HOMENAJE A JULIO MATAS EN TEATRO EN MIAMI STUDIO

Agosto 20, 2008

 Por Olga Connor

Fuente: El Nuevo Herald. Miami, agosto 19, 2008.

Disponible también en el blog del Instituto Cultural René Ariza.

 

En merecido homenaje al dramaturgo, narrador y ensayista cubano Julio Matas, Laura Zerra y Eddy Díaz Souza, en colaboración con Teatro en Miami Studio, presentaron la lectura dramática de la obra La crónica y el suceso, dirigida por Díaz Souza. La obra emocionó a Virgilio Piñera, contó el escritor Luis González-Cruz, en su breve introducción el jueves pasado en el teatro de la Calle Ocho y la avenida 25, pero nunca fue estrenada hasta ahora, 44 años después de publicada.

González Cruz expresó que cuando lo conoció en La Habana, Matas acababa de realizar estudios en Harvard University y se le recordaba por haber puesto en escena La soprano calva, de Ionesco en 1956. Matas, quien fue actor y director dramático en Cuba, dejó luego la isla y obtuvo una cátedra de literatura en Pittsburg University, en Pennsylvania, desde donde comenzó a realizar trabajos críticos, pero siguió escribiendo obras dramáticas y la novela Entre dos luces, ”aunque su verdadero anhelo ha sido siempre el teatro”, dijo Matas.

Con el elenco de Fernando Pellegrín, Mercedes Ruiz, Jorge Ovies, Laura Zerra, Rodolfo Valdés Sigler, Lisaida Mansito, Reinaldo González Guedes y Pedro Muñoz, la lectura de La crónica y el suceso resultó entretenida y creó la expectativa de una posible futura puesta en escena por su estructura tan novedosa –”no tiene arrugas después de tantos años”, comentó Gónzalez Cruz– y por su tema de personajes citadinos que se reúnen en un café y terminan en una corte de justicia. Con distintos puntos de vista en una escenificación de un juicio en el escenario, Julio Matas como autor es también personaje ficticio que resulta muerto. Los crímenes pasionales aparecían en la crónica roja, y los juzgados eran tema de sainetes y sketches del teatro bufo. Matas hace aquí un cruce de lo bufonesco, como dice Pedro R. Monge Rafuls en el programa, con el teatro del absurdo y el realismo de la típica comedia cubana, lo que lleva a sorpresa tras sorpresa en el desarrollo de la obra.


HOMENAJE a Julio Matas

Agosto 9, 2008

La actriz y promotora teatral Laura Zerra y el dramaturgo Eddy Díaz Souza, en colaboración con Teatro en Miami Studio, han organizado un acto para homenajear al maestro Julio Matas (La Habana, 1931), figura significativa del teatro y las letras cubanas. Julio Matas, novelista, poeta, ensayista y dramaturgo cuya obra ha sido publicada en Estados Unidos, América Latina y Europa es el responsable de introducir y difundir el teatro del absurdo en Cuba, al dirigir en La Habana, La soprano calva de Ionesco y Falsa alarma de Virgilio Piñera. Matas fue un director de visión futurista, reconocido en Cuba hasta su salida de la Isla. En su exilio fue profesor de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Pittsburg en Pennsylvania, de donde es Profesor Emérito.

De este dramaturgo y crítico, Matías Montes Huidobro ha dicho en su fascinante análisis Persona, vida y máscara en el teatro cubano, al hablar sobre la obra mencionada: “(…) No es casual que Matas sea un escritor que se ha formado en el teatro. Actor también, fascinado por el juego de realidades, se deja llevar de una a la otra, impulsado por el ejercicio del virtuoso”.

El Dr. Luís González Cruz hablará de la trayectoria del maestro Julio Matas, en el homenaje que se le rendirá este 14 de agosto. La lectura dramatizada de la obra La crónica y el suceso, cuenta con un formidable elenco integrado por Fernando Pelegrín, Mercedes V. Ruiz, Jorge Ovies, Laura Zerra, Rodolfo Valdés Sigler, Lizaida Mansito, Reinaldo González Guedes y Pedro Muñoz, bajo la dirección de Eddy Díaz Souza.

 

 

HOMENAJE A JULIO MATAS

Día: 14 de agosto de 2008

Hora: 8:00 p.m.

