‘Juan de los muertos’, una zombiezambullida en y sobre “el parque TEMÁTICO cubano”
Baltasar Santiago Martín
Fundación Apogeo para el arte público.
Artefactus l Miami, 05/02/2012
Cual una Disneylandia de la miseria, Cuba se ha convertido en una especie de “parque temático” –con autos norteamericanos de los años cincuenta, vehículos de la era soviética, ruinas “artísticas” y mancebos y doncellas baratos en oferta– que hasta el inefable Papa Benedicto XVI ha querido ir a visitar, para estrechar de paso la mano de su dinosaurio estrella, mientras rehusaba recibir a las dignas y valientes Damas de blanco, las verdaderas “cazafantasmas” de este thriller de ya más de 53 años de duración que es el surrealismo soyalista castrista –sí, ya sé que también Benedicto “cara de ángel…Castro” ha ido para acarrear agua para su molino, como todo buen Papa– por lo que no es nada extraño que España sea la coproductora de Juan de los muertos, este film que se ha aprovechado de la miseria cubana para que “tirios y troyanos” pudieran “matar a sus enanitos” –y a gente de todos los tamaños también– de modo virtual, por suerte.
Acabo de ver la película, y lo primero que me ha provocado es vergüenza e indignación, y luego pena y consternación, porque ha sido premiada por los espectadores de las dos orillas –“Coral del público” en el 33 Festival Internacional de La Habana, y Premio idem en el de Miami 2012– así que sé que estoy nadando contra la corriente, pero no me voy a callar mi opinión desfavorable sobre esta despiadada sátira-metáfora que, fiel reflejo a mi juicio de lo enferma que está la sociedad global, parece haber encandilado a los espectadores de lugares tan disímiles como Cannes, Sitges, La Habana o Miami.
Para empezar, el primero que ha conseguido “matar a sus enanitos” es su guionista y director, Alejandro Brugués, quien nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1976, parece haber sucumbido al morbo de “ser el tuerto en el país del ciego” –si se hubiera acogido a la ciudadanía argentina y decidido vivir allá hubiera sido un vidente más donde la mayoría puede ver–; además de la libertad que representa el poderse ir a Argentina si un día le va mal en el “parque temático cubano”, como hace uno cuando ya se aburre de Disneylandia. En palabras del propio guionista-director: “(Es) una película de zombies… porque siempre me han gustado. De niño me pasaba todo el tiempo viendo películas de terror, y sobre todo los zombies siempre me han llamado mucho la atención. Recuerdo en los años 80 haber visto películas como Evil Dead, de Sam Raimi, y otras como El regreso de los muertos vivientes (que no es precisamente de las mejores) y me llamaban la atención la cantidad de efectos, maquillaje, gore. Después, ya de grande, me di cuenta de que en el fondo todas las películas de terror son comedias, y que además permiten, cuando están bien hechas, hablar de la sociedad que te rodea, y ese era uno de mis intereses primarios”.
Con innegable talento, Alejandro ha podido materializar en este, su segundo largometraje, su fijación con los zombies y las películas de terror, al encontrar en la parte española el presupuesto y el apoyo técnico y logístico necesario para ello, pues Juan de los muertos es una coproducción entre Cuba (Producciones de la 5ta Avenida) y España (La Zanfoña), compañía que en Cuba ha logrado matar varios pájaros de un solo tiro:
1) Ahorrar en el pago de los extras y actores, pues los salarios deben haber sido mucho más bajos que los que se pagan en otros países con economía de mercado.
2) Tener por tanto a cientos de extras cubanos –y a prestigiosos actores como Diana Rosa Suárez, Elsa Camps, Luis Alberto García y Blanca Rosa Blanco en papelitos secundarios– como conejillos de indias, ansiosos de hacer lo que sea con tal de aparecer en el poco cine que se hace en la isla, y ganar así un muy necesario dinero extra –en moneda dura me imagino, porque si no sería el colmo– y comer y beber mejor que en casa durante las filmaciones.
