ese estilo que mantiene en todas sus intervenciones, Gertrudis discrepa con quienes tratan de glorificar los años 60 como una etapa dorada, destacando los logros y las transformaciones que se hicieron, pero obviando su cara negativa. “Díganmelo a mí. Como si todo aquel tiempo hubiera sido pura diversión, la gente se pone a cantar Imagine y aquí no ha pasado nada. Se están haciendo los bobos, los chivos locos, los suecos, ¿o qué?// Óiganme, ¿nadie se acuerda o no se quieren acordar?”.

A lo largo de la novela se van dibujando las circunstancias y oscilaciones del contexto político y social que fueron desbaratando los sueños de muchos de los que entonces eran jóvenes. Un estudiante de matemáticas amigo de Tristán, otro de los personajes de Sangra la herida, desapareció un día sin que nadie supiese qué le había sucedido. Apareció varias semanas después, flaco, rapado al cero, con una herida larga y profunda en la pierna. Confesó a Tristán que lo recogieron cuando se hallaba en L y 23 y lo llevaron a una granja de trabajos forzados en Ciego de Ávila. Allí cortaba caña de sol a sol junto con unos 100 reclusos, mientras eran vigilados por soldados con armas. Los prisioneros eran, en su mayoría, jóvenes melenudos (“enfermitos”, según el término de la época), así como algunos testigos de Jehová y miembros del Bando de Gedeón. El incidente afectó mucho al joven, que terminó pegándose un tiro.

Con mucho más detalles se cuenta la historia de Herminia, una joven de costumbres un tanto hippies que era algo así como la hermana melliza de Tristán. Trabajaba en el Instituto Cubano de Radiodifusión y desde el inicio pasó a ser vista como una apestada. El simple hecho de estudiar inglés, fumar con boquilla y llevar el pelo corto, fue suficiente para que la tacharan de desviada y extravagante. Fue llamada a contar por haber mencionado en un guión el horóscopo (“El horóscopo, ¡qué es eso!, no se podía tolerar ese rezago del pasado, semejante superchería, peligrosísima.”).

Luego descubrieron que mantenía correspondencia con sus padres, establecidos en Estados Unidos. Eso aumentó la desconfianza hacia ella y motivó que la pusieran bajo vigilancia. Siguieron otras censuras de sus libretos, y a partir de cierto momento todos sus proyectos fueron rechazados sin darle explicaciones. Le asignaban tareas áridas y aburridas, le ponían los horarios más incómodos y en compañía de los colegas más tontos. Finalmente, la eliminaron del puesto. Quedó así en la calle, con el cartelito de “conflictiva”. En un cuaderno había anotado sus planes para el futuro que no pudo materializar: estudiar ruso, hacer una exposición de pintura, dirigir una película, aprender guitarra, escribir un libro sobre arte cubano.

Pero entre todos los casos que se recogen en la novela, el que seguramente más impresiona es de la joven a la que los demás personajes llaman La Difunta. Fue el centro de un oscuro suceso del pasado con el cual todos tienen una atadura. En buena medida, aquel incidente constituye el hilo conductor del desgarrador y necesario exorcismo que es Sangra la herida. En torno a esa estudiante de la Escuela de Letras se montó un siniestro engranaje, cuyo propósito era, según quienes lo orquestaron, “ayudarla”. La apostasía y la delación estaban entonces a la orden del día, y no faltaron compañeros de estudio que se prestaran a la infame tarea de acercarse a ella para luego proporcionar la información con que tenían pensado expulsarla de la universidad.

Los recuerdos de aquellos años se superponen en la novela a la existencia en los años 90 de esa docena de personajes. ¿Qué ha sido de ellos? Unos terminaron en la soledad, la decrepitud o el alcoholismo. Otros, como Martín, se despiertan cada día con una desazón que interpretan como la secuela de su permanente estado de frustración. Tristán optó por tomar el camino del exilio. Y algunos, en fin, ya están muertos. Irónicamente, quien único ha logrado triunfar es la persona que delató a La Difunta. Ahora es funcionaria en una agencia de turismo en Londres. Ha recibido un fax de su esposo y de acuerdo al mismo debe regresar de inmediato a Cuba. Pero la última vez que estuvo en La Habana todo le pareció ajeno, despintado, mugroso, oscuro. De manera que no, no pensaba regresar.