Lugar: Teatro en Miami Studio

Dirección: 2500 SW 8 Street (2nd floor) Miami.

Teléfono: 305-551.7473

Contribución: $ 5.00


Máscaras para contar historias de amor y odio

Agosto 3, 2008

Por Eddy D. Souza

 

Grupo: Avante

Obra: La Celestina

Día: julio 26, 2008

Lugar: Carnival Studio Theater

 

 

De la mano de la música y los cantos, entraron las luces. Al centro de la escena, una tarima se mostraba como único elemento escenográfico. Dispositivo que fue utilizado además como espacio de representación. Suerte de escenario dentro del escenario. De entre las cortinas del fondo, que asocié con el muro de la tragicomedia, emergieron, una y otra vez, figuras y personajes.

Justo cuando los actores mostraron sus máscaras adheridas a la piel, surgió el primer quiebre —ese encuentro entre la perspectiva del expectante y lo espectacular―. En ese punto, comencé a interrogarme acerca de lo que vería. Y en ese mismo punto, se materializó el distanciamiento brechtiano. Tras su antifaz, el actor tuvo plena licencia para decir y hacer desde varios ángulos del alma y de la conciencia. El maquillaje, diseñado y realizado por Alejandro Galindo y Naarai Ortiz, encontró aquí la oportunidad de traducirse en símbolo. El maquillaje (y la intención de la dirección, evidentemente), más allá de proponer fisonomías, ofreció máscaras para la historia. La historia de La Celestina —en este caso―, escrita por Fernando de Rojas y versionada por Raquel Carrió para el grupo Avante.

La versión es plausible y arriesgada, pieza para voces, música, imágenes y palabras, en la que mucho importa el ritmo del verso y la fluidez de la metáfora en prosa. La música, creación de Héctor Agüero, respaldó la intención lírica del texto y de la puesta. Y sin rendirse al facilismo o a los estereotipos, consiguió como resultado una banda sonora de nítidas reminiscencias caribeñas. Intención que se adelanta desde la propuesta dramatúrgica de Carrió, que se esmera en actualizar el lenguaje y comunicarnos con nuestras expresiones y nuestros refranes populares; todo ello, con el propósito de ofrecer una lectura más contemporánea y, si se quiere, más cercana a nuestra idiosincrasia caribeña.

Cinco personajes, en la versión de Carrió, fueron suficientes para tejer la trama. Calixto, Melibea, la vieja Celestina, Sempronio, el criado (convertido aquí en juglar, fabulista), y su amada (cómplice en la narración, aunque con menos peso), la prostituta Elicia. Sempronio dibuja la escena, proyecta el tapiz sobre el que se cruzarán los hilos o las vidas de cada uno de los personajes. Y, seguidamente, se desprende el discurso del enamorado Calisto: “Melibea soy, a Melibea amo y en Melibea creo”. A tantos requiebros y suspiros, aconseja Sempronio la tercería de Celestina. Y Calisto, cándido y enamorado, pone en la vieja sus esperanzas y monedas. De toda esta transacción, también Sempronio piensa sacar provecho: el amor de Elicia ―que implica apartarla de sus prácticas y de la tutela de Celestina―, y una buena tajada de la fortuna de su amo. Es aquí donde los hilos se tuercen. Es aquí donde pasión y codicia se amalgaman. Sempronio, da muerte cruel a Celestina, hundiéndole la espada de su amo. Calisto y Melibea, también hallan la muerte, justo en la primera noche de su encuentro amatorio.

En esta escena de la muerte de los jóvenes, Lilliam Vega, directora de la puesta, logró reproducir un cuadro realmente conmovedor y plástico. Los cuerpos desnudos de los amantes, Calisto y Melibea, ya sin vidas, parecían dibujados en un gran lienzo de sombras. La luz resaltó el púrpura que los envolvía, paños como cordones de sangre. Mientras, en el pequeño escenario dentro del escenario, la máscara agrietada de Celestina se convirtió en otro objeto pictórico, distinto y distante de la composición del fondo. Resultó un último diálogo de imágenes.