3) Visitar de paso y “disfrutar” del “parque temático cubano” –que una vez fuera una próspera colonia española– y poder “jugar” con bajo presupuesto a hacer un cine tipo hollywood entre ruinas reales, sin pensar en la sensibilidad de sus habitantes, a los que se les oferta “matar a sus seres queridos”, colocando de paso en el film a dos de sus actores: Andrea Duro (Camila) y Antonio Dechent (el pastor gringo que decapita a decenas de zombies en la Plaza de la Revolución).
Claro que la culpa de lo despiadado del proceder de los protagonistas y su falta de sensibilidad ante la horrible epidemia de zombies que se desata en Cuba es del director y guionista, no de la parte española, así como de tanta sangre, tanto decapitado, tanta violencia y tantas escenas morbosas, cuya única justificación es que “la película saca a relucir temas netamente cubanos como el exilio, la separación de las familias o la falta de expectativas de los jóvenes (…) donde ni la política escapa a la sátira, porque los muertos vivientes son presentados por la televisión oficial del régimen como ‘grupúsculos de disidentes al servicio del Gobierno de los Estados Unidos’ (…) y cuando un anciano vecino del protagonista se transforma en muerto viviente, su mujer lo atribuye ‘a las medicinas vencidas (caducadas) que dan en el policlínico’”.
Sí, todo eso es cierto, pero no justifica lo más terrible del film, que no es la violencia ni las sangrientas muertes de los zombies, sino que todo ocurre sin la menor señal de piedad ni de humanidad, excepto quizás cuando Juan accede a dejarse mamar la pinga para cumplir la última voluntad de Lázaro, su mejor amigo, cuando este cree que está a punto de morir y convertirse en zombie, lo que resultó ser una broma machista de Lázaro para poner a prueba la hombría de Juan, y fíjense que utilizo el mismo lenguaje de malas palabras que matiza el film –una de sus virtudes– , porque a fin de cuentas así hablamos los cubanos en confianza, y decir aquí “succionar el pene” hubiera sido ridículo y antinatural.
Me apena también por cierto lo pedestre de ese público que se ríe cuando escucha una mala palabra –que de seguro también utiliza a menudo en su cotidianidad–, y que esta película esté calificada como “una irreverente comedia que se ríe de muchas realidades del país”, entre otra lindezas que se han acuñado sobre el film, porque yo apenas me reí, y varias personas a mi alrededor abandonaron la sala antes de que se terminara la proyección.
Alexis Díaz de Villegas, como Juan, y Jorge Molina, como Lázaro , actúan con tal naturalidad que parece que estamos viendo un reality show en vez de una despiadada película de horror hispano-caribeña, y todos los actores secundarios se creyeron el disparate de tal modo que costará trabajo aceptarlos en otros personajes más piadosos y humanos, pues Andros Perugorría –sí, hijo de ese mismo que usted supone– es un orgánico y convincente Vladi California, al igual que la española Andrea Duro como Camila; Jazz Vilá y Eliecer Ramírez como la China y el Primo respectivamente –responsables del poco aire de verdadera comedia del film– y Antonio Dechent, el otro actor peninsular participante, que da vida al pastor gringo multidecapitador con bastante credibilidad.
Termino de nadar contra la corriente –aunque vean que le reconozco ciertos méritos al film– y para que se me entienda mejor finalizo con este ejemplo: los judíos no aceptarían una comedia que transcurriera en un campo de concentración nazi, donde los presos fueran llevados poco a poco a las cámaras de gas y a los crematorios, por poner un ejemplo. En el caso cubano, los ya degradados escenarios naturales de La Habana han servido de marco para que un director y un grupo de españoles “jueguen” con la triste realidad cubana –con una inversión mínima, por la decrepitud real de las locaciones y el bajo costo de los extras– y exageren con una epidemia de zombies nuestra tragedia nacional; ojalá que los espectadores de otros países se percaten –o alguien se los haga saber– de que el deterioro y la miseria que muestra el film es una cruda realidad, y que no se queden solo con la falsa etiqueta de comedia morbosa y sangrienta.