Por otro lado, La Habana no es ya la que conocieron aquellas personas. El deterioro del espacio urbanístico, el jineterismo, la corrupción, el empobrecimiento del lenguaje a un nivel carcelario, la marginalidad que se ha apropiado del ámbito público, son los síntomas más visibles de su decadencia. A manera de sombrías metáforas, esa Habana aparece recreada en las breves viñetas de la Mujer que habla sola en el parque. Una de las expresiones más patéticas y elocuentes está dada a través de la Doctora Carvajal, quien años atrás fue profesora de Gramática en la universidad. Dedicó toda su vida al trabajo y ahora sobrevive, jubilada y soltera. Antes de que falleciera, todas las mañanas se sentaba en una esquina con una cajetilla de cigarros entre las piernas. “No decía palabra ni ofrecía nada, solo permanecía allí, sin moverse, petrificada de vergüenza, hasta que se acercaba un transeúnte y le compraba un cigarrillo que la Doctora Carvajal vendía a peso para poder reforzar el magro retiro que ni le alcanzaba para comer”.

Para plasmar literariamente este doloroso y lúcido retablo generacional, Mirta Yáñez escogió una estructura coral de sólido y perfecto engranaje. Está armado a partir de un contrapunto de voces que responden a diversas edades, experiencias y naturalezas, y que van tejiendo el denso entramado de la novela. Eso permite abordar la historia desde varios puntos de vista, en su mayoría femeninos. En ese sentido, Sangra la herida constituye una especie de modelo para armar, aunque la autora proporciona los elementos necesarios para que el lector pueda recomponerlo. Hay además un elaborado tratamiento del lenguaje, que posibilita a la autora recrear e incorporar registros de la oralidad sin caer en la reproducción naturalista.

Galardonada con toda justicia con uno de los Premios de la Crítica correspondientes a 2010, Sangra la herida es una propuesta narrativa que admira no solo por su ambición, sino además por la solvencia y la madurez con que Mirta Yáñez ha sido capaz de materializarla. Debemos agradecerles, pues, por esta novela que nos ilumina con su honestidad, su desolación y su verdad.

Nuevo LIBRO: Cuentistas del Pen

Posted in Caja de Libros, Eventos by Eddy D. Souza on 03/02/2012

El PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio
y La otra esquina de las palabras

invitan a la presentación del libro

Cuentistas del Pen

con la participación de los escritores
Ángel Cuadra, Luis de la Paz, Manuel C. Díaz y Ofelia Martín Hudson

Café Demetrio
300 Alhambra Circle, Coral Gables
305-448-4949

Viernes 2 de marzo – 7:00 p.m.

Manuel C. Díaz (La Habana, 1942.) Fue encarcelado por intentar abandonar el país en una lancha. Indultado en 1979, se radicó en Miami con su familia, donde vive desde entonces. En 1993 publicó El año del ras de mar, una novela corta donde narraba parte del horror que le ha tocado vivir al pueblo cubano. En 1996 publicó Un paraíso bajo las estrellas, una colección de cuentos cortos y en 2001 publicó la novela Subasta de sueños, en la que abordó, una vez más, el doloroso tema de la tragedia cubana. Sus trabajos han aparecido en diferentes revistas literarias y ha sido incluidos en varias antologías de escritores cubanos exiliados. Es miembro fundador del PEN Club de Miami. Desde hace quince años escribe reseñas literarias, crónicas de viaje y artículos sobre música para El Nuevo Herald.

Ofelia Martín Hudson. Poeta, narradora y ensayista, nacida en La Habana. Se trasladó a Estados Unidos con sus padres en 1960, donde ha residido desde entonces. En ese país recibió una licenciatura en Literatura Española y Pedagogía en la Universidad de Miami, y una maestría y doctorado en Literatura Española en la Universidad de Emory en la ciudad de Atlanta, Georgia. Además ha hecho estudio de Historia y Antropología en la Universidad de Miami. Ha publicado Unamuno y Byron: la agonía de Caín (ensayo,1996), Contar y otras hazañas (cuentos, 1997), y Poemas de arena y sal (poesía, 2001). Fue durante muchos años profesora en el Miami Dade College, hasta su jubilación.

Luis de la Paz. Escritor y periodista. Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de la revista Mariel (1983-1985) y de Nexos (1998-2001) de difusión electrónica. Entre el 2001 y el 2008 edita El ateje, revista de literatura cubana. Ha publicado los libros de relatos: Un verano incesante, El otro lado y Tiempo vencido, así como la recopilación de textos y documentos Reinaldo Arenas, aunque anochezca y la selección Teatro cubano de Miami. Es crítico literario y columnista de arte, literatura y espectáculos de Diario Las Américas y vicepresidente del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio.

Ángel Cuadra. Poeta y ensayista. Presidente y fundador del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio. Tiene una larga obra poética, donde destacan Esa tristeza que nos inunda, Las señales y los sueños, Réquiem violento por Jan Palach, Diez sonetos ocultos y De los resúmenes y el tiempo, entre otros.