Esta distancia entre figuras, por cierto, marcó la obra de principio a fin. Diferencias palmarias entre ricos y pobres, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, cándidos y libertinos…, dualidades éstas muy presentes en la estructura de la comedia clásica. De igual modo fluyeron las historias amorosas, como en líneas paralelas: por un lado, el turbio y dependiente afecto entre Celestina y Elicia; por otro, el primitivo sentimiento de Sempronio hacia la criada y, finalmente, el amor sublimado de Calisto y Melibea.

Para diluir esas severas márgenes, Lilliam Vega se apoyó en Bertolt Brecht. Su Celestina está plena de cantos, risas y parodias. Jorge Luis Álvarez no desaprovechó esta oportunidad y le añadió al terco Calisto —además del duende lorquiano y la vitalidad del cuerpo joven― una inocencia jocosa, fruto evidente del trabajo técnico que lo llevó a distanciarse del personaje. Personaje que —a pesar del diseño dramatúrgico un tanto esquemático― consiguió el actor vestir con matices y texturas, construyendo así una imagen dinámica y lírica, sin excesos. Geraldine Townson, transmitió la ternura y belleza que caracterizan a Melibea; sin embargo, no fueron suficientes elementos para proyectar toda la dimensión del personaje. Por su parte, Jacqueline Briceño, en el rol de Elicia, llenó de vivacidad la escena. Adornó su personaje con una sugerente narrativa gestual y le imprimió buena energía. Es una actriz que (re)crea con su voz. Sus mejores momentos transcurrieron junto a Sempronio, en chispeantes diálogos. 

Gerardo Riverón, en el rol de Celestina, fue como un torrente de agua herida. El intérprete supo mezclar, sabiamente, la alegría, la ternura, la soledad y la rabia. Su personaje palpitó, suscitó compasión y aversión al mismo tiempo… Su entrega fue visceral, pero el estatismo al que se le redujo —en ciertas escenas―, terminó por restarle fuerza dramática y energía. En tales escenas, Celestina queda presa de su vestido y acorralada en su reducido espacio. Si bien esta propuesta tuvo un importante impacto visual y estético, su prolongación (o falta de resolución) quebrantó el tempo de la obra.   

Julio Rodríguez representó a Sempronio. También él entendió las coordenadas de Lilliam Vega y dejó que la piel de su personaje ―esa máscara impertinente y pícara—tomara aire fuera de su cuerpo. Ello le facilitó, de cuando en vez, vestir el traje del trovador para monologar con su auditorio. Supo Rodríguez entregar sobre la escena una delicada obra de engranaje. Hizo una precisa selección de tonos e intensidades que se apoyaron ―en ocasiones— en sus resonadores corporales, trabajó la gestualidad, el verso, la imagen y el subtexto, e imprimió a su personaje una dinámica que arrastró al auditorio, tanto a la risa como al sobresalto.

Así transcurrió la obra: de la alegría a la honda tristeza. Luego, la luz sepultó la última máscara. Momentos antes, tuvo el público la oportunidad de contemplar el rostro agrietado de aquella mujer, Celestina, convertida en mármol caído.

Una propuesta tan lírica y polisémica, como la creada por Lilliam Vega, debe haber dejado en cada uno de sus espectadores una pequeña verdad (cualquier verdad); o, mínimo, una señal. Y el goce, claro está. Porque el montaje es una invitación al disfrute estético, a la risa franca, al encuentro con la poesía (y lo poético), a la reflexión acerca de los principios morales y éticos, al reencuentro con uno mismo y al (re)descubrimiento de las máscaras, esas figuras calladas en su inocencia y esas figuras caladas por la amargura, que mueven los hilos de la vida y de la muerte.     

 

Miami, julio 31, 2008


ÚLTIMAS funciones de El reloj dodecafónico

Julio 10, 2008

Teatro en Miami Studio finaliza la temporada de El reloj dodecafónico, obra escrita y dirigida por Ernesto García . El más reciente trabajo de este colectivo, podrá ser apreciado en su sede: 2500 SW 8 ST (segundo piso), Miami, los días 11, 12, 18 y 19 del mes de julio (viernes y sábados), a las 8:30 pm.   

El reloj dodecafónico es un drama que penetra los más oscuros, profundos y sombríos sentimientos humanos. El desamor, el egoísmo, el miedo a envejecer en un mundo donde la belleza física parece la única virtud. Contada de un modo fantasioso, a la manera de sus anteriores obras (El Celador del Desierto, Sangre, Aromas de un Viaje) Ernesto García presenta una reflexión sobre el tiempo y el amor”.