El sufrido VIAJANTE de Arthur Miller
Raúl de Cárdenas
Especial para Artefactus l 02/24/2012*
En el primer acto de “La muerte de un viajante”, Linda, la esposa de Willy Loman, el personaje central en este famoso drama de Arthur Miller, dice que su marido es un hombre al que se le merece prestar atención como a cualquier otro ser humano, y al que, a la hora de su muerte, no es justo que se le entierre como a un perro sarnoso.
Muchos se han preguntado, y posiblemente continúan preguntándose, si es cierto que debemos interesarnos por ese hombre que es Willy Loman, una figura patética que ha llegado a representar las nefastas consecuencias del capitalismo como sistema económico y social, según esa cansada izquierda de intelectuales y sociólogos que aun se empeña en apoyar a los dos mayores fracasos del comunismo, Cuba y Corea del Norte. Desde su estreno en 1949, aunque las intenciones políticas e ideológicas de Arthur Miller fueron muy diferentes, lo cierto es que el verdadero corazón emocional de este drama debió centrarse en la pregunta si la vida de este hombre reúne los elementos de dignidad, coraje y decencia que la hagan meritoria de que se le preste atención.
“La muerte de un viajante” cuenta la historia de un pobre diablo, Willy Loman, que nunca ha tenido suerte en su trabajo como vendedor. Para poder lidiar con sus constantes fracasos, se refugia en su pasado y comienza a perder contacto con la realidad. Trata de revivir los buenos tiempos, pero siempre se tropieza con todo lo que le salió mal. Su familia intenta ayudarlo, mintiéndole sobre las posibilidades de un futuro mejor, pero cuando pierde el empleo, después de toda una vida de trabajo en la misma empresa, se desespera. Su depresión aumenta en la culpabilidad que siente por haberle sido infiel a su esposa y en el distanciamiento de su hijo Biff. En vez de aceptar, filosóficamente, que su vida no fue como él se la había imaginado, Willy Loman decide suicidarse con la esperanza que su seguro de vida ayude a su familia.
La cuestión en este caso no es si la vida, pasión y muerte de un viajante puede ser trágica o no, porque, en manos de un artesano dramático, si lo puede ser. Ni siquiera es importante que sea un gran hombre, pero síi que sea un buen hombre, que es muy diferente. El problema está en que los defensores de esta pieza pretenden infudirla con el aura de una tragedia moralizante cuando en realidad Willy Loman no fue un hombre con muchas cualidades. Como vendedor no hubiera podido vender tacos en una calle de Tijuana; como marido engañó a su mujer; como padre dejó mucho que desear, virtualmente ignorando al segundo de sus hijos y excusando la conducta del mayor; y para sus amigos y vecinos era un verdadero H.P. si se me permite utilizar esas dos iniciales tan descriptivas para cualquier cubano. Sin embargo, la primera vez que vi esta obra yo tenía 13 o 14 años cuando se estrenó en La Habana la excelente versión cinematográfica, dirigida por Elia Kazan que me conmovió profundamente. Poco sabía yo entonces de política y economía, y me fue imposible permanecer indiferente frente a aquella triste y desconsoladora historia. Solo el transcurso del tiempo me permitió descubrir la magistral manipulación del público por este dramaturgo que pretendía contar la historia de un hombre común. Es por eso que ahora, cuando continúan las alabanzas y las flores, se me hace tan difícil aceptar a un personaje tan falso, tan ridículo, tan pretencioso, como este supuesto héroe – o víctima – de Arthur Miller, y no puedo encontrar esa calidad humana que me hubiera hecho lamentar el último adiós de Willy Loman y que muchos intentan darle.