NOVELA de Matías Montes en Nueva York

Posted in Caja de Libros, Eventos by Eddy D. Souza on 03/02/2012

Bajo el patrocinio del

Centro Cultural Cubano de Nueva York

tendrá lugar la presentación de la novela

UN BRONCEADO HAWAIANO
de Matías Montes Huidobro

en New York
el sábado 17 de marzo a las 4 de la tarde
en los salones de MGS Advertising Agency, 817 Broadway (esquina a la calle 12) 2do piso, NYC 10003

Más conocido como dramaturgo, el escritor cubano Matías Montes Huidobro, finalista del Alfaguara y el Planeta en fechas tan tempranas como 1968 y 1970 respectivamente, tiene una larga trayectoria como novelista, que es reconocida desde el año 1975 cuando el Fondo de Cultura Económica de México publica y premia Desterrados al fuego, una única mención honorífica en el concurso Primera Novela, que contó con un jurado de lujo formado por Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Juan Goytisolo. A ella seguiría Segar a los muertos (finalista del Sésamo y el Cáceres de novela corta) publicada por Ediciones Universal en 1980, hasta recibir el prestigioso premio Café Gijón en 1997 por Esa fuente de dolor (Algaida, 1999). En el 2001 Bilingual Press de la Universidad de Arizona da a conocer Concierto para sordos y Betania le publica Parto en el cosmos (finalista del Ateneo de Santander) en 2002. Obras todas ellas reconocidas por la crítica más exigente, su prosa ha sido comparada con Dostoievsky, Gogol, Kafka, Beckett, Camus, Sartre y Suskind.

Un bronceado hawaiano, que subtitula un film noir, es su última novela. Representa un cambio de giro, una aproximación lúdica que lo lleva de la mano a la novela negra, y aunque no faltan en ella los ingredientes que cabe esperar en el género (sexo, cinismo, engaños, traición, hipocresía y chantajes), la inquietante idea del doble que preside toda la obra, de la bipolaridad caracterológica que hay en la condición humana, acrecienta el suspense de este estupendo collage fílmico, más complejo de lo que primera vista pudiera parecer. De esta forma, trasciende el tópico de la novela detectivesca donde los clásicos de la literatura (Shakespeare, Stevenson, Victor Hugo, Dostoievski) forman parte del juego y se codean con un hilarante detective chino con connotaciones quijotescas). Trabajada como un film noir, Montes Huidobro dejará a su vez constancia del vínculo cubano de una generación de escritores en la cual el cine, industria y arte de nuestro tiempo, formó parte del movimiento de vanguardia de los años cincuenta en Cuba, y a la cual hará referencia en el transcurso de su charla, más allá de los límites de la presentación estricta de su novela.

CRÓNICA del quinquenio gris

Posted in Caja de Libros by Eddy D. Souza on 02/06/2012

Roberto Madrigal *
Diletante sin causa l 01/28/2012.

Just because you are paranoid doesn’t mean they aren’t after you
Yossarian en Catch-22, de Joseph Heller

La historia de la literatura en los países que han sufrido regímenes totalitarios está plagada de obras y autores que se han dado a conocer mucho después de ser escritas, o bastante tiempo después del momento para el que debieron ser escritas o después de muertos los autores.

Basten, entre otros, los ejemplos de Cuentos de Kolyma, de Shalamov, Vida y destino, de Grossman o las narraciones y piezas teatrales de Josef Svorecky y de Bohumir Hrabal. En Cuba, de manera un poco tardía por una parte, pero antes de la caida final del totalitarismo, está empezando a suceder. Pájaro de cuenta es una de ellas.

El pájaro de cuenta de esta novela no es otro que Virgilio Piñera (1912-1979), sobre cuyos penúltimos días gira la trama. A partir de aquí, Manuel Ballagas (La Habana, 1948), autor de la novela Descansa cuando te mueras, hilvana diálogos, situaciones, recuerdos y enfrentamientos, probablemente imaginarios pero muy cercanos a la realidad, que suceden durante unos días de octubre de 1979, en el último otoño de un otoñal Piñera “padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire” como repetidamente se ocupa el autor de presentarlo, entre éste y algunos miembros de su círculo más íntimo (que como veremos, no por íntimo es inofensivo), que nos llevan hacia atrás y de nuevo al presente, haciendo al lector enfrentar el ambiente de persecución policial que caracterizó toda la etapa del mal llamado “Quinquenio Gris” y a la vez presentar al creador sometido a la humillación y habitando su ostracismo.