Teléfono para reservas y contacto: (305) 551.74 73


ICRA cierra ciclo de lectura dramatizada

Junio 24, 2008

El Instituto Cultural René Ariza (ICRA) ha culminado, este jueves 19 de junio, el ciclo de lecturas pautadas para este año, que incluyó las siguientes obras: Flores no me pongan, original de Rita Martin (realizada el 17 de enero), El vestido rojo, de José Corrales (leída el 21 de febrero), Lina, de Marcos Miranda (lectura del 20 de marzo), Siempre tuvimos miedo, de Leopoldo Hernández (del 24 de abril) y El Mayor General hablará de teogonía, escrita por José Triana (lectura del 19 de junio).    

 Esta pieza, de estructura circular -a la manera Chejoviana- fue escrita en 1957 por José Triana (Camagüey, 1931) y estrenada en La Habana, el 17 de octubre de 1960 (en el tercer lunes de teatro cubano, en la sala Arlequín) por David Camps, con las actuaciones de Asenneh Rodríguez como Petronila, Laura Zarrabeitia en el rol de Elsiria, Armando Lafont en el papel de Higinio y José Herrera como el Mayor General.  

En esta oportunidad, la lectura en escena de esta obra se realiza en la sala Teatro en Miami Studio, bajo la dirección de Yvonne López Arenal. Desde el programa de mano, se nos hace saber:

El Mayor General hablará de teogonía está ambientada en 1929. Dos hermanas, Elisiria y Petronila, junto a Higinio, el marido de una de ellas, aguardan la llegada del Mayor General. Mientras aguardan, el pasado va abriéndose paso y revelando los misterios de la relación familiar.

El elenco de esta propuesta fue conformado por Mirian Bermúdez (Petronila), Yvonne López Arenal (Elisiria), Oswaldo Córdova (Higinio) y Carlos Pittella (el Mayor General). Las actrices, tuvieron buen desempeño. Carlos Pittella, resolvió en las tablas esa rectitud y despotismo del Mayor General, sirviéndose de su potente voz y precisa dicción. Su actuación fuera de escena, en cambio, no consiguió proyectar esa imagen y ese peso dictatorio que pende, como una espada, un filo, sobre sus inquilinos. Tal vez la dirección debió enfocarse más en el trabajo de voces, justo en aquellos momentos en que se superponía el canto del Mayor General sobre la conversación de las hermanas, con lo cual se hubiera logrado un marcado juego de tonos, un preciso contraste de sonidos humanos, una puesta de susurros temblorosos y graves autoritarios. No obstante, Carlos Pitella recibió de la sala una merecida ovasión.

Osvaldo Córdova, empero, es un actor en cierne que necesitó trabajar más su personaje y que debe ahondar en las técnicas de actuación. Su lenguaje gestual, en reiteradas oportunidades, se convirtió en un medio para graficar el texto, sin aportar nada nuevo.

La puesta en escena -siempre tan llena de detalles-, resultó sencilla y bien resuelta, con un sobrio vestuario -enmarcado en la época de la trama- y una eficaz planta de movimientos. La dirección pudo haber logrado una propuesta más contundente, tomando en cuenta para ello el ritmo de las escenas, las pausas entre texto y texto, y evitando algunos desafortunados elementos de utilería y el barroquismo de una mesa (al centro y fondo de la escena), colmada de fuentes y delicatessen, que aportaban un naturalismo poco compatible con el resto de los elementos y con la trama misma. 

Con la luz supo jugar la directora y el iluminador, Ernesto García, creando espacios múltiples, ambientes (a veces abiertos, a veces íntimos), y atmósferas ricas en imágenes, sensasiones y poesía.

Con todas las fallas que podamos encontrarle a esta propuesta de Yvonne López Arenal, es sin duda un buen ejercicio de lectura teatral en escena; perfeccionable, como cualquier otra formulación artística, pero con resultados muy positivos para el Instituto Cultural René Ariza, para los dramaturgos (leídos y por leer) y para el público en general que disfrutó de estas lecturas.

Esperemos se mantenga el mismo compromiso del ICRA, mayores riesgos y más propuestas para el año entrante.