En una entrevista de John H. Richardson para la Revista Esquire que fue publicada en la edición del mes de julio de 2003, el dramaturgo norteamericano dijo, refiriéndose a sus habilidades y talento para escribir teatro, que en su juventud había conocido a escritores de su edad que no querían aceptar que las obras que ellos habían escrito no eran buenas, y que él había decidido hacer las cosas como había que hacerlas o dejaba de escribir porque no estaba dispuesto a pasarse el resto de su vida siendo un necio. Eso es algo que el dramaturgo nunca le permitió a Willy Loman, que a lo mejor debió haber ido por otro camino en busca de otros horizontes como albañil, carpintero o pintor de brocha gorda.
Sin lugar a dudas, uno de los más serios e importantes dramaturgos norteamericanos del siglo XX, Arthur Miller falleció en su residencia [febrero 10, 2005], en el pintoresco pueblito de Roxbury, en el estado de Connecticut, a la edad de 89 años. Su teatro, que le trajo fama, gloria y fortuna, incluyendo, entre otros galardones, un premio Pulitzer, fue traducido a varios idiomas, adaptado al cine y la televisión, y representado en muchos países, incluyendo la China de Mao Tse Tung y la Cuba de Fidel Castro. Decano de la dramaturgia norteamericana, preocupado por temas políticos y sociales, influenciado por la vertiente socialista norteamericana, Arthur Miller contribuyó, con Tennessee Williams y Eugene O’Neill, a transformar el teatro de Broadway y ayudó a elevar el drama en los Estados Unidos a niveles de gran respetabilidad, especialmente con obras como “Las brujas de Salem”, “Todos son mis hijos”, “Panorama desde el puente” y “Recuerdos de dos lunes”. Al morir, era considerado como uno de los dramaturgos más ricos de los Estados Unidos. De “La muerte de un viajante”, solamente, se han vendido hasta la fecha más de 11 millones de ejemplares, lo que seguramente le hubiera causado una gran envidia a Willy Loman que no podía vender un tornillo.
Pero Arthur Miller, a pesar de su cuantiosa fortuna, de sus jugosos contratos en Hollywood, de su matrimonio con una de las más glamorosas estrellas del cine, Marilyn Monroe, para la que escribió el film “The Misfits”, insistió en convertir y manipular a Willy Loman en una víctima del capitalismo. Hizo que su personaje se tragara el anzuelo del “American Dream” y permitió que lo destruyera, después de toda una vida de vagar por el sistema. Lo hizo desechable, como un paquete de “Pampers”, cuando ya no era productivo. El problema con todo esto es que Willy Loman, que en realidad era el necio que Arthur Miller nunca fue, jamás supo comprender la promesa del sueño norteamericano. Willy no fue un buen vendedor. Si lo hubiese sido entonces la tragedia de Arthur Miller hubiese sido real. El se figuraba que la receta del éxito era impresionar y ser simpático, aunque era más pesado que una bola de plomo. Lo único que sabía hacer era dar palmaditas en la espalda, hacerse el chistoso y pretender lo que no era. Quizás uno no pueda esperar de un intelectual bohemio, de esos que andan por las calles con el pelo largo, un saco raído, una bolsita de marihuana en el bolsillo y una maleta llena de ensayos y poemas, tener un verdadero conocimiento de la economía, pero Miller sabía más que eso, supo vender y promocionar sus obras y ganar mucho dinero, aunque en el caso de “La muerte de un viajante” lo único que hizo, convenientemente, fue reducir al capitalismo como si fuera una enfermedad venérea que todo lo destruye si no se trata a tiempo con la penicilina del socialismo. Algo así como haz lo que yo digo pero no lo que yo hago.
El genio del capitalismo, con todos sus defectos, errores e imperfecciones, es que si uno está capacitado, las probabilidades de triunfo son mucho mejores que en cualquier otro sistema, si no, que le pregunten a los miles y miles de inmigrantes que han triunfado en este país, que han llegado sin un centavo, sin hablar el idioma, y que han logrado convertirtse en ejecutivos de empresas tan poderosas como “Coca Cola” y la de los cereales “Kellogg’s”. El drama de Willy Loman no es el abuso del hombre por el hombre, como diría Fidel Castro, sino las consecuencias de su estupidez. Por más de cuatro décadas ha permanecido en el nivel más bajo de la escalera corporativa por una sola razón: se le ha juzgado y evaluado como incompetente mucho antes de que su edad lo hiciera darse de narices contra la pared. Este es un hombre que quizás debió haber sido maestro de educación física o instructor de deportes, pero nunca un negociante. Durante todo este tiempo se ha enganado a sí mismo ignorando sus limitaciones.
