Por Eddy D. Souza
Grupo: Avante
Obra: La Celestina
Día: julio 26, 2008
Lugar: Carnival Studio Theater
De la mano de la música y los cantos, entraron las luces. Al centro de la escena, una tarima se mostraba como único elemento escenográfico. Dispositivo que fue utilizado además como espacio de representación. Suerte de escenario dentro del escenario. De entre las cortinas del fondo, que asocié con el muro de la tragicomedia, emergieron, una y otra vez, figuras y personajes.
Justo cuando los actores mostraron sus máscaras adheridas a la piel, surgió el primer quiebre —ese encuentro entre la perspectiva del expectante y lo espectacular―. En ese punto, comencé a interrogarme acerca de lo que vería. Y en ese mismo punto, se materializó el distanciamiento brechtiano. Tras su antifaz, el actor tuvo plena licencia para decir y hacer desde varios ángulos del alma y de la conciencia. El maquillaje, diseñado y realizado por Alejandro Galindo y Naarai Ortiz, encontró aquí la oportunidad de traducirse en símbolo. El maquillaje (y la intención de la dirección, evidentemente), más allá de proponer fisonomías, ofreció máscaras para la historia. La historia de La Celestina —en este caso―, escrita por Fernando de Rojas y versionada por Raquel Carrió para el grupo Avante.
La versión es plausible y arriesgada, pieza para voces, música, imágenes y palabras, en la que mucho importa el ritmo del verso y la fluidez de la metáfora en prosa. La música, creación de Héctor Agüero, respaldó la intención lírica del texto y de la puesta. Y sin rendirse al facilismo o a los estereotipos, consiguió como resultado una banda sonora de nítidas reminiscencias caribeñas. Intención que se adelanta desde la propuesta dramatúrgica de Carrió, que se esmera en actualizar el lenguaje y comunicarnos con nuestras expresiones y nuestros refranes populares; todo ello, con el propósito de ofrecer una lectura más contemporánea y, si se quiere, más cercana a nuestra idiosincrasia caribeña.
Cinco personajes, en la versión de Carrió, fueron suficientes para tejer la trama. Calixto, Melibea, la vieja Celestina, Sempronio, el criado (convertido aquí en juglar, fabulista), y su amada (cómplice en la narración, aunque con menos peso), la prostituta Elicia. Sempronio dibuja la escena, proyecta el tapiz sobre el que se cruzarán los hilos o las vidas de cada uno de los personajes. Y, seguidamente, se desprende el discurso del enamorado Calisto: “Melibea soy, a Melibea amo y en Melibea creo”. A tantos requiebros y suspiros, aconseja Sempronio la tercería de Celestina. Y Calisto, cándido y enamorado, pone en la vieja sus esperanzas y monedas. De toda esta transacción, también Sempronio piensa sacar provecho: el amor de Elicia ―que implica apartarla de sus prácticas y de la tutela de Celestina―, y una buena tajada de la fortuna de su amo. Es aquí donde los hilos se tuercen. Es aquí donde pasión y codicia se amalgaman. Sempronio, da muerte cruel a Celestina, hundiéndole la espada de su amo. Calisto y Melibea, también hallan la muerte, justo en la primera noche de su encuentro amatorio.
En esta escena de la muerte de los jóvenes, Lilliam Vega, directora de la puesta, logró reproducir un cuadro realmente conmovedor y plástico. Los cuerpos desnudos de los amantes, Calisto y Melibea, ya sin vidas, parecían dibujados en un gran lienzo de sombras. La luz resaltó el púrpura que los envolvía, paños como cordones de sangre. Mientras, en el pequeño escenario dentro del escenario, la máscara agrietada de Celestina se convirtió en otro objeto pictórico, distinto y distante de la composición del fondo. Resultó un último diálogo de imágenes.
Esta distancia entre figuras, por cierto, marcó la obra de principio a fin. Diferencias palmarias entre ricos y pobres, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, cándidos y libertinos…, dualidades éstas muy presentes en la estructura de la comedia clásica. De igual modo fluyeron las historias amorosas, como en líneas paralelas: por un lado, el turbio y dependiente afecto entre Celestina y Elicia; por otro, el primitivo sentimiento de Sempronio hacia la criada y, finalmente, el amor sublimado de Calisto y Melibea.
Para diluir esas severas márgenes, Lilliam Vega se apoyó en Bertolt Brecht. Su Celestina está plena de cantos, risas y parodias. Jorge Luis Álvarez no desaprovechó esta oportunidad y le añadió al terco Calisto —además del duende lorquiano y la vitalidad del cuerpo joven― una inocencia jocosa, fruto evidente del trabajo técnico que lo llevó a distanciarse del personaje. Personaje que —a pesar del diseño dramatúrgico un tanto esquemático― consiguió el actor vestir con matices y texturas, construyendo así una imagen dinámica y lírica, sin excesos. Geraldine Townson, transmitió la ternura y belleza que caracterizan a Melibea; sin embargo, no fueron suficientes elementos para proyectar toda la dimensión del personaje. Por su parte, Jacqueline Briceño, en el rol de Elicia, llenó de vivacidad la escena. Adornó su personaje con una sugerente narrativa gestual y le imprimió buena energía. Es una actriz que (re)crea con su voz. Sus mejores momentos transcurrieron junto a Sempronio, en chispeantes diálogos.
Gerardo Riverón, en el rol de Celestina, fue como un torrente de agua herida. El intérprete supo mezclar, sabiamente, la alegría, la ternura, la soledad y la rabia. Su personaje palpitó, suscitó compasión y aversión al mismo tiempo… Su entrega fue visceral, pero el estatismo al que se le redujo —en ciertas escenas―, terminó por restarle fuerza dramática y energía. En tales escenas, Celestina queda presa de su vestido y acorralada en su reducido espacio. Si bien esta propuesta tuvo un importante impacto visual y estético, su prolongación (o falta de resolución) quebrantó el tempo de la obra.
Julio Rodríguez representó a Sempronio. También él entendió las coordenadas de Lilliam Vega y dejó que la piel de su personaje ―esa máscara impertinente y pícara—tomara aire fuera de su cuerpo. Ello le facilitó, de cuando en vez, vestir el traje del trovador para monologar con su auditorio. Supo Rodríguez entregar sobre la escena una delicada obra de engranaje. Hizo una precisa selección de tonos e intensidades que se apoyaron ―en ocasiones— en sus resonadores corporales, trabajó la gestualidad, el verso, la imagen y el subtexto, e imprimió a su personaje una dinámica que arrastró al auditorio, tanto a la risa como al sobresalto.
Así transcurrió la obra: de la alegría a la honda tristeza. Luego, la luz sepultó la última máscara. Momentos antes, tuvo el público la oportunidad de contemplar el rostro agrietado de aquella mujer, Celestina, convertida en mármol caído.
Una propuesta tan lírica y polisémica, como la creada por Lilliam Vega, debe haber dejado en cada uno de sus espectadores una pequeña verdad (cualquier verdad); o, mínimo, una señal. Y el goce, claro está. Porque el montaje es una invitación al disfrute estético, a la risa franca, al encuentro con la poesía (y lo poético), a la reflexión acerca de los principios morales y éticos, al reencuentro con uno mismo y al (re)descubrimiento de las máscaras, esas figuras calladas en su inocencia y esas figuras caladas por la amargura, que mueven los hilos de la vida y de la muerte.
Miami, julio 31, 2008