El angustioso descenso del marginado

Estamos ante el angustioso descenso final de un artista marginado que enfrenta sus demonios personales y a sus funcionarios enemigos en la más absoluta soledad y en un paralizador desasosiego.

Ballagas, que se inició temprano en la literatura como uno de los integrantes del grupo ahora llamado El Puente y que tras sufrir la censura de su primera obra narrativa por decisión directa de Fidel Castro, por su condición de marginado, se movió a la deriva en el universo cultural cubano hasta que terminó en prisión. Sabe de lo que habla. Por estas páginas transitan Antón Arrufat, José Rodríguez Feo, Miguel Barnet, Reynaldo González, Cintio Vitier, Jesús Díaz, Norberto Fuentes y muchos más. No escatima juicios lacónicos y socarrones sobre muchos de nuestros hombres de letras, ajustes de cuenta provocadores ante los cuales el lector puede tomar partido.

Asi define a César López como “un poeta lamentable, totalmente prescindible en cualquier enumeración seria”. A Abelardo Estorino como “autor de una obra de poca monta y totalmente prescindible en la historia del teatro cubano, Los mangos de Caín. Miguel Barnet es “el autor de un seminal poema al Ché Guevara -el de pluma por pistola ni más ni menos“. De Arrufat pone en boca de Virgilio que “Antón no escribía, sólo copiaba muy bien… estaba escribiendo ya Los siete contra Tebas, copiada, como era de esperar, de un clásico griego”.

El propio Ballagas aparece en la novela como un alter ego que molesta a los otros personajes y que se adentra fortuitamente en una situación en la cual termina burlándose de Silvio Rodríguez.

Mayormente narrada en tono realista, la figura del poeta Emilio Ballagas, padre del autor, entra en juego como un fantasma, incialmente apenas pereceptible, pero cuya presencia al final de la novela se ajusta al vuelco surrealista que sufre la narración. En su último capítulo, la novela ofrece una versión pesadillesca de la muerte de Virgilio, narrada como una tragedia shakespeariana, solamente que aquí parece que Julio César está escrito por Charles Bukowski (autor que sé que Ballagas conoce muy bien, a diferencia de muchos autores cubanos a los cuales se les atribuye su influencia).

Retrato del artista arrinconado

Piñera llega a su final arrastrando la carga de varios arrinconamientos, que vienen desde los años de Orígenes y todavía le asedian, como un hombre empecinado, a la quimérica espera de un indulto que justifique su sacrificio y su decisión de permanecer en una sociedad que lo detesta por su acerbo y por su homosexualidad. Desnudo entre lobos sin querer enterarse. Un César rodeado de un senado que lo traiciona porque siempre respondió a otro emperador. Alguien que se niega a ver venir lo que él mismo predijo. Su muerte vendrá a liberarlo de un ambiente lleno de envidias, rencillas, chismes peligrosos y toda la excrecencia humana que encarnan los personajes de esta novela.

Ballagas mueve su prosa ágilmente, con un eficiente uso del leit motiv y una poética que convierte lo soez en elegante arma literaria. Se mueve con soltura por un posible pantano narrativo y sale de él con éxito artístico.

En este año, que en Cuba las autoridades culturales que aquí se denuncian han convertido en “año virgiliano” y a lo largo del cual se sucederán, a ambos lados del estrecho de la Florida, sacarinosos y pomposos homenajes a la figura literaria de Piñera en su centenario, muchos sinceros, otros llenos de hipocresía y otros solamente para aumentar el resumé y el ego personal de los académicos de turno, este libro, a pesar del pesimismo y el dolor que lo envuelve, no pudo haber salido en un momento más oportuno. Es un verdadero aporte a la memoria de una etapa y de al menos un par de generaciones.

Manuel Ballagas: Pájaro de cuenta. Editado por: lulu.com, EEUU, 2012. Puede obtenerse ya en Lulu y estará disponible a través de amazon.com.

* Roberto Madrigal nació en La Habana (1950) es autor de la novela Zona congelada (CBH Books, 2005); co-autor de la recopilacion de ensayos Voces del silencio (Termino Editorial, 1996) y editor de la revista literaria: Termino (1982-84). Ha publicado diversos artículos en revistas y diarios de los Estados Unidos. Es profesional de la psicologia y actualmente vive en Cincinnati, Ohio. Para mayor información: madrigalecay@gmail.com

‘Cartas a Margarita y Jorge Camacho’, expresivo TESTIMONIO de la vida de Reinaldo Arenas