Quizás sería más instructivo comparar a Willy Loman con Tony Kirby, el personaje central de la simpatiquísima comedia de George S. Kaufman y Moss Hart, “You Can’t Take It With You”, escrita once años antes del estreno de “La muerte de un viajante”, y que fuese adaptada para el cine, dirigida por Frank Capra e interpretada por el popular actor James Stewart. En esta pieza, Tony, el hijo de un magnate de Wall Street se enamora de Alice, la secretaria de su padre, miembro de una familia de excéntricos y bohemios que no cree en el dinero, ni en la bolsa de valores, los intereses bancarios o los impuestos. La comedia es como un circo donde los payasos son los genios y los domadores de leones, los mentecatos; un tributo a todos aquellos idealistas inconformes de vivir en un mundo donde se le presta tanta atención al poder y al dinero. La moraleja de la historia, sin embargo, es muy seria: debemos tener la valentía de hacer lo que queramos hacer con nuestras vidas, porque al fin, como dice el simpático y sencillo abuelo, uno puede tener todo el dinero del mundo, pero nadie se lo puede llevar cuando le llega la hora de entrar en el hoyo. La obra no critica al sistema económico de los Estados Unidos, sino la falta de sensatez para poder disfrutar de la vida, con o sin dinero. En ningún momento la obra implica que el mundo de Wall Street es la monstruosidad que devora a Willy Loman, sino que debemos aprender a hacer nuestras vidas más placenteras, trabajando para vivir y no viviendo para trabajar.
“La muerte de un viajante”, con perdón de todos sus admiradores, es en realidad una reliquia de ese corto e infeliz periodo en la vida de los Estados Unidos, en las décadas del 30 y el 40, cuando los intelectuales norteamericanos eran seducidos por el marxismo, el socialismo y el comunismo como solución a todos los problemas imperantes. Es una pieza extremadamente doctrinaria en sus conceptos sobre la democracia y el capitalismo para que pueda aun decir algo que resuene hoy con cierta validez después del aparatoso fracaso de la Unión Soviética y las miserables condiciones de vida en Cuba y Corea del Norte. Lo irónico de todo esto es que para algunos hoy en día esta obra todavía es la biblia de todo lo que es cruel e inhumano en la sociedad capitalista mientras que, como Arthur Miller, continúan gozando de todos los beneficios del mismo sistema económico.
* N.E.: Este texto fue escrito por Raúl de Cárdenas en el 2005, a raíz de la muerte del dramaturgo Arthur Miller.
Miami, lejos de ser centro CULTURAL
Por Sarah Moreno
Correo-e: smoreno@ElNuevoHerald.com
Fuente: El Nuevo Herald.
Publicado el 3 de junio de 2011.
¿Qué le falta al sur de la Florida para convertirse en un centro cultural de primera línea?
Aunque Miami cuente actualmente con cinco cinematecas, un cada vez más floreciente centro de artes escénicas como el Adrienne Arsht Center –que presenta espectáculos que van desde musicales, pasando por conciertos de jazz, hasta óperas– y, sobre todo, el New World Center de La Playa, sede de una orquesta sinfónica y de por sí un landmark arquitectónico que eleva a otro estatus un paisaje caracterizado por su frivolidad, la ciudad está muy lejos de ser un centro cultural al estilo de otros importantes enclaves urbanos norteamericanos.
Comienzo con esta lista de avances en el campo cultural, a la que se le pueden añadir la presencia de compañías como el Miami City Ballet y el Cuban Classical Ballet of Miami, el festival de danza contemporánea Miami Dance Festival que organiza Momentum Dance Company, el Festival Internacional de Cine de Miami, que organiza el Miami Dade College, y el Festival Internacional de Teatro, que trae Avante, y Art Basel Miami Beach, para dejar claro que reconozco ante todo lo que se ha logrado.
