IDEAS Y PALABRAS
De un tiempo a esta parte (digamos que desde hace ya tiempo más que suficiente) me he percatado de que todos mis escritos andan por aquí y por allá, dispersos, desorientados… Algún que otro amigo se ha acercado a ellos y les han obsequiado una sonrisa o una palabra de aliento. Algunos hasta le han otorgado premios. Aunque, diría que son más bien premios de consuelo. El día menos pensado, se hartan de mí y se buscan otro autor que los represente. Cualquier día…
Otro problema que arrastro son las palabras. ¡Palabras! Qué me pasa con esas palabras que vienen y van, que me desdicen, que se deshacen, que se regresan por donde mismo llegaron, con ese perfil de soledad fatal que las envuelve… Las he visto: pálidas, amargas, alegres, soberbias… las he visto reírse y marcharse, ausentarse definitivamente, justo el día en que más las necesitaba. Así son las palabras: escurridizas, impredecibles, como las ideas. Nunca me pongo bravo con las palabras; ni con las ideas. Como tampoco me pongo bravo con el tiempo que me las quita. Uno se acostumbra a todo, incluso hasta quedarse sin palabras. En el fondo —siendo todo lo optimista que puedo ser—, preferiría decir que uno decide quedarse con las mejores palabras, así como se escogen las mejores ideas, y los mejores amigos, fieles acompañantes de las últimas horas.
Mira que se pierden horas, días, palabras, ideas… En cosa de segundos un apagón o un virus se llevan de raíz una novela entera, justo en el momento en que se daban los toques finales a la final oración. Conclusión: ¿a quién se le reclama? Así pasa. Y uno se va quedando de manos cruzadas, inmóvil, en la ventana… Se siente el aire que pasa, el aire que golpea, el aire que corta y araña, y uno no entiende realmente lo que pasa, aunque el alma pese, aunque el alma reproduzca finamente los mismos signos y agonías del pez fuera del agua.
Uno que se queda atónito viendo cómo se esfuman y se fuman las palabras hasta los huesos… cómo se va la vida de la mano de quién sabe quién o sin quién… y sin uno. Uno que se apresura a ganarle tiempo al tiempo, y el tiempo que se da tiempo porque, a la final, sabe que él tiene el juego ganado.
Hay que tomárselo con calma. Y con cariño. No me voy a molestar ni por esto ni por lo otro. A la final, todo es un juego de tiempos verbales. Las palabras volverán, como las obscuras golondrinas. Y si no vuelven, echaré mano al primer diccionario, o a la próxima boca. No vale la pena desgastarse… Voy a guardar mis recuerdos y mis palabras en esta caja, en esta casa de nadie. Aquí van mis historias, vivencias, propuestas, saberes… Todos estos artefactos sutiles e intangibles, servirán de algún modo para reconstruir nuestra historia. Mi historia. Y la historia del otro. La historia del lector.
Tal vez no sean del todo útiles, pero, al menos, tendré sonidos para leerme en estas noches.

LA MÁQUINA DE TEO
A mi primera máquina de escribir.
A Teobaldo le regalaron una máquina de escribir. La máquina había pertenecido a un tío suyo que la había heredado de otro tío, que a su vez la había heredado de otro tío, cuyo tío…
Era una máquina de escribir bastante vieja.
Pero a Teobaldo le gustó mucho. La máquina tenía un aspecto bestial, corpulenta y afable como una tortuga o como una moto con sidecar. Parecía sonreír de oreja a oreja, mostrando sus cuarenta y ocho dientes, desde la tecla de Retroceso hasta la tecla de Mayúsculas.
Sus amigos no aguantaron la risa. Una máquina tan vieja, tan pesada, tan arcaica, no podía compararse a sus veloces computadores que tenían dos cornetas como par de orejas, y un micrófono, y dispositivo para CD, y luces, y pantalla plana, y mouse óptico y…
Pero Teo era feliz con su máquina de escribir. Porque no era una máquina común y corriente. No, para nada. Aquella era una máquina que escribía sola. ¿Quién, en el mundo, podía tener una igual? Nadie. Sólo Teobaldo tenía la máquina perfecta: la máquina de hacer las tareas escolares. Es cierto que estaba algo achacosa, gruñona y que masticaba lentamente las frases; es cierto que una tecla se ponía a pensar mientras la otra golpeaba la pálida hoja, al ritmo frenético de un colibrí que enamora la rosa; es cierto que tenía una tos profunda, como de lámpara mágica en la que dormita un antiguo genio; es cierto, que era una máquina “prehistórica”, pero nada ni nadie le impediría cumplir con su responsabilidad: hacer todas las tareas de Teobaldo. Ella sería absoluta responsable de redactar, tachar, pensar y solucionar cualquier asunto escolar y, ¿por qué no?, sentimental. ¡Enhorabuena! Teo no necesitaría mover ni un dedo, ni siquiera los labios para decir palabra o los ojos para encontrarlas.
Loco de contento, Teobaldo dio a la máquina sus trabajos pendientes de matemática, historia, geografía, literatura, física, biología, dibujo, psicología, química, matemática, historia, geografía, literatura, física, biología, dibujo, psicología, química, matemática, historia…
Y la máquina escribió sola.
Luego le ordenó que hiciera un poema. Y ella, obediente, escribió uno.
¡Oh, qué bien sonaba aquel poema! Tanto le gustó a Teo, que le ordenó a su máquina que escribiera otros más. Y la máquina escribió dos, escribió tres, escribió cuatro… Hizo un garabato. Y escribió seis, escribió veinte, escribió cien… ¡Requetebién! Más de mil y un poemas.
Poemas a la escuela,
poemas a la maestra,
poemas a la que no era novia de Teobaldo, pero que algún día lo sería;
poemas al panadero,
poemas a la fuente del parque, que de tan vieja y olvidada ni chorro de agua echaba;
poemas a la naturaleza,
poemas al trabajo,
poemas a las lombrices y también a las narices;
poemas, poemas, peomas,
pamoes, maopes, peamos…
Nada ni nadie podía detener a la máquina de escribir. Trabajaba de día y trabajaba de noche: tacla tacla tacla tacla…, sin parar.
Si no hubiera sido por aquel pequeño desenfreno de la máquina…
Si no hubiera sido por aquel insoportable tacla tacla tacla tacla que tenía a medio pueblo de mal genio y sin poder dormir…
Si no hubiera sido porque las hojas se lanzaron al aire con todos los versos…
Si no hubiera sido porque la profe de Literatura descubrió que un párrafo firmado por Teobaldo era copia idéntica de un texto de Cervantes…
Si no hubiera sido porque Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena…
Si no hubiera sido porque en la suma de la máquina, 2+2 era igual a dos cisnes que se miran con el rabito del ojo…
Si no hubiera sido porque la máquina hablaba y hablaba sola, todo el tiempo, sin necesidad de conectarse a Internet o abrir una ventana para chatear…
Si no hubiera sido porque la maestra de piano dijo que la máquina estaba embrujada…
Si no hubiera sido por aquel ramillete de disparates ortográficos y geográficos, el director de la escuela no habría puesto cara seria, la más seria cara de su vida, una máscara agria que no solía usar ni en sus peores días festivos…
Si no hubiera sido un mal día, Teo se habría quedado con su máquina de escribir, por siempre.
Pero ahí está. Bajo la campana de vidrio sordo, en este Museo que nadie visita, la máquina que teclea, teclea, teclea… y sueña.