Posted in Caja de Libros by Eddy D. Souza on 11/20/2011

José Abreu Felippe
El Nuevo Herald l 11/20/2011

Lo primero que se desprende de la lectura de las Cartas a Margarita y Jorge Camacho (1967-1990) de Reinaldo Arenas (1943-1990) publicadas por la Editorial Point de Lunettes en Sevilla, España, el año pasado, es el papel fundamental, clave, que jugó esta pareja de artistas en la vida del trágico escritor cubano. En 1967 Carlos Franqui y Wifredo Lam cursaron invitaciones para el Salón de Mayo a celebrarse en el mes de julio en Cuba. Jorge y Margarita Camacho figuraban entre los participantes. Jorge vio Celestino antes del alba -la primera y única novela de Reinaldo publicada en Cuba- en una librería, la compró y la leyó en una noche. El texto le fascinó e hizo contactos con el fin de localizar al autor. Un Reinaldo receloso y parco acudió a la cita en el Hotel Nacional, pero enseguida se percató de la sinceridad de aquellas personas y así nació una amistad -y una correspondencia- que se prolongaría por 23 años, hasta la muerte del escritor.
Este libro, con edición y notas de Margarita Camacho, recoge la casi totalidad de las cartas escritas por el escritor holguinero durante ese período. Margarita lo resume así en su Presentación: “Estas cartas son, pues, un expresivo testimonio de la mitad de la vida de Reinaldo, puede decirse que de casi todo su ciclo vital como escritor, y, desde luego, la confirmación de muchos de los datos que él mismo narra en sus autobiografía Antes que anochezca”. El libro se complementa con un Apéndice donde se recogen 28 documentos, algunos de ellos publicados por primera vez, que esclarecen y amplían algunos de los temas tratados en la correspondencia, entre ellos un carta de Oneida, la madre de Reinaldo hablando de su infancia; una carta desesperada de Reinaldo a Aurelio Cortés, un presunto amigo a quien había confiado su novela Otra vez el mar y que se negaba a devolvérsela; la narración de Joris Lagarde de su viaje a La Habana, enviado por los Camacho, para sacar a Reinaldo de Cuba, que en ese momento se hallaba huyendo, escondido en el Parque Lenin; el comunicado que escribió Reinaldo en dicho Parque dirigido “A la Cruz Roja Internacional, a la ONU, a la UNESCO y a los pueblos que aun tienen el privilegio de poder conocer la verdad” denunciando la situación en la que se encontraba; entre otros valiosos textos. También el libro se enriquece con fotografías, la mayoría inéditas; y un sentido y lúcido texto de Zoé Valdés. Un material, en su conjunto, de imprescindible lectura para aquellos que deseen conocer mejor la vida y la obra del autor de El mundo alucinante.
Para las personas que amaron al escritor y para los lectores, que lo admiran por su obra, leer esta correspondencia es una tarea dolorosa. Todas sus angustias, sus obsesiones, el acoso y la persecución que sufrió en su país, el temor a perder su obra, están reflejados en estas cartas. Algunos temas, disfrazados, como los planes para escapar del infierno, a los que aludía mediante la expresión, “El libro de las flores”. La saña con que fue perseguido el manuscrito de su novela Otra vez el mar, no tiene precedentes en la literatura cubana. Escrita tres veces entre finales de la década de los años 60 y los primeros años de la del 70, fue, por otro lado, ejemplo de la obstinación del escritor por hacer lo que entendía que debía hacer: escribir su obra. Registros, intimidaciones a los amigos -uno de ellos, Aurelio Cortés, según Reinaldo, acabó entregándosela a la policía-, acoso y vigilancia constantes, no pudieron impedir que la terminara. “La policía perseguía mis manuscritos como si fueran auténticos crímenes”, escribe Reinaldo en una de las cartas.
Grandes y pequeños personajes -y personajillos-, desfilan por sus páginas. Unos buenos, otros oportunistas y sanguijuelas miserables. También destacan los hermosos momentos que vivió, incluso ya enfermo, en compañía de Jorge y Margarita, una pareja de artistas excepcionales que lo amaron, lo ayudaron y protegieron todo lo que pudieron. El mismo año de su muerte logra concluir El color del verano, que él consideraba su mejor novela, y su autobiografía Antes que anochezca. En las cartas se nota la alegría.
Este 7 de diciembre se cumplirán 22 años de la muerte de Reinaldo Arenas. ¿Qué queda de aquellas ratas que le hicieron la vida imposible? ¿Quién recordará sus nombres o sus obras si es que tuvieron? No lo sé, ni me importa. De lo que estoy seguro es que a pesar de comisarios y policías, de resentidos y envidiosos, la obra de Reinaldo Arenas, está ahí, gritando, para los cubanos de hoy, para los de mañana: ¡no te detengas!

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