Sin embargo, cuando se ve la imagen de Miami a través de los documentales de la televisión pública, las series de televisión como CSI Miami y los reality shows como The Real Housewives of Miami y Kourtney & Khloé Take Miami, la ciudad se parece mucho más a ese balneario para celebridades de segundo orden que fue en los años 50 y 60, o al melting pot cultural, repleto de chiclés sobre el mundo subdesarrollado, que se mueve sólo al borde de la Calle Ocho.
En cuanto a celebridades, la estatura de éstas ha disminuido mucho desde los años 90, cuando en muchos clubes de La Playa el plato fuerte del día podía ser tropezarse con Madonna en una esquina conversando con su amiga Ingrid Casares o con el padre de su hija Lourdes, Carlos León. En el Café Nostalgia de la Calle Ocho podían hacer una parada técnica bastante larga, que a veces incluía un free jam session con los músicos del lugar, actores de Hollywood como Matt Dillon, Marisa Tomei, Cameron Díaz y Jennifer López.
En esa época se filmaron en Miami las películas Blood and Wine, protagonizada por López, Jack Nicholson y Stephen Dorff; la comedia There’s Something About Mary, con Dillon y Díaz, y Random Hearts, con Harrison Ford y Kristin Scott Thomas, por citar sólo algunas. Más tarde, Will Smith y Martin Lawrence estelarizaron las dos partes de Bad Boys, que convirtieron el tráfico local en una verdadera pesadilla, pero que volvieron a poner a la ciudad en el mapa fílmico.
Hoy, a no ser unos recientes cameos de Cameron Díaz paseando con su novio Alex Rodríguez, y de Eva Longoria practicando esquí acuático con su nuevo amor, Eduardo Cruz –hermano de Penélope–, la lista de celebridades se reduce a las hermanas Kardashian: Khloé, Kourtney y Kim, y a alguno que otro entourage de estrellita de reality shows. Kim Kardashian estuvo a mediados de mayo en el Macy’s de Aventura para promocionar su perfume, ni siquiera para filmar una escena de un reality.
La idea de Miami como destino fílmico, una empresa que además de ampliar la visión turística de la ciudad, creaba una buena cantidad de empleos locales, quedó atrás. En este sentido, habría que preguntarles a las autoridades miamenses de quién es la responsabilidad de esta pérdida para la ciudad y sus residentes en una época de tanto desempleo. ¿Es que la furia de venir a Miami, como a toda moda, ya se le pasó su cuarto de hora? ¿O fueron las estrictas regulaciones y restricciones oficiales las que alejaron a las cuadrillas de cine?
La Calle Ocho es otra historia, no por ello menos deprimente. Con una abundancia de clubes que cada vez más presentan a artistas venidos de Cuba a través del supuesto intercambio cultural y un surtido de obras de arte con tufillo de haber sido desbancadas al patrimonio nacional de la isla, la importante arteria ofrece una falsa imagen de prosperidad. A veces la ilusión de estar en Cuba es completa: además de disfrutar del show trasnochado de alguna vieja figura del espectáculo “revolucionario”, que viene a reclamar su porción de dólares para construirse una casita –o una mansión– a su regreso a Cuba, también se puede beber un mojito “abstemio”, que nos hace preguntarnos si el camarero está ahorrando el ron para enviarlo a su familia en Cuba.
Si Miami con su oferta cultural y de entretenimiento no acaba de alcanzar los niveles de otras ciudades del país, los artistas que se están “importando” temporalmente de la isla, no ofrecen nada sólido ni novedoso. No dejan su huella artística ni tampoco de buena diversión porque son aves de paso, que generan más polémica que buen espectáculo.
¿Qué piensa usted sobre este tema? Escriba su opinión, con su nombre y apellido, a viernes@elnuevo herald.com.



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